2) El potencial desperdiciado que las organizaciones no ven

Por qué los equipos, las capacitaciones y las culturas organizacionales no transforman a las personas y qué dice la biología al respecto

Este artículo no cuestiona el esfuerzo de quienes trabajan para desarrollar personas en las organizaciones. Cuestiona el modelo desde el que ese esfuerzo se diseña. Porque el problema no es la intención. Es el supuesto que nadie revisó.

Hay algo que ocurre en casi todas las organizaciones y que nadie nombra con claridad: las personas saben exactamente qué se espera de ellas, conocen los valores declarados, han pasado por las capacitaciones, han leído el manual de cultura. Y aun así, algo no encaja. El potencial que se percibe en una entrevista no termina de aparecer. El compromiso se declara pero no se vive. La transformación cultural se anuncia pero no llega.

No es falta de voluntad. No es resistencia al cambio. Es biología aplicada

Las organizaciones invierten enormes recursos en desarrollar personas desde un modelo que la neurociencia lleva décadas refutando: el modelo de la instrucción. La idea de que si alguien recibe la información correcta, el entrenamiento adecuado, el incentivo justo, cambiará. Que el cambio viene de afuera hacia adentro. Que la conducta es el resultado del procesamiento de información.

Pero los seres humanos no somos procesadores de información. Somos seres vivos. Y eso cambia todo.

Por qué las capacitaciones no transforman
Cuando alguien asiste a una capacitación, recibe información elaborada. Pero esa información no pasa automáticamente por su sistema nervioso de manera que deje huella estructural, lo que la ciencia llama un engrama. Para que eso ocurra se necesita experiencia real, repetida, con consecuencias concretas, en convivencia con otros. No alcanza con escuchar. No alcanza con entender intelectualmente. El cambio real requiere que el cuerpo lo viva.

Es por eso que la persona que sale de un taller de liderazgo inspirada vuelve al lunes siguiente al mismo contexto, con las mismas dinámicas emocionales, y en pocas semanas está exactamente igual que antes. No porque no quiera cambiar. Porque el contexto no cambió. Y somos el contexto que habitamos tanto como somos nosotros mismos.

Nos acoplamos estructuralmente al entorno. Es una danza entre la persona y el espacio en el que vive: ambos se transforman mutuamente, de manera congruente, en una historia compartida. Si el contexto organizacional no cambia, la persona tampoco puede cambiar de manera sostenida, por más capacitaciones que reciba.

No alcanza con entrenar personas. Hay que transformar el contexto en el que esas personas viven. Porque somos, biológicamente, lo que el entorno nos permite ser.

Lo que el líder encarna, el equipo aprende
En las organizaciones, el equivalente del profesor es el líder. Y la biología dice algo muy preciso: las personas no aprenden lo que sus líderes dicen. Aprenden lo que sus líderes hacen. Si el líder habla de confianza pero microgestiona, el equipo aprende que no se confía. Si habla de error como oportunidad pero reacciona con enojo cuando algo sale mal, el equipo aprende que equivocarse es peligroso. Si habla de colaboración pero compite internamente con sus pares, el equipo aprende que la competencia es la norma real.

No hay discurso organizacional que pueda contra el acoplamiento estructural. Las personas se adaptan al entorno emocional real, no al declarado. Y lo hacen con una precisión biológica que ninguna encuesta de clima captura del todo.

Por eso el desarrollo organizacional que empieza por los equipos sin transformar primero al liderazgo produce resultados parciales en el mejor de los casos. No porque los equipos no quieran. Porque están danzando con un contexto que les dice algo distinto a lo que las capacitaciones intentan instalar.

El potencial enterrado
La mayoría de las personas que trabajan en organizaciones llevan consigo algo que no termina de aparecer. Una capacidad, una idea, una forma de ver las cosas que el sistema no habilitó. No porque no exista. Porque el entorno no creó las condiciones biológicas para que emerja.

Esas condiciones son precisas: aceptación del otro como legítimo, espacio para equivocarse sin ser negado, curiosidad genuina por lo que el otro trae, convivencia real, no coordinación de tareas. Cuando esas condiciones existen, el potencial aparece de manera natural. No porque alguien lo gestionó. Porque la biología lo permite.

Cuando no existen, las personas aprenden a guardar su potencial. A no arriesgarlo. A rendir lo que se mide y guardar lo demás. Y así las organizaciones operan permanentemente por debajo de lo que podrían ser, sin saberlo, sin medirlo, sin verlo en ningún reporte.

Lo que sí transforma
Si la instrucción no transforma, ¿Qué sí transforma? La convivencia. La experiencia real con consecuencias reales. El vínculo con otro que te acepta como legítimo y te desafía desde ese lugar. La posibilidad de equivocarte y aprender, no de equivocarte y sobrevivir.

Diseñar desarrollo organizacional desde este entendimiento implica dejar de preguntarse qué información necesitan las personas y empezar a preguntarse qué tipo de convivencia estamos creando. Qué flujo de interacciones reales, con consecuencias reales, está disponible para que las personas transformen su estructura. No qué valores declaramos sino qué emociones dominan el cotidiano de nuestros equipos.

La diferencia entre instrucción y convivencia no es pedagógica. Es biológica. Y si la diseñamos desde ahí, los resultados son distintos, porque el mecanismo es distinto.

El desarrollo organizacional que funciona no instala ni desarrolla competencias. Crea condiciones biológicas para que el potencial que ya existe pueda aparecer.

Las organizaciones que entienden esto no son más blandas ni menos exigentes. Son más inteligentes. Porque saben que la exigencia que nace del vínculo y la aceptación produce resultados que la exigencia que nace de la amenaza nunca va a poder sostener.

Las ideas que fundamentan este artículo tienen décadas de desarrollo científico riguroso, nacido en el hemisferio sur y reconocido antes por el MIT y otras instituciones del norte global que por las propias organizaciones de la región donde nació. No es un reproche. Es una invitación: el conocimiento que necesitamos para transformar las organizaciones ya existe. Y es nuestro.

La pregunta no es si esto es verdad. La pregunta es cuándo las organizaciones deciden diseñar desde la biología humana aplicada en lugar de ignorarla.

Este artículo es el segundo de una serie. El primero, El potencial que la educación no ve, aborda el sistema educativo. El tercero, el potencial que la gobernanza no ve, aborda directorios y estructuras de poder. [Links a actualizar cuando se publiquen en Contraviento]

Beatriz López López es Partner para Uruguay de Episteme Chile, laboratorio fundado en el linaje intelectual de Humberto Maturana y Francisco Varela.

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