“Fuerzas que escapan a tu control pueden arrebatarte todo lo que posees excepto una cosa: tu libertad para elegir cómo responderás a la situación.” Víctor Frankl
El pasado 1º de febrero, nuestra colega columnista Beatriz López López publicó en Contraviento un artículo titulado “Entregaste tu soberanía sin darte cuenta”. Formidable columna, digámoslo desde ya, de esas que un mero comentario en “X” siempre sabrá a poco.
En un occidente, cuyos habitantes -que no ciudadanos, como veremos- han perdido la habilidad, interés y compromiso siquiera para considerarse nihilistas, todavía hay gente, no necesariamente parte de ninguna élite o quizás gracias a ello, que todavía es capaz de cometer el mayor acto de subversión: pensar.
López lo hace, y lo transmite con una claridad y convicción que invita a leerle. Pero no para quedarse en ello, sino en plegarse a esa rareza que supone aislarse del griterío aldeano, para reflexionar, tal como aquél que salió de “la Caverna” -tanto la de Platón como la de Saramago- vió la luz, y vuelto a sus tinieblas, se ve obligado a reflexionar sobre lo que ha experimentado y aún no se explica.
El hombre ante una demos que le es ajena
El hombre vacío no es ciudadano. Beatriz López lo ha dicho con crudeza: quien entrega su soberanía sin saberlo, quien ignora que la libertad comienza en el interior, no puede sostener la democracia. De Tocqueville lo advirtió hace dos siglos: la democracia necesita ciudadanos conscientes de sí mismos, capaces de ejercer juicio crítico y resistir la tiranía de la mayoría. Sin soberanía interior, la democracia se convierte en un cascarón formal, un ritual vacío.
Pero ¿de dónde proviene ese vacío? Viktor Frankl lo describió como la pérdida de sentido: cuando la vida se reduce a lo material, cuando la trascendencia desaparece, el hombre se convierte en un recipiente hueco. El nihilismo y el hedonismo son síntomas de esa delegación perezosa: entregar libertad a cambio de comodidad, sustituir soberanía por consumo.
Genealogía del vacío
Hace un siglo, dos siglos atrás, el individuo estaba más anclado en comunidad, religión y familia. El Estado liberal era limitado; la soberanía individual se ejercía en espacios intermedios: asociaciones, iglesias, gremios.
Hoy esos espacios se han erosionado. El siglo XX, pródigo en guerras de exterminio y de ideas totalizadoras, condenó a muerte la dimensión espiritual que hasta entonces había proporcionado la religión.
El Estado, las religiones seculares, junto con el mercado y el consumo, han ocupado su lugar. El avance ha sido doble: coercitivo, mediante impuestos y regulaciones; y voluntario, mediante la renuncia del ciudadano que prefiere seguridad y comodidad.
El Estado se ha convertido en padre-madre-familia, proveedor y contenedor. Y el ciudadano, en un hijo perpetuo, incapaz de emanciparse. Ambos, carentes de la espiritualidad que proporcionaba el sentido de trascendencia. Un sentido. Quizás EL sentido mismo.
El contraste de las metáforas
Humberto Maturana enseñó que los organismos vivos necesitan autopoiesis: producir sus propias condiciones de existencia. La democracia también. Solo sobrevive si sus células —los ciudadanos— recuerdan que son soberanos, capaces de regenerarse y reproducirse.
Hans Magnus Enzensberger, en cambio, habló de la guerra civil molecular: la sociedad como conjunto de células en guerra de todos contra todos, un tejido que se desgarra desde dentro. El contraste es brutal: o células que se regeneran, o células que se destruyen. O autopoiesis, o necrosis social.
La pregunta radical
“¿Por qué se suicidan los suicidas?” No es una pregunta clínica, sino civilizatoria. Porque han perdido el sentido de trascendencia. Porque la libertad sin horizonte se convierte en vacío. Porque la luz sin brújula enceguece. El suicidio individual refleja el suicidio colectivo: una civilización que deja de creer en sí misma deja de reproducirse, deja de proyectarse hacia el futuro. Houellebecq lo ha narrado con precisión: personajes atrapados en la banalidad, incapaces de amar, incapaces de creer. El hombre que salió de la caverna confundió la luz con espectáculo, y quedó vacío.
¿…y quedó vacío? El torbellino de emociones
“El hombre sin razón no es vacío, es exceso: un torbellino de pasiones que buscan pertenencia.”
El cascarón del hombre contemporáneo no está vacío de todo: está vacío de razón, pero rebosante de emociones. Allí donde la educación crítica retrocede, donde la cultura deja de formar ciudadanos capaces de comprender los procesos que los rodean, lo que emerge no es la nada, sino un torbellino afectivo. Generaciones enteras, privadas de herramientas racionales, se convierten en multitudes agitadas por emociones enfrentadas que no saben ni pueden contener ni, mucho menos, gestionar. Vargas Llosa lo llamó el “llamado de la tribu”: la atracción por colectivos que ofrecen pertenencia emocional, refugio identitario, calor de grupo. Pero esa pertenencia, fundada más en pasiones que en argumentos, es la semilla del enfrentamiento con los distintos. Así, el identitarismo se convierte en combustible de la fragmentación, y el paso hacia la “guerra civil molecular” de Enzensberger se vuelve inevitable: células sociales que ya no se reproducen, sino que se destruyen entre sí, llevando al organismo democrático no a la autopoiesis de Maturana, sino a la necrosis de los tejidos sociales.
Reconstrucción: hacia una autopoiesis democrática
La democracia no muere por decreto, sino por inanición: cuando sus ciudadanos olvidan que la soberanía comienza en el interior. El hombre vacío no es ciudadano, y sin ciudadanos soberanos de sí mismos, la democracia se convierte en un cascarón que el Estado llena de derechos sin deberes, de comodidades sin sentido. La cura no está en más consumo ni en más derechos abstractos, sino en la reconstrucción de la soberanía interior: ciudadanos capaces de regenerarse como células sanas, capaces de producir sentido, trascendencia y libertad. Solo así la democracia puede ser autopoietica: un organismo vivo que se reproduce desde dentro, que se defiende de la necrosis social y que se niega a morir de vacío.
El vacío que lleva a Occidente hacia el vacío civilizatorio
“La ceguera es también esto: vivir en un mundo donde nadie se pregunta por qué.” (José Saramago, Ensayo sobre la ceguera)
Simplificando lo que hemos visto, que es complejo y multifactorial, podemos afirmar que el Occidente judeocristiano, hijo de la Ilustración, se debate entre estas dos metáforas: la autopoiesis de Maturana y la guerra civil molecular de Enzensberger.
Entre células que se regeneran y células que se destruyen. Entre la vida y la necrosis. La democracia será lo que sean sus ciudadanos: soberanos de sí mismos o cascarones vacíos. Y de esa elección depende no solo la política, sino la supervivencia misma de nuestra civilización.
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