¿Estamos ante “La hora de los depredadores” ? Un Ensayo que interpela

 

Occidente se reconfigura, Oriente impone sus propios modelos y los depredadores tecnológicos avanzan donde las élites dudan. Una lectura del Ensayo de Giuliano Da Empoli, nos obliga a preguntarnos si Uruguay entiende en qué siglo está parado.

Hay que tener el valor de reconocerlo, señora: durante mucho tiempo no hemos entendido nada de la revolución de la que somos testigos. Hemos creído que es un mero ‘acontecimiento’, cuando estábamos en un error: es una ‘época”. Joseph de Maistre se lo escribió en 1799 a la marquesa de Costa.

Giuliano Da Empoli lo rescata en La hora de los depredadores (Seix Barral, 2025, 166 páginas) para diagnosticar lo que estamos viviendo ahora.

No es un evento más. Es un cambio de era.

 

«Atrapado entre estas opiniones enfrentadas, el emperador hizo lo que los políticos, desde siempre, hacen en este tipo de situaciones: decidió no decidir. (…) Habiendo querido evitar la guerra al precio del deshonor, Moctezuma obtuvo tanto el deshonor como la guerra.»

 

Y para fijarnos esa verdad incómoda desde el principio, Da Empoli abre el libro con una metáfora tan simbólica como descarnada: la conquista de México. Moctezuma II, emperador azteca, recibe la noticia del desembarco de Hernán Cortés y sus hombres: extrañas “ciudades flotantes” llegadas de no se sabe dónde.

Sus consejeros se dividen: unos proponen repelerlos; otros advierten que podrían ser dioses. Atrapado entre interpretaciones incompatibles, Moctezuma hace lo que los políticos —desde siempre— hacen en estos casos: decide no decidir. Y obtiene lo de siempre: el deshonor y la guerra.

Ese error –confundir lo nuevo con una variación de lo conocido– es, en la lectura de Da Émpoli, el mismo que cometen hoy las élites liberales frente a los nuevos conquistadores tecnológicos.

La era de los “abogados” y las reglas toca a su fin

 

Los “abogados” formados en el boato de Harvard y santificados por el Foro de Davos, diplomáticos de corbata y burócratas ilustrados que monopolizaron el poder durante el siglo XX, dudaron, titubearon y prefirieron el deshonor de la parálisis antes que la acción.

Los depredadores -unos del mundo de la tecnología (dueños de datos, algoritmos e IA), otros borgianos populistas que rompen la corrección política- no pidieron permiso. Se aliaron. Y avanzaron.

Da Empoli, italo-suizo con olfato de insider (fue asesor de Macron y de Francesco Cossiga, entre otros peces de la pecera europeísta), no escribe un panfleto catastrofista. Escribe crónica. Y duele porque es cierta.

De hecho, dedica un capítulo demoledor al fenómeno Obama: el que, paradójicamente, marca el fin de ciclo de los “abogados”.

 

Obama y del poder al no poder

 

«Enfrentados al rayo y al trueno de internet, de las redes sociales y de la IA, los líderes políticos se han sometido, con la esperanza de que los salpicara un poco de polvo mágico.»

 

En 2012, Eric Schmidt -entonces figura central de Google- dejó su cargo para orquestar la reelección de Obama con un aparato de análisis de datos sin precedentes: microsegmentación algorítmica, redes sociales como arma de precisión, perfiles electorales hiperindividualizados.

Lo que parecía un triunfo progresista era, en realidad, la confesión de que los “abogados” ya no controlaban nada: habían tenido que asociarse con los dueños del dato para sobrevivir.

Obama sabía virtualmente el nombre y apellido de cada votante clave. Su victoria no fue de ideas ni de carisma: fue de datos. El viejo poder abrazó al nuevo para no morir… y aceleró su propia defunción.

El eterno dilema del poder

Todo empieza en el Renacimiento, claro.

César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, es el arquetipo. Maquiavelo lo admiraba porque entendía lo que los príncipes débiles no: en tiempos de caos, la virtù no es la virtud cristiana, es la acción resuelta. Borgia no negociaba eternamente en los salones florentinos. Actuaba. Consolidaba. Los “abogados” de entonces —los republicanos de Florencia— hablaban bonito y perdían. Borgia ganaba.

En la lectura de Da Empoli, los borgianos contemporáneos son Milei, Trump, Bukele, Bolsonaro y, en su versión monárquica, el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán (MBS).

 

La refinada versión árabe del borgianismo

«Mohamed bin Salmán les recibe, a cada uno, con una sonrisa encantadora en sus labios… y doce calzoncillos blancos en la mano.»

 

El episodio del Hotel Ritz-Carlton de Riad, en noviembre de 2017, está documentado por múltiples reportes internacionales: MBS invita a casi 400 príncipes, ministros y millonarios (todos de su propio Clan) bajo pretexto de una cumbre anticorrupción. Nadie osó faltar. No se le dice no a un Príncipe heredero, aún cuando sotto voce deslicen algún reproche.

Al ingresar, quedan los móviles bajo custodia de la imponente Guardia pretoriana del Príncipe. Conducidos a su Suite, a cada uno se les entregan dos dishdashas, dos juegos de ropa interior, dos pantalones y doce calzoncillos, todo blanco como si de una cárcel se tratara.

De huéspedes pasan a rehenes. Suites convertidas en celdas. Extorsión. Aviones inmovilizados. Miles de millones “recuperados”. Funcionó.

El clan saudí aprendió la lección: los excesos se terminaron. MBS consolidó poder absoluto y lanzó su Visión 2030 sin resistencia. Borgia 2.0, versión petrodólar.

Al rescate de la vejez lúcida

 

Pero Da Empoli no es solo un analista del poder crudo. Rescata con simpatía a dos figuras de la vieja política que entendían el juego sin engañarse: Francesco Cossiga y Henry Kissinger.

Los evoca como ejemplos de esa vejez lúcida que, en lugar de pontificar, se divierte derribando tótems ideológicos.

Cossiga, en un gesto de irreverencia tardía, volteó el gobierno italiano de Romano Prodi. Kissinger, a sus 92 años, seguía escribiendo ensayos geopolíticos -entre ellos, el que probablemente sea el más importante del último medio siglo, “Orden Mundial”, una auténtica inmersión en la geopolítica mundial que hace gala de una erudición difícil de comparar- mientras los jóvenes “abogados” repetían slogans.

Eran depredadores, sí, pero humanos: con cultura clásica, sentido de límites y olfato de siglos.

Los nuevos Tecno-depredadores

Los nuevos son post-humanos: fríos, veloces como algoritmos y sin remordimientos.

Y aquí entra el ejemplo que más nos toca de cerca: Peter Thiel desembarcando en Argentina con Palantir bajo el brazo. Sí, Palantir, el Grupo Wagner de las tecnológicas.

Hace apenas unos días, el fundador de PayPal y Palantir aterrizó en Buenos Aires. Se reunió con Javier Milei, cenó con Sturzenegger, almorzó con Caputo y compró una mansión en Barrio Parque.

En la lógica que describe Da Empoli, esto no es casual: los depredadores tech ya no miran solo a Washington o Silicon Valley. Miran al Sur. Y Milei, con su retórica anti-Estado, les abre las puertas.

Palantir no es una empresa de software cualquiera. Es el brazo tecnológico de la inteligencia y el análisis predictivo. Predictive policing, datos masivos, vigilancia estratégica.

La idea de un “Plan Bukele” argentino -tecnología + mano firme contra el crimen- encaja perfecto en la tesis “empoliana”: los borgianos políticos y los depredadores tech convergen. Uno aporta voluntad política; el otro, la llave algorítmica. Resultado: acción. Fin de la deliberación eterna de los abogados.

 

¿Es esto la muerte de la democracia liberal del siglo XX?

En la lectura de Da Empoli, sí. Esa democracia se basaba en instituciones lentas, garantistas y medios tradicionales, élites que controlaban el relato y una clase media que creía en el progreso gradual. Todo eso se evaporó.

El poder real hoy está en quien domina la atención, los datos y la velocidad. Las redes, la IA y el caos informativo aceleran todo. Lo que tardaba décadas se resuelve en meses. Maquiavelo estaría fascinado.

El eurocentrismo, sin embargo, siempre está

 

Pero aquí aparece un matiz que Da Empoli, desde su lente europea, no desarrolla del todo: su análisis es eurocéntrico. Habla de Occidente como si fuera el mundo entero. Menciona a MBS como excepción, pero el resto del planeta queda como telón de fondo.

En Irán, por ejemplo, la teocracia chiita no negocia con depredadores tech: los aplasta. Según reportes periodísticos, ahora mismo, mayo de 2026, Hesam Alaeddin fue ahorcado tras usar Starlink durante un bloqueo total de las comunicaciones que deja al pueblo iraní en las eternas tinieblas del totalitarismo.

Aquí no hay alianza borgiano-tech. Hay depredadores religiosos que aplastan al tecnológico con ferocidad medieval actualizada.

En China, el contraste es aún más brutal. Xi Jinping obligó a los Zares-Tech -Jack Ma, Pony Ma, ByteDance- a doblar la rodilla. En el menú represivo las multas, desapariciones temporales, “rectificación ideológica”. Alibaba y compañía siguen siendo gigantes, pero subordinados al Partido. No hay Thiel-Milei simétrico. Hay absorción.

El Estado autocrático clásico devoró al depredador tecnológico y lo puso a trabajar para el régimen.

El mapa global no muestra un único patrón: en algunos lugares el viejo poder devora al nuevo; en otros lo domestica; en otros se fusionan; en otros chocan.

Lo que sí es global es el fin de la ilusión liberal del siglo XX. El poder crudo vuelve, adaptado a la tecnología del XXI.

Kissinger lo vio porque pensaba en siglos, no en Bruselas.

Una mirada al vecindario

«Hoy, la hora de los depredadores ha llegado, y en todas partes las cosas evolucionan de tal manera que todo lo que deba resolverse, se resolverá por el fuego y por la espada.»

 

Y ahora, mis queridos lectores uruguayos, pongamos el espejo enfrente. Mientras el mundo redefine el poder en clave algorítmica, nuestra aldea sigue discutiendo categorías del siglo XX. Los mismos partidos, los mismos líderes eternos, los mismos intelectuales de café repitiendo consignas de 1970 como si nada hubiera pasado.

En Uruguay seguimos debatiendo si la “democracia” está amenazada por Trump o por Elon Musk, mientras en las villas de Buenos Aires -que reciben a Thiel y Palantir como Moctezuma a Cortés- la gente pide resultados: menos crimen, más orden, menos ideología y más datos que funcionen.

Mientras nuestros “abogados” locales -de izquierda y de derecha tibia- siguen hablando de inclusión y diversidad como si fueran respuestas suficientes, Bukele limpia El Salvador y Milei tantea un Plan Bukele 2.0 con Palantir.

¿Escandaloso? Por supuesto. Políticamente incorrecto. Pero, en la lógica desarrollada por Da Émpoli, es efectivo. Y eso es lo que más incomoda al statu quo uruguayo: que la gente común, harta de retórica impecable y resultados magros, empiece a preferir depredadores que resuelvan problemas antes que abogados que los administren.

 

«El caos ya no es el arma de los insurgentes, es el sello del poder.»

Alguna (dolorosa) conclusión

Da Empoli no es apologista. Es testigo. Y su libro obliga a una pregunta incómoda: ¿aceptamos que esta época es irreversible y buscamos domesticar —en clave liberal— a los nuevos actores del poder, o seguimos aferrados al viejo orden institucional sabiendo que ya no controla nada?

En Uruguay, la respuesta mayoritaria del sistema sigue siendo la segunda. Por eso seguimos siendo una aldea. Mientras tanto, Thiel ya está en Barrio Parque, Palantir ya huele la oportunidad y los borgianos ya demostraron que el poder no se pide: se toma.

La hora de los depredadores llegó. Negarlo es seguir discutiendo el Palacio de Invierno mientras afuera arde otra época.

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