La democracia despide a quien se alzó contra ella

 Graziano Pascale 

Al tomar distancia de sus compañeros que, según dijo su esposa Lucía Topolansky en un reciente libro, habían acusado con falsos testimonios a varios militares que participaron en la lucha contra el Movimiento de Liberación Nacional y otras organizaciones de izquierda durante la dictadura militar, José Mujica había iniciado la última fase de una maniobra que tenía como objetivo lograr la anulación de los procesos iniciados por la justicia contra ellos, y por esa vía lograr la libertad de quienes están cumpliendo penas de prisión en la cárcel de Domingo Arena. Su muerte, ocurrida ayer, una semana antes de cumplir los 90 años de edad, dejó inconclusa esa última operación política, de la que se tenían claros indicios desde fines del año pasado, cuando Mujica y el general Guido Manini Ríos -que se desempeñó como Comandante en Jefe del Ejército durante su presidencia- mantuvieron encuentros reservados luego de confirmarse la victoria de Yamandú Orsi.

Mujica ya había adelantado en otras oportunidades su aspiración a que finalizaran esos juicios, como modo de cerrar definitivamente la herida abierta en el país tras el alzamiento armado del MLN contra las instituciones democráticas y la dura respuesta de las Fuerzas Armadas, primero durante la aún tambaleante democracia y luego. ya sin freno alguno, durante la dictadura. Un acuerdo no escrito entre militares y tupamaros, pactado antes de la aprobación de la ley de amnistía de 1985, permitió que el país retomara la vida democrática sin la amenaza de hechos de venganza o la continuación de la cacería contra miembros del MLN que habían cometido delitos de sangre y no habían sido apresados y condenados durante aquellos años.

La salida de la cárcel le dio a José Mujica una segunda oportunidad para ser retratado por la historia. Y supo aprovecharla usando las herramientas que la Constitución otorga al ciudadano que aspira a tomar parte de la lucha por el poder político respetando las reglas del sistema democrático. Pero antes se aseguró de cumplir su parte del acuerdo no escrito, oponiéndose a quienes, ya en libertad, pensaban seguir actuando en la clandestinidad, sin renunciar a la violencia, en la que seguían creyendo como el camino más apropiado para imponer sus ideas en el país.

Luego vino la etapa de ser aceptados en el Frente Amplio, cuyo nacimiento en 1971 el MLN acompañó sin mayor convicción, aunque lo aprovechó para ganar influencia en el Parlamento, apoyando candidatos y grupos que le eran afines. Esas diferencias del pasado, y los enfoques no siempre coincidentes sobre la agenda política a impulsar, además de la resistencia que entre otros oponía el general Líber Seregni, fueron postergando el ingreso, hasta que finalmente el día de su 54º cumpleaños, el 20 de mayo de 1989, se le abrieron las puertas del partido que lo llevaría a la cúspide del poder político 20 años después.

El viejo MLN se transformó en el Movimiento de Participación Popular (MPP), y actuaría desde entonces como un sublema más del Frente Amplio. Primero diputado, luego senador, ministro durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez, y finalmente Presidente de la República, Mujica fue subiendo peldaño a peldaño la escalera que había despreciado en su juventud, cuando desdeñó el camino democrático.

Alejado Seregni del liderazgo del Frente Amplio, la coalición se apoyó en un triunvirato de hecho compuesto por Tabaré Vázquez, Danilo Astori y José Mujica, que a pesar de no haber funcionado en armonía plena durante los 15 años de gobierno del Frente Amplio, acordó que serían las urnas las que decidirían la rotación de los tres en la Presidencia de la República. Mujica se hizo fuerte en ese terreno en el que resultaba imbatible, de la mano del personaje del «Pepe» (nacido seguramente de sus contactos con delincuentes comunes en su paso por la cárcel),  hasta alcanzar en el año 2009, contra todos los pronósticos, la candidatura presidencial del Frente Amplio, que había arrasado en las elecciones del 2004 y se encaminaba a una segura victoria ese año. Astori hizo a un lado las rencillas que lo distanciaron de Mujica, y aceptó ser su compañero de fórmula.

Su llegada a la Presidencia lo catapultó al mundo entero, al que sedujo con un estilo de vida sencillo y austero, y una retórica que hacía olvidar por completo al hombre que había abrazado la violencia en su juventud. Su gobierno, en cambio, fue una prioridad de segundo orden. Influido al mismo tiempo por los intereses argentinos y brasileños, a los que trató de complacer bajo la coartada de la afinidad ideológica, su administración fue sembrando proyectos y obras inconclusas, rodeadas todas ellas de las sospechas que llevaron a la cárcel en Brasil y Argentina a quienes las inspiraron y promovieron.

Las paces con Estados Unidos 

El hombre que se alzó contra el capitalismo y la hegemonía estadounidense fue recibido con honores en la Casa Blanca e incluso en la casa de Rockefeller, donde supo abandonar el personaje irreverente y desprolijo, para estar a tono con el protocolo ante el que se rindió sin mayor rebeldía.

Vuelto al Uruguay, trató de vender a la opinión pública, empezando por la que le era más adicta, un deshonroso acuerdo que convirtió al país en el destino final de terroristas presos en Guantánamo, que Obama ya no quería en mantener, presentando ese entendimiento como un canje por la venta de naranjas

Con la astucia ancestral del criollo, Mujica jugó la carta del viejo revolucionario que había finalmente aceptado las reglas de la democracia, a sabiendas de que con ello iba a silenciar las voces que, incluso dentro de sus propias filas, ponían en duda su capacidad para gobernar el país.

A veces con insultos a sus adversarios, críticas ácidas a sus propios compañeros, y siempre con una llegada cómoda a los medios de comunicación, rendidos a su imagen de estrella de rock de la política mundial, Mujica marcó una época en la política del Uruguay, cuyos hilos manejó desde su chacra de Rincón del Cerro.  Cerró su ciclo imponiendo a Yamandú Orsi en la Presidencia de la República, y dejando el camino abierto para una reconciliación con las Fuerzas Armadas. Lo hizo abusando de la generosidad del pueblo uruguayo, frente al cual siempre rehusó el gesto que lo hubiera reconciliado con el país entero.

En su partida, Mujica deja un país aún dividido sobre su paso por la historia uruguaya, un gobierno que queda huérfano de su principal inspirador y carta de triunfo, y un partido que más temprano que tarde abrirá una fase tormentosa en busca de un nueva liderazgo, sin un heredero a la vista capaz de mantener unido al gobierno y a la coalición.

Tal vez sea la oportunidad del Presidente Orsi, si es capaz de entender la importancia de la última maniobra inconclusa de Mujica, y honrar así su memoria.

Otros Artículos de Graziano Pascale:

[b]Sitio alojado en Montevideo Hosting[/b]