La Pesca, la caída del dios Estado y los vikingos del sur.

Entre mayo y agosto del 2025 tuvo lugar, en el sector pesquero uruguayo, un conflicto laboral que marcaría un hito en la historia reciente del país.

Durante tres meses, un sindicato paralizó un sector completo de la Economía, condenando a miles de familias.

El conflicto de la Pesca mostró, no solo la crisis del Estado Corporativo, sino el camino que puede seguir la sociedad para superar un modelo agotado.

El Estado, encarnado en el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS), no solo fue incapaz de resolver el conflicto, sino que insistió en legitimar al sindicato y su reclamo, profundizando la paralización.

En el camino, dejó en claro que no es garante de los acuerdos firmados, poniendo en duda que las “cláusulas de paz” de los convenios colectivos garanticen paz social entre las partes, negando la libertad sindical negativa y con ello, legitimando que pueda existir sindicalización forzosa.

Al final, con tal de proteger a la corporación sindical, se echó por tierra el cumplimiento de las normas y la credibilidad de la institución.

En su libro “Antifrágil”, Nassim Taleb nos dice que la fragilidad del conjunto es la anti fragilidad del elemento y viceversa: la antifragilidad del elemento es la fragilidad del conjunto. En el conflicto de la Pesca, la antifragilidad de la corporación sindical representó la fragilidad de las normas y la fragilidad de los individuos, pues miles de familias pasaron estrecheces por el empecinamiento sindical y la complicidad estatal.

Esta situación se repite por todo el entramado social e institucional uruguayo: leyes, normas e individuos (frágiles) fenecen ante las corporaciones, partidarias, sindicales, empresariales o sociales (antifrágiles).

Pero no fue solo desde el MTSS que el Estado demostró su incapacidad. Durante meses, mujeres y hombres, operarios de plantas procesadoras y otros trabajadores, rehenes de la situación, se manifestaron frente a la Torre Ejecutiva y el MTSS. La situación, que afectaba fundamentalmente a mujeres jefas de hogar, se hizo pública. Otorgar un seguro de paro fue resistido (y aceptado solo meses después), el Instituto Nacional de Mujeres nunca apareció. Hasta donde sabemos, la única asistencia que recibieron del Estado fue un apoyo, en una planta, de la Intendencia de Canelones.

Un dios omnipresente pero impotente.

Para nadie es un secreto que, en el Uruguay, el Estado es un Dios omnipresente, un intermediario forzoso en las relaciones humanas.

Es difícil encontrar un espacio de la vida nacional en el que no esté involucrado. Ese Dios no ve individuos, solo ve corporaciones que lo complementan: sindicatos, cámaras empresariales, organizaciones sociales. Es el modelo del Estado “extendido”.

Sin embargo, el Estado Uruguayo es un dios impotente.

No puede garantizar seguridad. No puede garantizar educación. No puede garantizar servicios de salud. No puede garantizar jubilaciones. No puede garantizar que el puerto de Montevideo opere, o que se recoja la basura y que Montevideo no esté totalmente grafiteada. No puede contra el picudo rojo, garantizar la trazabilidad del ganado, ni contra las motos que circulan por las calles sin matrícula. No puede garantizar que se cumplan los convenios colectivos que sus propias leyes imponen firmar.

A cada lugar que uno mira se encuentra lo mismo: el Estado no puede. Para colmo, el político individual, a ese que votamos, no puede cambiar nada (aunque quiera), la burocracia y las corporaciones manejan el cuerpo estatal, la primera por su capacidad de sabotear, las segundas por su capacidad de presión.

Increíblemente, ese dios necrosado e incapaz exige cada vez mayores “sacrificios”. Su peso relativo sobre el PIB aumenta, así como la deuda y la presión tributaria. Bajar el gasto “público” (estatal) parece imposible.

Sobre el cuerpo de ese dios flácido, guerrean quienes militan por más recursos a través de sus corporaciones: partidos políticos, organizaciones sociales enfocadas en el gasto público, cámaras empresariales, sindicatos que luchan por el “plato principal” o “migajas”.

La inmensa mayoría de la población vive su vida, ajena a esa lógica castrense/militante y termina expoliada por los colectivos organizados: siendo el buey de la hecatombe y pagando la ceremonia con pobreza.

La desconexión entre el Estado Extendido y el ciudadano es cada vez mayor. Incluso aquellos más politizados ven con frustración cómo pasan administraciones de distinto signo y los problemas no solo se mantienen, sino que se profundizan, mientras que los “temas de la agenda” parecen sacados de una realidad paralela, casi versallesca.

Este no es un problema exclusivo del Uruguay. La crisis de la Democracia e incluso del Estado Nación, se extiende por el mundo sin solución aparente.

Un pesquero llamado libertad.

Durante los tres meses del conflicto de la Pesca en los que el Estado Corporativo mostró su profunda ineficacia o peor: su capacidad de obstruir y dañar, fue la Sociedad Civil la que se alzó en toda su magnitud.

Ante la falta de asistencia estatal a las familias secuestradas por el conflicto, se destapó una masiva ayuda voluntaria. Comenzó con las propias empresas pesqueras repartiendo entre sus trabajadoras los víveres de los barcos que habían quedado alistados sin poder zarpar. Luego, desde grandes empresas hasta pequeños comercios de barrio, pasando por proveedores, hasta ciudadanos comunes, donaron ingentes cantidades de alimentos, productos de limpieza y demás artículos que las familias sin ingresos precisaban.

En el plano comunicacional, las redes sociales se convirtieron en la voz de los sin voz. Miles y miles de “twitteros” seguían a diario y compartían noticias que, al principio, pocos medios de prensa difundían. Fueron masivas las muestras de apoyo a las mujeres que, con gran valentía, bajo lluvia, frío y viento, se manifestaron más de una vez en la Plaza Independencia.

El conflicto se resolvió cuando las empresas entendieron que del Estado no vendría solución alguna, al ser parte del problema. El conflicto se resolvió cuando empresas y trabajadores, con el abrumador apoyo de la sociedad, decidieron ignorar a los “intermediarios” (Estado + Sindicato) y comenzar a trabajar de vuelta.

Fue el triunfo definitivo de las relaciones espontaneas. Por primera vez en décadas (quién sabe si más) fueron las partes, empresas y trabajadores, las que se alzaron como garantes de lo pactado, brindando estabilidad en la buena voluntad de las partes, sin necesidad de un Estado garante. Fue la sociedad la que, en su más amplia solidaridad, asistió a los desvalidos de forma voluntaria, sin necesidad de la recaudación forzosa del Estado.

La sociedad, vibrante y humana, la que difundió, apoyó y construyó, fue la gran vencedora.

La caída del dios Estado: el agotamiento de un modelo.

Uruguay es una sociedad suplicante, donde desde el más estatista hasta el más liberal le suplica el Dios Estado a través de su sacerdocio (políticos, burócratas) por cambios que, en su mayoría, nunca llegan.

Incluso en los espacios liberales (supuestamente “anti estatales”) el Estado y sus protagonistas son el objeto permanente de discusión.

¿Qué sentido tiene adorar a un dios impotente? ¿Seguirle pidiendo, ya sea con devoción o con odio, dones que nunca va a otorgar? Un dios que, para colmo, no ve individuos sino corporaciones (piedra angular del ordenamiento actual).

¿Hasta cuándo seguiremos validando un modelo que impide a las personas crecer, salir de pobreza, que nos condena al estancamiento, al 1% de crecimiento, a los suicidios, a la violencia, a la desesperanza?

¿Qué tal si dejamos de hablar del Estado, de sus normas, de los políticos, de los burócratas, o del Estado Extendido, de los sindicatos, las cámaras empresariales, los «colectivos»? ¿Qué tal si cambiamos de tema, si hablamos de producir, de crear, de educar, de relaciones voluntarias? ¿Qué tal si comenzamos a ignorar al dios Estado?

¿Qué tal si nos atrevemos a vivir sin pensar o hablar de él?

¿Qué tal si, además de hablar, actuamos, como hizo y sigue haciendo la Pesca, a pesar de que el dios Estado la sigue acosando con denuncias e inspecciones?

Los dioses se desvanecen si no tienen fieles, «pasan hambre» si no tienen sacrificios (dice el Poema babilonio de Atrahasis), dejan de existir si no se les alimenta, no solo con ofrendas, sino con la mera atención.

Si el Estado deja de ser el centro, entonces dejaremos de quejarnos por la falta de liderazgos políticos, porque nos falten políticos soñadores y audaces. No necesitamos políticos soñadores. Necesitamos empresarios soñadores, científicos soñadores, maestros soñadores, personas soñadoras y que nadie (como un político soñador o mal dormido) se interponga en su camino al soñar. Si acaso, necesitamos políticos que no quieran ser políticos, que no crean que le pueden resolver la vida a nadie (porque no pueden) sino que asuman que lo mejor que pueden hacer es no complicársela: políticos provisionales, con la determinación de hacerse prescindibles.

Necesitamos que la sociedad deje de ser Estado céntrica, que exista por sí misma (porque puede), con ganas propias y liderazgos propios, sin dirigismos asfixiantes, ni individuales ni corporativos.

De facto y de iure. ¿Los vikingos del sur?

Si algo sabe la sociedad uruguaya es vivir de hecho más allá del Derecho. Acá donde existe la creencia de que todo se resuelve con una ley o norma, contradictoriamente, las personas están acostumbradas a incumplir muchas (las más absurdas sobre todo) y guiarse en su relacionamiento por valores y códigos comunes.

Al margen del “iure” existen y proliferan los acuerdos de parte, las ferias barriales, los “bagashopping”. Allí donde el dios Estado pretende imponerse, el uruguayo se le burla en la cara, haciendo lo que se le canta. Es el resultado de la hiperinflación normativa: “las leyes inútiles debilitan las necesarias” escribió Montesquieu.

Silenciosamente y en la práctica, las personas reconocen la impotencia del dios Estado, se escabullen entre sus recovecos evitando sus espinas, en la medida de lo posible.

Ese anarquismo cultural recuerda al de la cultura vikinga, donde la organización social era en pequeños grupos y el Estado era eventual y no permanente, apenas restringido a los momentos de guerra (“la guerra es la apoteosis del Estado” dice Anxo Bastos). Las diferencias y temas públicos se resolvían en “things” o asambleas, nada de burocracia fija, impuestos sistemáticos o monopolio permanente de la violencia. El Alþingi, («asamblea general» o «parlamento de todos») fue la primera asamblea legislativa nacional de Islandia (930 d.C.) y se considera el parlamento más antiguo del mundo.

Dice Juan Grompone que, cada 50 años, el Uruguay entra en crisis que el sistema político no puede resolver y se impone una dictadura. ¿Qué tal si en lugar de la “inevitable dictadura” la crisis del modelo actual se salda con más democracia? ¿Qué tal si en lugar de pasar de República Romana a Imperio Romano, con instituciones igual de distantes del ciudadano, pasamos a “comunidades vikingas”, con Estado mínimo y sin que “naides” sea más que “naides”?

¿Y si la salida a los fallos de la democracia representativa anquilosada es más democracia, una democracia intermitente y eventual que ceda el protagonismo estatal al protagonismo social? ¿De la corporación como centro al individuo como centro?

¿No será esa salida del estancamiento, el remedio a la enajenación, el descreimiento? ¿Desarmar un Estado central vacío, incapaz y desconectado de los individuos y sustituirlo por gobiernos locales (cantones) a nivel de cada departamento? ¿Reducir los marcos normativos a mínimos imprescindibles de forma que puedan ser fácilmente conocidos por los ciudadanos y no ser un laberinto indescifrable y enajenante?

¿Quién quita que el camino sea que todo, o casi todo, vuelva a la gente, a la Sociedad: la Educación, la Salud, la energía, los acuerdos entre partes, los hijos, la solidaridad, los puertos? Todo aquello por lo que el Estado disfuncional extrae miles de millones y no hace, al contrario, bloquea obstruye, encarece.

Quizás esa sea la solución, no una utopía anarquista, lejos de las necesidades reales de una sociedad moderna, pero sí unidades administrativas mínimas, con burocracias mínimas y donde la gente se gobierne a sí misma casi directamente y “por excepción”, sin necesidad de un monstruoso y opresivo aparato, donde el “Estado” insisto: mínimo y eventual, sea la misma gente.

Es probable que esa sea una solución de “iure” a algo que ya no funciona y que se va desmoronando “facto”.

Quizás sea tiempo de largar los “drakar”, remar con fuerza hacia más sociedad libre y coordinación voluntaria, más individuo, menos Estado y menos corporaciones.

Los pescadores, la gente de mar, ya marcó (marcamos) el camino. Solo hay que tener coraje y seguir las estelas en el mar.

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