A veces me quedo mirando fijo la pantalla de mi pc y me pregunto qué carajo hago yo en Contraviento. Mi presencia aquí tiene la misma lógica que poner un puesto de choripanes en medio de una convención de nutricionistas veganos: nadie sabe cómo llegué, pero el olor a grasa ya impregnó las cortinas.
Leo cada columna de los otros colegas de esta página con una mezcla de envidia técnica y fatiga mental. No es sólo que los tipos tengan puntos de vista profundos y originales; es que tienen esa odiosa capacidad de seguir rutas mentales tan perfectas que llegan a conclusiones plausibles sin despeinarse. Yo, en cambio, empiezo pensando en la inmortalidad del cangrejo y termino preguntándome por qué el control remoto siempre se pierde en el mismo rincón del sillón.
Siempre me digo: “Cuando sea grande quiero ser como ellos”. Pero seamos sinceros: a esta altura, lo más probable es que solo llegue a ser únicamente «más viejo». Mis trabajos no es que no les lleguen a los talones, es que ni siquiera están en el mismo código postal. Mientras ellos se baten a duelo con la geopolítica, la ética kantiana y temas que requieren una densidad neuronal envidiable, yo me dedico a la reflexión de cotillón. A plantear pavadas que no le cambian la vida a nadie, pero que, curiosamente, rellenan espacio. (Hola, «síndrome del impostor», mi viejo amigo. Ya ni te pido que te vayas; te hice una copia de las llaves y te cedí el cuarto principal)
Sospecho, para desgracia del prestigio de este medio, que muchos leen mis estupideces. Lo noto en los comentarios de Twitter o «X», para los que disfrutan de los nombres pretenciosos. No hay nada más terapéutico que leer a un desconocido llamándote «inútil» sin el límite de 280 caracteres. Lo mío vendría a ser como un servicio a la comunidad. (Che Tocayo: bien que con el «dire» podrían habilitar comentarios de lectores en la página!)
¿Y si los lectores, hartos de tanto bombardeo de análisis sesudos sobre el fin del mundo, necesitaran una válvula de escape? ¿No será que la gente busca mi ironía barata y mi sarcasmo de segunda mano para no terminar de pegarse un tiro con la sección de política? Porque eso es lo que intento vender. No sé si lo logro, pero al menos el intento es genuino. En estos tiempos de grietas y odios sagrados, alguien tiene que ser el tonto del pueblo que nos haga reír de lo patéticos que somos.
Aun así, no encajo. Siento la misma incomodidad que sentiría un payaso con zapatos chirriantes entrando a un quirófano mientras operan a corazón abierto. A veces me da una vergüenza casi paralizante ver mi nombre ahí, flotando entre intelectuales que citan a Heidegger mientras yo cito el precio de la yerba.
¿Debería seguir? Calculo que sí, mientras el director no recupere la lucidez o no encuentre a alguien que escriba barato y mejor que yo (lo cual, convengamos, no debería ser muy difícil).
¿Debería darme más valor? Quizás. Pero la realidad me golpea con evidencias tan grandes que el ego no me sube ni con levadura.
Me hace acordar a un amigo que dudaba de todo, un profesional del arrepentimiento preventivo. Un día le dije: -¿Cuándo te le vas a declarar a esa mujer? Es obvio que te daría el «sí» no solo por lástima, sino porque además, lo ha expresado públicamente para que alguien te avise: ¡Está loca por vos!
-No sé -me soltó con una angustia de mártir-. ¿Y si cuando abra la boca se da cuenta de que soy un idiota y me cancela hasta el saludo?
-¡Que lo haga! Al menos dejás de ser un espectador de tu propia historia.
Treinta años después, el tipo sigue soltero, analizando el «riesgo-beneficio» del amor. Cada vez que lo veo, suspira y me comenta: «¿Y si me decía que sí? ¡Qué pelotudo fui!». Se dio cuenta tarde de que es mejor ser rechazado por ser un bobeta, que ser olvidado por no ser nada.
En Contraviento hago lo que sé hacer. No es mucho, y llamarlo «trabajo honesto» es quizás ser demasiado generoso conmigo mismo, pero es lo que hay.
Pido perdón a mis colegas por bajarles el promedio del IQ a la página. Pido perdón a la dirección por mis desvaríos. Y sobre todo, te pido perdón a ti lector, que entrás esperando una epifanía intelectual y te encontrás con este accidente literario.
Pero mirá el lado bueno: la desilusión conmigo es instantánea, como el café barato. No te voy a defraudar dentro de diez años; te defraudo ahora mismo y ya nos sacamos el peso de encima. Por eso sigo acá. Porque alguien tiene que ensuciar la alfombra del Olimpo.
