Tras la aprobación en Diputados, el 13 de agosto pasado y por una importante mayoría de 64 votos a favor y 29 en contra, del Proyecto de Ley denominado “Eutanasia – Regulación” -más conocido por “proyecto de ley sobre muerte digna”- va encaminado a ser aprobado en el Senado, con lo que se transformaría en Ley.
Agotadas todas las instancias al alcance de la sociedad civil, para lograr, no ya que no se apruebe el Proyecto, sino que por lo menos, se atendiera a la media docena de objeciones más básicas y peligrosas -toda instancia legislativa donde el ciudadano resigna su voluntad poniéndola en mano del Estado, lo es-, la asociación civil Prudencia Uruguay ha tomado la iniciativa de enviar una Carta Abierta dirigida al Senado.
Aquí el enlace a la iniciativa https://www.prudenciauy.org.uy/ desde donde, además, se puede adherir a la misma.
Al momento de redactar esta nota, el pedido cuenta ya con el apoyo de una docena de otras organizaciones civiles y de unos cientos de ciudadanos que adhieren libremente.
Un asunto escabroso, el de la Eutanasia
“Hay muertes que no son derrota, sino el último acto de soberanía.”
En julio de 2023 escribimos una Columna “In memoriam: Carlos Alberto Montaner, el hombre que hizo lo que pudo” tras su muerte en España, una de sus patrias adoptivas, a donde había hecho su penúltimo viaje para poner en práctica su resolución de poner fin a su vida y que, la Florida -su otra patria adoptiva- se la negaba.
Aquejado de una rara variante del Parkinson, la parálisis supranuclear progresiva iba, irreversiblemente, encerrando su lúcida mente en una cárcel que significaba para él, cadena perpetua y pena de muerte.
“Cuando el dolor se vuelve absoluto, la libertad exige un umbral final: no para negar la vida, sino para afirmar su dignidad.”
Traer a colación el caso, paradigmático para mí, de Montaner tiene como objetivo poner en evidencia varias cosas, la más importante que es que la vida muere con la libertad, aquello que, en otras palabras, decía Camus: “morir libremente es también juzgar que la vida vale la pena ser vivida, bajo ciertas condiciones”.
El otro aspecto que no debe ser soslayado es que no siempre el dolor insoportable que lleve a un ser humano a rogar por la muerte deba ser físico. En el caso que analizamos, el dolor que aquejaba al lúcido intelectual que CAM era, lo era de carácter moral e intelectual, nada que ningún cuidado paliativo pudiera paliar.
El ser pensante sufría indeciblemente a medida que su intelecto le mostraba que antes que la vida, iba perdiendo la libertad, incluso la de decidir.
A favor, pero en contra
Llegados en Uruguay al punto en que la norma propuesta cuenta ya con media sanción y parece claro que contará con las mayorías para su aprobación en el Senado, entrar a la discusión si eutanasia sí o eutanasia no, carece de todo sentido. Sobre todo, porque ingresar en ese camino es meterse en una bizantina discusión filosófica que tiene, por lo menos, más de 20 siglos.
Cabe sí explicar por qué un ciudadano que -como surge de lo relatado en los primeros párrafos- es favorable a la eutanasia, esté, sin embargo, en contra de esta Ley en trámite.
Si el columnista hubiere estado ocupando una banca en el Parlamento, casi con seguridad habría votado en general el proyecto porque considera que es misión del Estado ser custodio de las libertades individuales, entre ellas la de disponer libremente de su propia vida.
En cambio, no lo habría votado en la mayoría de su articulado, porque hace exactamente lo contrario: deja para el ciudadano la manifestación de la voluntad, en condiciones donde existen amplias zonas grises proclives a ser utilizadas con discrecionalidad, pero a partir de allí la vida puesta a su disposición se convierte en mero trámite administrativo.
Cualquier similitud con la ley del aborto, no es mera coincidencia: es el resultado de una concepción ideológica que pone al Estado por encima del individuo. Un Estado, además, que vuelve a poner de manifiesto su vocación por la muerte a partir, precisamente, de quienes debieran ser fieles custodios de la vida.
¿De qué hablamos cuando hablamos de desacuerdos?
Dicho esto, la columna comparte con los peticionantes su desacuerdo con los 6 puntos principales sobre los cuales Prudencia Uruguay le pide al Senado -y para ello la campaña de adhesiones – que tenga en cuenta una posible modificación que contemple el sentir de la ciudadanía que se expresa de este modo. A saber:
- Amplitud de motivos: el artículo 2 incluye “condiciones de salud irreversibles”, sin necesidad de estado “terminal”: la vejez o la discapacidad son motivos para la eutanasia.
- Sin garantías previas: no exige evaluación de psiquiatras, psicólogos ni trabajadores sociales. (omisión particularmente grave, ya que la validez de la voluntad expresada se circunscribe a los dos médicos participantes)
- Sin control independiente:la revisión independiente del caso se realiza después de la muerte. (demás está decir el absurdo del control post-mortem, que en ningún caso restituiría el único bien en cuestión: la vida humana.
- Sin acceso real a cuidados paliativos:solo se debe informar de los cuidados paliativos “disponibles”, en lugar de exigir cuidados paliativos que podrían evitar una decisión no libre, determinada por el sufrimiento. (si se legislara con criterios humanitarios, es lícita la objeción, ya que los cuidados paliativos debieran proporcionarse aún cuando luego el paciente pueda manifestar su voluntad de morir)
- Criterios vagos y riesgosos: expresiones como “condiciones de salud” o “grave y progresivo deterioro de la calidad de vida” quedan indefinidas, aplicables a múltiples situaciones no terminales, y a criterio discrecional de los dos médicos que autorizarán (y uno de ellos realizará) la eutanasia.
- Amenaza a los más frágiles: personas en soledad, pobreza o con discapacidad pueden sentirse presionadas a optar por la eutanasia, no por verdadera libertad, sino por falta de apoyos.
Teniendo en cuenta solamente estos aspectos, son harto suficientes para adherir a la campaña de Prudencia Uruguay. Por prudencia, porque si hubiere voluntad se podría mejorar lo que luego regirá para todos.
Mis propios motivos para el desacuerdo
En el plano estrictamente personal, el columnista que -reitero- quiere que haya Ley que habilite la Eutanasia, no está de acuerdo con su aprobación.
En primer lugar, porque no está de acuerdo en brindarle esta arma cargada y pronta para disparar a un Gobierno y un Ministerio de Salud que celebra la pública felicidad por el incremento de los abortos.
Y, en segundo lugar y no menos importante: la decisión quedará en manos de dos médicos que, en la mayoría de los casos, o bien están relación de dependencia con la institución médica donde se encuentre el paciente, o bien son parte directamente involucrada por ser cooperativistas o socios de la Institución.
En esas condiciones, cuesta creer que los profesionales cuenten con la necesaria independencia para actuar sin condicionamientos de índole económica.
Ya para entonces, convertido en simple trámite administrativo, al punto que se haya olvidado hasta el pretencioso título de ley para una muerte digna y, rápidos y furiosos, los gestores de la dignidad exijan, como con el aborto, metas asistenciales.

El umbral inclinado: un Protocolo para el silencio eterno
El columnista, a dos pasos de las siete décadas, siente que está trabajando en un escenario en el que, más temprano que tarde, le tocará actuar.
Resulta paradójico que, deseando, en esta cuestión, que el país se parezca más a España que al Estado de La Florida, sienta, sin embargo, que se ingresa en un ominoso camino propenso a la manipulación social.
“En el Día 40.021 del Bienestar Continuo, el Número D-503 fue convocado al Pabellón de Armonización Final. No había dolor, ni súplica, ni desvío. Solo la firma digital en el formulario de cesación, marcada por el algoritmo de compatibilidad.
El pasillo era de vidrio templado, insonorizado. A cada lado, otros números avanzaban en sincronía, sus rostros cubiertos por visores opacos. Nadie hablaba. Nadie dudaba.
En la Sala de Equilibrio, una voz sin cuerpo recitaba: “La libertad es el ruido que antecede al orden. El silencio es el orden que sucede a la libertad.”
D-503 se acostó en la camilla. El protocolo se activó. La luz se volvió blanca. El sistema registró: Muerte Administrada. Costo: cero. Disidencia: nula.”
Este pasaje, está inspirado en Nosotros, la novela que Yevgueni Zamiatin escribió en 1920. En la obra anticipa el universo de «1984″ describiendo un mundo donde los hombres han sido reducidos a números, administrados por el autócrata conocido como el “Protector”.
Lo que siguió en la URSS no fue muy distinto de lo que Zamiatin imaginó. Como tampoco lo es la Corea del Norte juche de los Kim: el Estado avanzando sobre el individuo hasta convertirlo en cifra, expediente, protocolo.
En ese espejo distópico, la muerte planificada no es un derecho, sino una función. Y la libertad, apenas un ruido que el sistema aprende a silenciar.
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