Hace unos días leía un texto que explicaba cómo la ignorancia es el caldo de cultivo perfecto para el fanatismo y la violencia. Ayer leía un artículo que hablaba de lo difícil que es expresar opiniones a «contramano» en redes sociales. Ponía ejemplos del «enjambre» atacando sin piedad y cancelando a la menor disidencia.
Si bien la ignorancia deja la puerta abierta a la manipulación, la realidad es que no faltan personas altamente instruidas fanatizadas y violentas.
Personalmente tengo otra hipótesis. Hay una característica común a fanáticos de todas las culturas y geografías: la ausencia de humor.
Cuando se recorren las imágenes del fanatismo (que no de los psicópatas oportunistas que los manipulan) uno encontrará una y otra vez ceños fruncidos, puños cerrados, gritos de enojo.
En el fondo, personas infelices, con un vacío inmenso y que sobre todo: se toman a sí mismas demasiado en serio. Cualquier chiste es ofensa que vale ejecución (real o virtual). Siempre prontos para sentirse agredidos. Da igual si es la fe, el profeta, la ideología, el partido, o el pronombre, todo sagrado, todo intocable, todo serio y amargado.
Una persona con buen humor, capaz de reírse de sí misma e incluso de sus creencias más profundas o de sus situaciones más extremas, jamás podrá ser un fanático.
Es pues, la sonrisa, la última defensa, el verdadero antídoto contra el odio, es la que, a fin de cuentas, nos salva.
