La enfermedad holandesa criolla

Por Ibrahim Ferreyra (@TurcoFerreya)

Especial para Contraviento. 

En las dos entregas anteriores escribí sobre los lobbies que capturan al Estado y los hijos que pagan la deuda sin saberlo. Esta semana escribo sobre la enfermedad que conecta ambas cosas.

En 1959, Holanda descubrió el yacimiento de gas de Groningen, uno de los más grandes del mundo. Las exportaciones de gas inundaron el país de divisas. El florín se apreció. Y todo lo que no fuera gas — manufactura, servicios, agricultura — se volvió caro e incompetitivo. Las fábricas cerraron, los empleos industriales desaparecieron, y Holanda se convirtió en un país rico que se empobreció por ser rico. The Economist lo bautizó «la enfermedad holandesa» en 1977. Es la paradoja de un recurso que enriquece al que lo tiene y empobrece a todos los demás.

Uruguay no tiene gas. Tiene algo peor: un sector agroexportador de clase mundial incrustado en una economía de clase regional.

La carne, la soja, la celulosa, el arroz, los lácteos. La trazabilidad ganadera, los feedlots de última generación, UPM, Montes del Plata. En productividad por hectárea y por dólar invertido, el campo uruguayo compite con los mejores del mundo. Eso es Dinamarca. Nada de esto es culpa del campo. El campo es lo mejor que tiene Uruguay — y es lo que financia los hospitales, las escuelas, las rutas. El problema es que el Estado usa esos ingresos para sostener la estructura que asfixia a todo lo que no es campo.

Después está el resto. Servicios ineficientes, industria protegida y tecnológicamente atrasada, logística cara, infraestructura mediocre, burocracia interminable. Eso es Mozambique. Los dos conviven en 176.000 kilómetros cuadrados y fingen que no se conocen.

El mecanismo es el mismo que en Holanda, con un agravante. Cuando el sector agroexportador genera divisas masivas, esos dólares entran al mercado cambiario y aprecian el peso. Todo se encarece en dólares. El trabajador de un frigorífico de exportación gana bien porque la carne se vende a precio internacional. Pero el empleado de un comercio en el Centro de Montevideo paga un alquiler que refleja los ingresos del sector dinámico, no los del sector atrasado. Los precios convergen hacia arriba. Los ingresos de la mayoría convergen hacia abajo.

Que quede claro: el boom agroexportador financió la mejor década social de Uruguay. Entre 2004 y 2014, la pobreza cayó, los salarios reales subieron, y la clase media accedió a importaciones baratas gracias al mismo peso apreciado que hoy la asfixia. Eso es real y no se puede desestimar. El problema no es el campo. El campo hizo su parte. El problema es lo que el Estado hizo con la plata del campo: en vez de invertir en diversificar la economía, la gastó en sostener la estructura que impide diversificarla. Noruega tuvo petróleo e invirtió en un fondo soberano. Uruguay tuvo soja y la gastó en gasto corriente.

Y acá es donde la enfermedad holandesa criolla se vuelve peor que la original. Porque a la apreciación por las exportaciones agrícolas se le suma la apreciación por la deuda externa — el círculo vicioso que describí la semana pasada. El Estado gasta más de lo que recauda, emite bonos en dólares, esos dólares aprecian aún más el peso, y la economía se encarece por dos vías simultáneas. Es enfermedad holandesa con esteroides fiscales.

Uruguay no diversifica porque las barreras a la entrada que describí en la primera entrega protegen a los sectores existentes. ¿Quién va a invertir en manufactura liviana o en servicios de exportación si la energía es la más cara de la región, el costo total de emplear a una persona incluye más de un 20% de aportes patronales sobre el salario, y la regulación fue diseñada para proteger al que ya está adentro? Los lobbies no solo encarecen la economía — impiden que surjan los sectores que podrían curar la enfermedad.

No contiene la entrada de dólares porque el Estado necesita esas divisas para financiar el gasto público. Es el mismo círculo de la semana pasada, pero acelerado. La deuda alimenta la enfermedad y la enfermedad justifica más deuda.

El resultado está en la góndola del supermercado. El turista brasileño que puede ir a Florianópolis por la mitad no viene a Punta del Este. El turista argentino viene solo cuando Uruguay devalúa — turismo oportunista, no competitivo. El emprendedor uruguayo que quiere exportar servicios descubre que su costo en dólares lo hace inviable frente a un colombiano o un mexicano. Y la clase media uruguaya, que gana en pesos pero aspira en dólares, se queja del precio de la carne y la compra. Se queja de la nafta y llena el tanque. Descubre cada semana que el sueldo le alcanza un poco menos.

Y acá se cierra el círculo de la serie. Los lobbies protegen los monopolios que encarecen la economía. El encarecimiento se compensa con más gasto público. El gasto se financia con deuda que aprecia el peso y encarece más la economía. Y la factura la pagan los hijos que todavía no votaron y los sectores que no tienen lobby para defenderse.

La enfermedad holandesa tiene cura. Holanda se curó — tardó décadas, y antes de curarse cometió el mismo error que Uruguay: gastó los ingresos del gas en gasto corriente en vez de invertir en diversificación. Cuando por fin corrigió, fue lento y doloroso. Pero hoy Groningen está cerrado y Holanda es una de las economías más competitivas del mundo — no por el gas, sino por todo lo que construyó cuando entendió que el gas no alcanzaba. La cura implica que el monopolio compita, que la industria protegida se adapte, y que la clase política le diga a la clase media una verdad que nadie quiere escuchar: que el nivel de vida que tienen no lo están pagando ellos.

La pregunta es si Uruguay quiere curarse. O si prefiere seguir comprando el calmante con la tarjeta del hijo.

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