El día que casi me llevan preso por terrorismo

Hubo una época en la terminal de Rivera, que parecía que estábamos cruzando el Muro de Berlín cada vez que queríamos viajar o mandar un paquete a Montevideo o a cualquier otro departamento del país. 

Durante años, la terminal funcionó bajo una lógica digna de una novela de Kafka, pero con olor a bizcochos y café de termo. Resulta que la Aduana tenía un puesto de control ahí adentro. Lo insólito era que, aunque no estuvieras saliendo del país ni viniendo del extranjero, tenías que pasar por el mostrador de la aduana a mostrar todas tus pertenencias como si fueras un contrabandista internacional. Si viajabas, valija abierta. Si mandabas una encomienda, el paquete tenía que estar sin lacrar para que el funcionario de turno lo viera y le diera el visto bueno sellándolo. Sin ese sello bendito, las agencias de ómnibus te miraban como si les estuvieras entregando plutonio y no te recibían la encomienda ni sobornándolos.

En ese entonces yo trabajaba en el hotel. Teníamos un sistema de calderas para el suministro de agua caliente, que era un dolor de cabeza, con unas diez bombas de circulación que se vivían quemando. Entre comprar una nueva por 300 dólares o intentar resucitarla en Montevideo por 100, la opción era obvia: vivíamos mandando bultos a la capital para ver si algún milagro las hacía arrancar de nuevo.

Un día, una de las bombas pasó a mejor vida. Preparé el paquete, lo encinté con un cariño de artesano y me mandé para la terminal. Estaba confiado; era un bulto chico, inofensivo.

Al llegar al mostrador, el tipo ya tenía el sello en la mano, listo para despacharme, cuando se le ocurrió hacer la pregunta de rigor:
-¿Qué lleva ahí?
-Una bomba -solté yo, con la naturalidad de quien dice que lleva un par de medias.

Ojo, no fue de vivo. En el hotel el tema de «la bomba» era el pan nuestro de cada día: «¿Che, arreglaron la bomba?», «¿Se quemó la bomba otra vez?» “¡Que bomba de mierda!” “¿Alguna novedad de la bomba?”… O sea para mí, en ese microclima, la palabra «bomba» no tenía ninguna connotación fuera del sistema de circulación eficiente del agua y mucho menos la consideraba peligrosa.
Pero el funcionario se puso rígido como un mástil. Me clavó una mirada de esas que te hielan la sangre y repitió, bajando el tono:
-Le pregunto de nuevo… ¿qué tiene en ese paquete?
-¡Una bomba! -insistí yo, ya un poco atomizado por la demora.
El tipo se me acercó y, con cara de pocos amigos, me tiró una advertencia de esas que te dejan recalculando:
-Mire, señor, no se haga el gracioso. El otro día una señora quiso hacer una broma diciendo que mandaba «droga» en una encomienda de comida para el hijo que estudia en Montevideo; por su bromita llamamos a la policía y terminó detenida durante 24 horas. Así que se lo pregunto por última vez: ¿Qué-Está-Enviando?

Yo, que a esa altura ya estaba medio sacado porque no entendía por qué tanta vuelta por un repuesto de una caldera, volví a la carga con total firmeza:
—¡Le estoy diciendo que es una bomba!

Ahí se terminó la diplomacia. De un manotazo agarraron el paquete y lo abrieron con una mezcla de bronca y protocolo de seguridad de película yanqui. Cuando el cartón cedió y apareció aquel aparato de hierro, rojo, con cables y mugre, el tipo se quedó mudo. Me miró con una cara de desconcierto total, casi con vergüenza, y le dijo al compañero: -¡Che, es una bomba!

Se empezaron a reír. Recién ahí me cayó la ficha de que, para el resto del mundo, «bomba» no es sinónimo de agua caliente, sino de salir volando por los aires. Estuve a cinco minutos de terminar en el informativo como el primer terrorista de Rivera, todo por no haber aclarado que era una simple «bomba de circulación de agua caliente para calderas».

Ya de buen humor, el aduanero me dijo:
-Pensé que nos estabas jodiendo, porque hay un cuento de Landriscina muy parecido a lo que acabamos de vivir. Por un momento, te juro, me sentí un personaje de ese cuento. Disculpá, y gracias por el buen momento.

Y ahí me fui, con el sello en mi paquete, dándome cuenta de dónde casi me había metido por no ser claro… y, de yapa, con una historia divertida para contar…

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