Columna I: Los espías que nunca se fueron: de la Cheka soviética a la guerra híbrida rusa en América Latina

A modo de preámbulo:
Dos hechos recientes, ocurridos casi en simultáneo en nuestra región, son los que nos impulsan a escribir esta serie de columnas. En Argentina, una investigación basada en documentos filtrados reveló la existencia de “La Compañía”, una red vinculada a los servicios de inteligencia rusos que, entre junio y octubre de 2024, invirtió alrededor de 283.000 dólares para financiar al menos 250 artículos en más de 20 medios digitales —muchos con firmas falsas o inexistentes— con el objetivo de desacreditar al presidente Milei y su gobierno.
Casi al mismo tiempo, en Uruguay, el Directorio de ANTEL aprobó por unanimidad la reincorporación de la señal de RT (Russia Today) a su grilla de canales, revirtiendo la decisión tomada en 2022 tras la invasión rusa a Ucrania. Estos episodios no son hechos aislados ni meras coincidencias coyunturales: forman parte de un patrón mucho más antiguo y profundo. Por eso, esta serie titulada “Los espías que nunca se fueron: de la Cheka soviética a la guerra híbrida rusa en América Latina” busca remontarse a los orígenes de esa maquinaria de influencia para entender su evolución hasta los “operativos” de hoy.
Siglo XXI: la URSS y Rusia, Stalin y Putin, una misma historia
En los últimos veinticinco años, coincidentes con la llegada del exespía soviético Vladimir Putin, Rusia ha protagonizado operaciones que parecen sacadas de un manual de terror político.
En julio de 2014, un misil Buk suministrado por el Kremlin a separatistas ucranianos prorrusos derribó el vuelo MH17 de Malaysia Airlines sobre Ucrania: 298 muertos. La investigación internacional del Equipo Conjunto de Investigación (JIT) halló “fuertes indicios” de que Vladímir Putin aprobó personalmente el envío del arma. Moscú lo niega y difunde contra narrativas. El sempiterno Canciller Lavrov ha dado, desde entonces, por lo menos cuatro versiones diferentes. Exculpatorias, claro.
Dos años antes, en octubre de 2002, un comando checheno tomó el teatro Dubrovka en Moscú. El FSB irrumpió con un gas desconocido; murieron 130 civiles. El exagente Alexander Litvinenko denunció que el FSB tenía un agente provocador dentro del grupo y afirmó textualmente: “Los agentes del FSB entre los chechenos organizaron todo por orden del FSB, y esos agentes fueron liberados”.
En septiembre de 2004, la pesadilla se repitió en Beslán: terroristas tomaron una escuela con más de mil rehenes, en su mayoría niños. La operación del FSB terminó en masacre: 334 muertos, 186 de ellos niños. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a Rusia por ignorar advertencias y por el uso desproporcionado de la fuerza.
Y luego está la lista negra de opositores. Boris Nemtsov, ex viceprimer ministro y la única figura política con peso real que podía desafiar a Putin fue acribillado a tiros el 27 de febrero de 2015 frente al Kremlin. Semanas antes -mientras preparaba una gran marcha contra la soterrada guerra en el Donbás- había dicho: “tengo miedo de que Putin me mate”.
Su asesinato fue un mensaje: nadie es intocable.
Menos de dos años antes, el 7 de octubre de 2006 -día del cumpleaños de Putin-, la periodista Anna Politkovskaya, implacable denunciante de los crímenes en Chechenia fue ejecutada de un tiro en el ascensor de su edificio en Moscú.
¿Casualidades? ¿Terrorismo “externo”? ¿Un pago de favores, quizás?
El Zarismo en París
Tal vez la explicación sea más sencilla. Se trata, más bien, de la vieja lógica de la policía secreta rusa: fabricar o amplificar amenazas para justificar el control total. Porque este modus operandi no nació con Putin. Ni siquiera con la KGB.
Nace en París, en 1903, cuando la Okhrana – u Ojrana, la policía secreta del zar Nicolás II— que ideó crear la mayor falsificación conspirativa de la historia moderna.
En sus oficinas parisinas de la Rue de Grenelle (el verdadero centro de operaciones exteriores del Imperio Ruso), el jefe Pyotr Rachkovsky y el agente Matvei Golovinski fabricaron “Los Protocolos de los Sabios de Sión”.
Para ello, se basaron en un burdo plagio de un panfleto francés de 1864 -“Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”- que no era otra cosa que una sátira política de Maurice Joly contra Napoleón III.
Se calcula que hasta 160 pasajes fueron copiados casi literalmente, solo cambiando “Napoleón” por “los judíos” como supuestos amos del mundo. Objetivo: desviar el descontento popular, justificar pogromos y golpear a los opositores (muchos de ellos, judíos).
Por primera vez, fue publicado en el periódico antisemita Znamia en San Petersburgo.
Años después, en la Rusia leninista
La Cheka de Félix Dzerzhinsky no inventó los Protocolos, pero heredó los archivos, los métodos y la filosofía de la Okhrana: infiltración, agentes provocadores, fabricación de enemigos internos y terror como herramienta de Estado. Fundada el 20 de diciembre de 1917, la Cheka fue el brazo armado del Terror Rojo.
Dzerzhinsky lo dijo sin eufemismos en julio de 1918: “nosotros defendemos el terror organizado; esto debe admitirse francamente. El terror es una necesidad absoluta durante los tiempos de revolución. Nuestro objetivo es luchar contra los enemigos del Gobierno soviético y del nuevo orden de vida”.
Entre 1918 y 1922, la Cheka ejecutó entre 50.000 y 200.000 personas (estimaciones conservadoras rondan las 100.000), sin juicio ni piedad.
El terror no fue un exceso: fue política de Estado. De facturación soviética, Lenin se había traído en su maleta el producto desde París, donde había sido probado por los jacobinos de Robespierre.
Con la consolidación de Stalin, la maquinaria se perfeccionó y cambió de nombre: GPU (1922), OGPU (1923), NKVD (1934). Desde entonces, la represión se volvió sistémica.
El Holodomor de 1932-1933 -la hambruna artificial impuesta a Ucrania- fue obra directa de la policía política. Stalin y el OGPU requisaron cosechas y hasta semillas, bloquearon aldeas enteras y prohibieron la salida de campesinos. Murieron entre 3,5 y 5 millones de ucranianos (estudios demográficos recientes cifran 3,9 millones). Fue castigo por el “nacionalismo burgués” ucraniano y advertencia para el resto del imperio.
Luego vino el Gran Terror (1936-1938), también llamado Yezhovshchina. Bajo Genrikh Yagoda primero, Nikolai Yezhov después y Lavrentiy Beria al final, el NKVD detuvo a más de 1,5 millones de personas. Se ejecutaron oficialmente 681.692 (estimaciones totales llegan a 700.000-1,2 millones).
Se fabricaron conspiraciones trotskistas, se torturaron y arrancaron confesiones, se fusilaron a viejos bolcheviques, militares, intelectuales y “kulaks”.
El Gulag -el archipiélago de campos de trabajo forzado- se convirtió en el mayor cementerio vivo de la historia: millones pasaron por él, cientos de miles murieron de hambre, frío y agotamiento. La policía secreta era omnipresente.
Desde Yagoda (fusilado en 1938 por “excesos”), Yezhov (fusilado en 1940 por lo mismo) hasta Beria, el NKVD no solo reprimía: diseñaba el terror para mantener a Stalin en el poder absoluto. Para cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, esa maquinaria ya estaba aceitada. La invasión alemana de 1941 la puso al servicio de la guerra total, pero sus métodos —provocación, desinformación, eliminación de “enemigos internos”— siguieron intactos.
A lomos de camello, Los Protocolos viajan lejos
Los “Protocolos”, pensados como arma interna del zarismo, sobrevivieron y mutaron. A medio camino entre textos sagrados y leyenda escrita, los nazis los usaron.
Ex-nazis, como el Muftí de Jerusalén Haj Amin Al-Husseini, los llevaron a Egipto y la Hermandad Musulmana los adoptó. Hamás los citó en su carta fundacional de 1988. Hoy siguen circulando en Gaza junto a ejemplares del Mein Kampf, con la complicidad de estructuras como la UNRWA en sus “escuelas”.
El pasado no solo retorna. Es que nunca termina de pasar. Así como la Okhrana dio paso a la Cheka, esta se lo dio al NKVD, que luego sería la KGB… y hoy el FSB y SVR. Los nombres y uniformes cambian. Los métodos, no.
Fuentes principales:
- Protocolos: Wikipedia y estudios históricos (Golovinski/Rachkovsky, plagio de Joly confirmado por Radziwill, Heiden, Lepekhine).
- Dzerzhinsky: entrevista en Novaia Zhizn (14 julio 1918).
- Red Terror: estimaciones de Wikipedia, Conquest, Smele.
- Holodomor: estudios demográficos ucranianos (3,9 millones), Britannica.
- Gran Terror: cifras oficiales NKVD (681.692 ejecuciones), estimaciones 700k-1,2M.
- Nemtsov y Politkovskaya: hechos públicos documentados.
Próxima entrega: Capítulo II (Guerra Fría: el gran juego de la desinformación)
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