Por Silvana Giachero – Psicóloga Forense
¿Qué tiene que ver un manual de brujas del siglo XV con el feminismo punitivo actual y el sistema judicial? Mucho más de lo que se imagina. No se trata de una comparación provocadora, sino de una continuidad estructural en la lógica del castigo: una matriz inquisitorial que ha mutado, pero no ha desaparecido.
El Malleus Maleficarum, publicado en 1487, fue uno de los textos fundacionales del poder punitivo moderno. En él se criminalizaba lo simbólico: ideas, conductas y diferencias eran castigadas por el solo hecho de cuestionar el orden establecido. El derecho se usaba no para proteger, sino para perseguir. Se legitimaba el uso de la violencia institucional para eliminar una “amenaza extraordinaria”: la bruja. Esa amenaza era moral y social, y se justificaba el castigo sin garantías procesales.
Esa estructura no se ha extinguido. Solo ha cambiado de forma. Hoy, muchas veces, se invoca una supuesta “emergencia” –como la llamada “violencia de género sistémica”– para suspender garantías fundamentales como el debido proceso o la presunción de inocencia. En nombre de una causa justa, se habilita un modelo punitivo que opera sobre la base del miedo, la emocionalidad y la desconfianza. Se repite el mismo patrón: hay un enemigo interno que debe ser eliminado sin derecho a defensa. Antes fue la bruja; hoy, es el varón denunciado o quien cuestione el relato oficial.
El feminismo punitivo hegemónico actual reproduce esta lógica. Invierte la carga de la prueba, niega la presunción de inocencia y transforma a quien disiente en un “cómplice del patriarcado”. El discurso se cierra sobre sí mismo: si el acusado niega, es porque miente; si la víctima se contradice, es porque está traumatizada; si alguien duda, es porque defiende al agresor. Así, se clausura cualquier espacio de pensamiento crítico y se vacía el sistema de garantías que define a un Estado de Derecho.
El problema no es castigar lo que merece sanción. El problema es hacerlo sin garantías, sin justicia real, sin debido proceso. Eso no es avance: es regresión. Es inquisición con lenguaje inclusivo.
Por eso investigo, escribo y denuncio estos mecanismos. Porque ser mujer no me impide advertir cuándo el discurso de los derechos se transforma en un instrumento de poder selectivo y arbitrario. Más aún, cuando he sido víctima de esa misma lógica inquisitorial que hoy se presenta como justicia social.
Por Silvana Giachero.
