El libro que su autor abandonó

A los diecisiete años yo tenía un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina con las páginas dobladas y los párrafos subrayados con birome roja. Era 1985. El subcomandante Marcos todavía no existía. Hugo Chávez todavía no le había regalado un ejemplar a Barack Obama. El libro era, simplemente, lo que se le daba a un adolescente despierto del Cono Sur cuando se quería que entendiera el mundo.

Lo leí entero, dos veces. Subrayé cosas que sonaban a verdad demoledora. «Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena.» «La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder.» Frases así, que podían recitarse en una sobremesa y producían el efecto exacto de una bomba lírica. Tenía las dos virtudes que un libro político debe tener cuando uno es adolescente: certeza y prosa.

Volví al libro hace unos años, ya adulto, ya con varios países encima. Me caí desmayado, como dijo el propio Galeano en Brasilia en 2014. Pero por motivos distintos a los suyos.

Galeano publicó Las venas abiertas de América Latina en 1971, a los treinta y un años. El libro fue escrito en pocos meses, en pleno auge de la teoría de la dependencia, antes del golpe en Uruguay, antes del exilio, antes de todo. Es un libro joven escrito por un periodista joven con prosa ya madura y conocimientos económicos todavía precarios. Eso explica casi todas sus virtudes y todos sus defectos.

Las virtudes son obvias. El libro es legible. Está escrito como si fuera novela, lo cual era escándalo en 1971 y sigue siendo virtud en 2026. Tiene escenas: Potosí, los esclavos del azúcar, el caucho de Manaos. Tiene personajes: Bolívar derrotado, Túpac Amaru descuartizado. Tiene música. Galeano escribía como pocos. Hasta sus enemigos lo reconocieron.

Los defectos requieren más atención porque son los que hacen daño. Las venas abiertas construye una explicación monocausal de la pobreza latinoamericana. Todo lo que pasó es resultado de la extracción colonial primero y del imperialismo capitalista después. La pobreza no se entiende como fenómeno multicausal con responsabilidades distribuidas entre clima, geografía, instituciones internas, captura del Estado por elites criollas, fracaso reiterado de proyectos económicos propios y, sí, también explotación externa. Se entiende como saqueo. La línea es recta de Cortés a la United Fruit, y entre medio no hay ninguna decisión latinoamericana que importe lo suficiente como para haber cambiado nada.

Esa estructura narrativa tiene un efecto político específico que conviene nombrar. Si nuestra pobreza es producto exclusivo de lo que nos hicieron, la pobreza no es responsabilidad nuestra y poco podemos hacer para terminarla. Solo podemos esperar a que el mundo cambie, o forzar el cambio mediante revoluciones que finalmente nos libren del sistema. El libro fue terapéuticamente útil para una generación que necesitaba dejar de sentirse culpable. Y fue políticamente devastador para esa misma generación, porque les enseñó a no hacerse cargo.

Hay un detalle metodológico que a los diecisiete años no se ve y a los cuarenta sí. Las venas abiertas casi no tiene comparaciones útiles. Habla de América Latina como si fuera el único caso en el mundo. Pero hay otros casos.

Corea del Sur fue colonia japonesa durante treinta y cinco años, saqueada, desindustrializada, su lengua prohibida en escuelas. En 1957, Corea del Sur tenía un PIB per cápita similar al de Ghana. Hoy Corea es la décima economía del mundo y Ghana sigue siendo de las economías más pobres del África Occidental. Singapur era un puerto colonial inglés sin recursos naturales, étnicamente fragmentado. Hoy supera el PIB per cápita de Estados Unidos.

Ninguno de estos casos aparece en Las venas abiertas. No podían aparecer. Hubieran complicado la tesis. Si hay países que fueron extraídos, sometidos y saqueados, y aun así pudieron salir, la pregunta deja de ser solo «quién nos hizo esto» y pasa a ser también «qué hicieron ellos que nosotros no hicimos». Esa pregunta segunda es incómoda. Es más fácil quedarse con la primera.

Los casos no son idénticos. Corea recibió ayuda norteamericana masiva como bastión anticomunista, Singapur tenía una posición geográfica única. Esos factores externos explican una parte. Las decisiones internas — política industrial, inversión en educación, calidad institucional, apertura comercial — explican la otra. La tesis monocausal de Galeano niega que la segunda parte exista.

En abril de 2014, Galeano dijo en la II Bienal del Libro de Brasilia algo que sus lectores nunca le perdonaron. Que no volvería a leer Las venas abiertas porque le parecía «esa prosa de la izquierda tradicional extremadamente pesada», y que su mente «no la tolera». Que cuando escribió el libro «no tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política». Que el libro «era una etapa superada», aunque aclaró que no estaba arrepentido de haberlo escrito.

La reacción fue inmediata. La derecha latinoamericana celebró la confesión como triunfo. La izquierda dura acusó a Galeano de haberse vendido, de estar enfermo, de no estar en sus cabales. Sectores intermedios trataron de minimizar las declaraciones diciendo que Galeano había hablado mal solo del estilo, no del contenido. Esto último es falso si uno lee con atención: Galeano dijo expresamente que le faltaban «conocimientos de economía y política» cuando lo escribió. Eso no es crítica al estilo. Es crítica a la sustancia.

Galeano murió un año después, en abril de 2015. Murió, conviene recordarlo, sin desdecirse de lo que había dicho en Brasilia. La autocrítica no fue arrancada bajo presión ni desactivada después. Galeano se había desmarcado del libro y murió en esa posición.

Lo más interesante del episodio no es la confesión. Es lo que la confesión revela sobre el lector promedio del libro. Las venas abiertas fue siempre tratado como objeto sagrado, no como objeto crítico. Cuando el propio autor intentó situarlo en su contexto, decir que era un libro joven escrito sin las herramientas adecuadas, lo trataron como si hubiera profanado un templo. Eso es lo que un libro deja de ser cuando se vuelve canónico: deja de ser libro y se vuelve totem. Los totems no se discuten ni se actualizan. Se defienden o se atacan.

El propio Galeano había dejado de creer en el totem. Sus lectores no se lo permitieron.

Lo que está mal en Las venas abiertas no es que sea un libro de izquierda. Hay libros de izquierda excelentes, rigurosos, generosos con la complejidad del mundo. Lo que está mal es que es un libro que no le permite al lector pensar. Cada página confirma la tesis inicial. Cada anécdota refuerza la conclusión. No hay duda, no hay tensión, no hay matiz. El lector entra y sale con las mismas certezas, solo que más subrayadas.

Esa es la diferencia entre un libro político y un panfleto. Un libro político te complica. Te muestra el caso fuerte del adversario. Te hace dudar. Las venas abiertas no exige pensar. Exige indignarse. Y la indignación, como saben los que han pasado por ella, es droga buena para la juventud y mala compañera para la adultez. Tarde o temprano hay que despertarse y mirar el mundo otra vez sin la lente roja del libro de cabecera, y descubrir que las cosas son más complicadas, y que las explicaciones simples eran simples porque eran insuficientes.

Tiré mi ejemplar hace algunos años. No fue gesto solemne. Fue un día que estaba ordenando libros viejos y vi que ya no me servía. La nostalgia por el adolescente que lo subrayó con birome roja sigue intacta. Por el libro mismo, no.

América Latina no necesitaba Las venas abiertas. Pero hay quienes todavía necesitan la coartada que el libro ofrecía.

[b]Sitio alojado en Montevideo Hosting[/b]