La respuesta de Tyler

En 1999, David Fincher estrenó una película que Hollywood no entendió, la crítica no supo clasificar y el público convirtió en culto. Fight Club perdió plata en la taquilla y se transformó en una de las películas más citadas del siglo. Más de veinticinco años después, sigue generando discusiones que casi siempre se equivocan en lo mismo.

La lectura habitual es que Fight Club es una crítica al capitalismo. El narrador — un tipo sin nombre, con un trabajo corporativo sin sentido, un departamento lleno de muebles de IKEA y un insomnio que no lo deja vivir — conoce a Tyler Durden, que le enseña que todo lo que tiene no vale nada. «Las cosas que poseés terminan poseyéndote a vos.» El departamento explota. Nace el club de pelea. Nace el proyecto Mayhem. Vuelan los edificios de las tarjetas de crédito. Fin.

Si la película fuera eso, sería propaganda. Y la propaganda envejece mal. Fight Club no envejeció mal. Envejeció mejor que casi cualquier película de su década. Lo que sugiere que hay algo más adentro.

El diagnóstico de Tyler Durden es impecable. Hay una generación — la del narrador, probablemente la tuya — que descubrió que el contrato social tenía letra chica. Estudiá, conseguí un trabajo, comprá una casa, pagá tus cuotas, jubilate. El problema no es que el contrato sea difícil de cumplir. El problema es que cumplirlo no lleva a ningún lado que valga la pena. El narrador tiene todo lo que se supone que debería tener y no puede dormir. No porque sea débil. Porque es lúcido. Intuye que el sistema no está diseñado para que él prospere. Está diseñado para que él consuma.

Hasta ahí, Durden es Mises sin saberlo. La crítica al consumo dirigido, al crédito como trampa, a la identidad construida sobre marcas — todo eso lo escribió ochenta años antes. Mises argumentó algo parecido: el mayor peligro del intervencionismo no es la pobreza sino la ilusión de bienestar. Un hombre endeudado que se siente de clase media es más controlable que un hombre pobre que sabe que es pobre. El narrador de Fight Club es exactamente ese hombre: tiene un buen sueldo, un departamento lindo y una vida que no le pertenece.

El problema es la receta

Tyler Durden diagnostica que el sistema te aliena, y su solución es destruirlo. No reformarlo, no salirte, no competir con algo mejor. Destruirlo. Y para destruirlo, construye exactamente lo que dice combatir: una organización jerárquica, autoritaria, con un líder carismático que piensa por todos, donde la primera regla es no hablar y la segunda es obedecer. Proyecto Mayhem es una secta. Tyler Durden es un caudillo. Los miembros del club son intercambiables — literalmente, se les quita el nombre. «En proyecto Mayhem no tenés nombre.» Se rapan la cabeza. Visten igual. Repiten consignas. La uniformidad estética que parece liberación es conformidad. Solo que esta vez la imponen ellos mismos.

Eso no es libertad. Es el colectivismo más viejo del mundo, ahora con estética de contracultura.

Hay una escena que revela todo. Cuando el narrador descubre que Tyler quiere volar los edificios de las compañías de tarjetas de crédito para borrar la deuda de todos, le pregunta si sabe lo que eso causaría. Tyler sonríe. No le importa. No le importa porque Tyler no quiere liberar a nadie. Quiere ser el que decide. La destrucción de las tarjetas de crédito no devuelve la autonomía — la transfiere. Del sistema financiero a Tyler. Del banco al caudillo. Es un cambio de acreedor, no una cancelación de deuda.

Las revoluciones violentas tienen la costumbre de instalar lo que dicen combatir.

Fincher sabía exactamente lo que estaba filmando. La película no celebra a Tyler. La película muestra que la misma desesperación que hace lúcido al diagnóstico es la que hace peligrosa a la receta. El narrador tiene razón en que el sistema no funciona para él. Pero la solución no es volar el sistema. La solución es poder salir de él.

Ahí es donde la película se detiene y la economía sigue

Albert Hirschman, en su libro de 1970 sobre exit, voice y loyalty, diría que el narrador no tenía exit. Su trabajo es intercambiable. Su departamento es una celda con hipoteca. Su seguro de salud depende del empleo. Su identidad depende del consumo. Sus vínculos pasan por el lugar de trabajo y por las marcas que consume. Cada una de esas ataduras fue diseñada por alguien — un regulador, un banco, una empresa — para que el costo de irse sea más alto que el costo de quedarse. Y los costos no son solo económicos: irse implica perder pedazos de uno mismo, vínculos que tardaron años en armarse, rutinas que el cuerpo aprendió a habitar. El narrador no es libre dentro del sistema, pero tampoco puede salir. Cuando el exit está bloqueado y el voice es inútil, lo que queda es la violencia. Hirschman lo predijo. Fincher lo filmó.

La alternativa que Tyler no ve — porque es un nihilista, no un libertario — es la que está emergiendo ahora. No hace falta destruir las estructuras de las que querés escapar. Hace falta poder no necesitarlas. Financieramente: hay formas de mover dinero que no piden permiso a un banco. Institucionalmente: hay maneras de aprender, trabajar, certificar habilidades, fuera del aparato que el narrador tenía como única opción. Y relacionalmente también: la trama humana no la produce el sistema corporativo ni la entrega el Estado. La construyen las personas, en comunidades voluntarias, en círculos donde uno entra y sale por elección y no por obligación. La revolución que funciona no es la que destruye el sistema. Es la que lo hace opcional. La batalla no es por controlar el sistema. Es por hacerlo irrelevante.

Tyler Durden nació demasiado temprano. Más de veinticinco años después, su diagnóstico sigue siendo correcto. Su receta sigue siendo un desastre. Y la salida que no vio ya existe.

No hacía falta volar nada. Hacía falta construir la puerta.

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