por Beatriz López López
Uruguay ostenta el título de «democracia plena» en los rankings internacionales mientras sus ciudadanos viven una realidad kafkiana: jóvenes brillantes con becas para la Sorbonne varados por pasaportes inválidos, policías mutilados en operativos «perfectos», trabajadores estafados por sus propios sindicatos, sectores productivos destruidos por decisiones arbitrarias.
La contradicción entre nuestra reputación internacional y la violencia institucional cotidiana revela una verdad incómoda: las democracias pueden pudrirse desde adentro mientras mantienen una fachada impecable. Y escucho muchos políticos que lo único que les interesa es: “¿Qué van a pensar?” Levantar el nivel de consciencia más que el de reputación sería un gran avance ya que de esta forma trabajan solo para la fachada… las fachadas se caen.
Hay un principio neurobiológico inmutable: toda negación trae a la mano lo que se conserva. Cada vez que un funcionario niega enfáticamente algo, está revelando precisamente aquello que intenta ocultar. Es la paradoja del mentiroso: mientras más insiste en negar, más evidente hace la verdad que esconde.
Cuando Lubetkin dice «no hay ningún rechazo de ningún país», está confesando que sabe perfectamente que hay rechazos. Cuando el ministro insiste en que el operativo fue «perfecto», admite que fue un desastre. Cuando los sindicalistas hablan obsesivamente de «solidaridad obrera», delatan que traicionaron a los obreros. Cuando Cosse dijo: “no hay rumbo” estaba anticipando el actual gobierno… pero la oposición no sabe nada de anticipación, de lo contrario no hubiese ganado el frente amplio. La negación es el mapa del tesoro: señala exactamente dónde está enterrada la verdad cuando los hechos así lo demuestran.
El método es el cinismo sistemático disfrazado de torpeza. Pero observen el patrón: los «errores» nunca son aleatorios. Pasaportes cambiados justo cuando estudiantes necesitan viajar. Fondos obreros saqueados justo cuando era período electoral. Controles abandonados justo donde más riesgo había. Industrias reguladas hasta la asfixia justo cuando generaban más empleo. Cada «casualidad» golpea quirúrgicamente a los mismos: jóvenes talentosos, trabajadores, pescadores artesanales, pequeños productores y esto se llama populismo. El populismo se traduce en que una micro minoría se queda con el país como si fuera de ellos… ¿es un acto privado o público?
El caso FOSVOC es paradigmático. Millones de trabajadores de la construcción – gente que levanta paredes bajo el sol – desviados mientras los responsables no podían dejar de hablar de «lucha obrera». La obsesión con negar el robo («es financiamiento político», «es para la causa», “no tienen pruebas” -dicho 1000 veces-) fue precisamente lo que lo confirmó. Y cuando se descubre, el Partido Comunista los respalda «con firmeza» – otra negación que confiesa culpabilidad.
Esta es la brillantez oscura del modelo: cada negación es una confesión involuntaria. «No hay crisis» significa que la crisis es profunda. «Todo está bajo control» significa que perdieron el control. «Es por el bien del pueblo» significa que es contra el pueblo. El lenguaje los traiciona porque la mentira requiere un esfuerzo cognitivo que la verdad no necesita. La “verdad” se sostiene sola.
Pero los índices de democracia no capturan este cáncer lingüístico. No miden la distancia entre lo que se dice y lo que se hace (no incluyen la cultura país), no detectan cuando cada negación es una confesión, no registran que un gobierno que necesita mentir constantemente: ¿es acaso un gobierno que tiene mucho que ocultar?
La pregunta ya tiene respuesta en sus propias negaciones. No es incompetencia cuando cada «error» requiere una mentira elaborada. No es casualidad cuando cada negación revela intencionalidad. Es un diseño que sus propios ejecutores confiesan cada vez que abren la boca para negarlo.
Uruguay enfrenta una encrucijada. Podemos seguir creyendo las negaciones – que no hay rechazos, que no hay crisis, que aumentó la desocupación y la criminalidad- o podemos leer lo que esas negaciones confiesan: que hay un sistema operando contra sus ciudadanos mientras finge protegerlos (impuestos, regulaciones absurdas, prohibiciones, multas que no fueron multas, etc.). Luego dicen preocuparse por la salud mental cuando generan un contexto tóxico que resulta en el aumento de la insania mental.
El cinismo gubernamental no es solo mentira. Es una forma de confesión invertida donde cada negación es un mapa hacia la verdad.
La única defensa contra este terrorismo semántico es aprender a leer las negaciones como confesiones. Porque cuando un gobierno no puede dejar de negar, es porque no puede dejar de hacer aquello que niega. La ventana aún está abierta. Pero cada negación la cierra un poco más. Cada «no hay problema» confirma que el problema es grave. Cada «todo está bien» confiesa que todo está mal.
Como ese operativo en el Centenario. La insistencia en llamarlo «perfecto» fue la confesión más clara del desastre. Porque la perfección real no necesita ser proclamada. Solo el fracaso requiere ese nivel de negación.
La piedra que intentan esconder con cada negación es esta: están destruyendo sistemáticamente el futuro del país mientras juran construirlo. Y cada vez que lo niegan, lo confirman. Este no es momento para la diplomacia de salón ni para cálculos electorales. Es momento de verdad brutal. Porque esto que parece «estabilidad» es el preludio del colapso. Es pan envenenado para hoy y hambre terminal para mañana. Y cuando ese mañana llegue – cuando los jóvenes talentosos se hayan ido, cuando las instituciones estén completamente capturadas, cuando la mentira sea ley – ya será tarde para lamentos.
¿Acaso esperan que los ciudadanos hagamos solos el trabajo que les corresponde? ¿O que salgamos a gritar mientras ellos calculan encuestas? La historia no perdona a las oposiciones cobardes. Y el pueblo tampoco. Sin embargo, la solución es bien simple y consiste en que cada ciudadano diga no ante ofertas poco éticas y tenga voz ante la mentira y el cinismo. Solo se requiere coraje y estar dispuesto a mojarse.
Despierten. O serán tan culpables como los pre-terroristas que gobiernan. Porque en el reino del cinismo institucionalizado, el silencio no es prudencia es complicidad… y parece ser que hay demasiados cómplices.
