El ensayo más peligroso de la historia

Ibrahim Ferreyra (@TurcoFerreyra)

Frédéric Bastiat, *Lo que se ve y lo que no se ve* (1850). 30 páginas. Disponible gratis en Internet en todos los idiomas. No hay excusa.

Bastiat murió de tuberculosis en Roma a los 49 años, el 24 de diciembre de 1850. Llevaba seis años escribiendo sobre economía. Solo seis. En ese tiempo produjo más claridad que la mayoría de los departamentos de economía del mundo en un siglo. Y este ensayo de 30 páginas — dividido en doce capítulos que se leen en una tarde — es probablemente la pieza más importante de divulgación económica que se haya escrito jamás.

La tesis cabe en una línea: en economía, lo que se ve casi nunca es lo que importa. Lo que importa es lo que no se ve.

La parábola es famosa. Un niño rompe el cristal de un comercio. Los vecinos, después de compadecer al comerciante, empiezan a razonar: bueno, al menos el cristalero tiene trabajo. El cristalero comprará pan. El panadero comprará zapatos. La economía se mueve. El niño, sin quererlo, benefició a la industria. Bastiat dice: miren lo que no ven. El comerciante iba a gastar esos seis francos en un par de zapatos. Ahora tiene el mismo cristal que antes y no tiene zapatos. La industria zapatera perdió lo que la cristalería ganó. La sociedad no ganó nada. Perdió un cristal.

Es un argumento tan simple que parece trivial. Hasta que se aplica.

Cuando un gobierno dice que un programa de obra pública «genera empleo», lo que se ve son los obreros trabajando. Lo que no se ve es de dónde salió el dinero: de impuestos que un contribuyente habría gastado en otra cosa, o de deuda que alguien va a pagar en treinta años. El empleo no se creó. Se trasladó. Y en el camino, un burócrata decidió por el contribuyente en qué gastar su dinero. Eso no es estímulo económico. Es redistribución con escenografía.

Cuando un monopolio estatal de combustibles dice que «garantiza soberanía energética», lo que se ve es una refinería con bandera nacional. Lo que no se ve es cada empresa de energía alternativa que nunca existió porque el monopolio hacía inútil intentarlo. Cada ingeniero que no diseñó, cada inversor que no apostó, cada idea que murió antes de nacer. La soberanía del Estado se financia con la innovación que el consumidor nunca llegó a ver.

Cuando un arancel protege a una industria local, lo que se ve son los empleos protegidos. Lo que no se ve son los miles de consumidores que pagan más por un producto peor para que unos pocos productores sigan vendiendo sin competir. El proteccionismo es un impuesto que no aparece en ningún recibo — y por eso es el favorito de los políticos.

Bastiat lo dijo con una elegancia que ningún economista posterior superó: la diferencia entre un buen y un mal economista es que el mal economista se limita al efecto visible, mientras que el bueno tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever. El mal economista persigue un beneficio inmediato seguido de un gran mal en el futuro. El buen economista persigue un gran bien para el futuro aun a riesgo de un pequeño mal presente.

El ensayo aplica el mismo principio a doce temas distintos. En cada caso, el patrón se repite: alguien propone una medida con un beneficio visible e inmediato; Bastiat muestra el costo invisible y diferido. El lector termina cada capítulo sintiéndose un poco más estúpido por no haberlo visto antes. Eso es señal de que funciona.

Lo extraordinario de Bastiat es que escribió en 1850 y cada capítulo describe con exactitud políticas que se siguen aplicando en 2026. No porque los gobiernos no hayan leído a Bastiat — algunos lo leyeron. Sino porque las políticas que Bastiat denuncia tienen un beneficio concentrado en pocos y un costo difuso entre muchos. El cristalero sabe que gana. Los que pierden los zapatos no saben que los perdieron. Mancur Olson formalizó esto ciento quince años después. Bastiat ya lo había entendido con un niño y una ventana.

Es un ensayo de 30 páginas que se lee en una hora. Fue escrito hace 176 años por un francés que se moría de tuberculosis y que sabía que no le quedaba tiempo para ser diplomático. No tiene jerga. No tiene ecuaciones. No tiene notas al pie. Tiene claridad, que es lo único que los poderosos no pueden comprar.

Léanlo. Y después miren cualquier presupuesto público y cuenten cuántas ventanas rotas les están vendiendo como progreso.

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