Te juro que por un momento ayer pensé que era el Día de los Inocentes.
¿Viste que en esa fecha algunos medios publican noticias descaradamente falsas para tomarle el pelo a los lectores? Bueno, cuando leí que uno de los planes del Ministerio del Interior para bajar la delincuencia en Uruguay era construir espacios verdes, asumí que estaba frente a una de esas bromas.
Pero algo no cerraba: la fecha.
Entonces seguí leyendo la nota, esperando que en algún punto apareciera la aclaración, el guiño, el “era joda”. Nada. Ni una pista. Ni una sonrisa cómplice. Era completamente en serio.
O sea: más de un año elaborando un plan de seguridad… para concluir que plantar jardincitos baja la criminalidad.
Brillante.
Uno imagina reuniones interminables, asesores cobrando sueldos públicos, documentos, diagnósticos, comisiones, seminarios… todo ese aparato estatal trabajando a pleno para llegar a la revelación revolucionaria de que un par de canteros con margaritas van a desarmar a los chorros.
Mientras tanto yo, ingenuo, pensando en la política de mano dura de Nayib Bukele contra pandillas, traficantes y asesinos en El Salvador. Qué tipo torpe. Qué falta de imaginación. Mirá si en vez de cárceles gigantes y operativos policiales se le ocurría plantar rosales y armar plazoletas. El resultado habría sido exactamente el mismo, pero con más sombra y menos presos.
Visionario el ministerio.
La duda que me queda es simple: no sé si nos toman por imbéciles… o si los imbéciles son ellos y realmente creen en estas «genialidades».
Porque si la estrategia contra el delito consiste en poner más pasto y algún banco de plaza, vamos camino a convertirnos en el primer país del mundo donde los delincuentes abandonan el revólver para sentarse a contemplar el paisaje. (A menos que el verdeo sea de plantaciones de marihuana, no lo veo muy viable)
Así, paso a paso, con cada medida luminosa de este calibre, Uruguay avanza firme hacia su nueva identidad: la república del ridículo, administrada por una troupe de payasos con presupuesto estatal.
