Nicolás Cavia
Hace siglos que Robin Hood es la fantasía favorita de quienes sueñan con “justicia social”.
El héroe de Sherwood suele presentarse como un bandido romántico que roba a los ricos
para darles a los pobres.
¿Fue así realmente? Conviene revisar el mito antes de usarlo como pancarta de premisas
modernas que no encajan ni a palos.
En las primeras baladas medievales, Robin era un forajido que se enfrentaba a la
autoridad feudal: una suerte de “Estado primitivo” que exprimía a sus súbditos con
impuestos. Robin no saqueaba a comerciantes, orfebres, armeros, herreros especializados o tejedores finos. No, Robin y su banda emboscaban al recaudador de
impuestos, vaciaban la carreta del diezmo y devolvían el botín a los campesinos.
Era un rebelde fiscal, no un redistribuidor profesional. Sin embargo, en este siglo los
progres de sobremesa reescribieron el mito. Robin pasó de vengador de impuestos
injustos a ícono de quienes creen que la pobreza se soluciona saqueando al que produce.
De tanto repetir la fábula, muchos se convencieron de que la opresión viene “de los
ricos” por definición, cuando la verdadera sangría siempre sale de la misma vena: un
Estado insaciable que promete repartir lo que primero exprime.
Ayn Rand lo entendió mejor que nadie. En su famosa novela, La rebelión de Atlas, su
pirata justiciero Ragnar Danneskjöld lo explica así:
“Me di cuenta de que Robin Hood es la más inmoral y despreciable de todas las leyendas.
Se le conoce como el hombre que robaba a los ricos para dar a los pobres. Bien, yo soy
el hombre que roba a los saqueadores y se lo devuelve a los productores”.
Ragnar retoma la idea original olvidada: no toda confiscación es justicia, ni toda
redistribución es virtud.
El bardo medieval lo dejó claro: sin confiscación no hay Sherwood. El bandido solo
devolvía lo que había sido quitado por la fuerza. Lo demás es literatura de autoengaño
para justificar la rapiña organizada, esa que hoy viste traje y cobra en ventanilla oficial.
Así que, si hoy alguien se dice “Robin Hood”, que piense bien a quién apunta su arco.
Porque Robin robaba al recaudador de impuestos, no al comerciante que arriesgó y
produjo con esfuerzo y trabajo. ¿Paradoja? No: una lección olvidada. No toda riqueza es injusta, ni toda desigualdad inmoral
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