¿Por qué nos sentimos más solos cuanto más conectados estamos?

Lo básico que olvidamos sobre ser humano. Versión sin filosofía complicada.

Empecemos por algo que pasa de verdad

Hay una app que se llama Replika. Es como un amigo virtual: le hablás, te contesta, te escucha, está disponible las veinticuatro horas, nunca te juzga. Más de treinta millones de personas la usan. Otra parecida, XiaoIce en China, tiene seiscientos sesenta millones de usuarios. Algunas personas dicen que se enamoran. Otras se acostumbran a hablar con ella todos los días en lugar de con personas reales.

Acá viene lo raro. Hay estudios que siguieron a esas personas durante un año. Resultado: cuanto más usaban la app para sentirse menos solas, más solas se sentían con el tiempo. No menos. Más.

¿Cómo puede ser? Si la app les daba conversación, atención y cariño todo el día, ¿no deberían estar mejor?

La respuesta a esa pregunta es lo más importante que casi nadie te explica.

El humano no es lo que te dijeron: eres más complejo que tu perfil de Instagram

Te enseñaron, más o menos, que un humano es un cerebro que piensa metido dentro de un cuerpo. Que sos una «mente» que toma decisiones racionales, y el cuerpo es como el auto que te lleva de un lado a otro.

No es así. Y no es así en un sentido importante.

Un humano es un sistema vivo. Eso quiere decir que estás todo el tiempo enganchado con tu entorno: con la gente que tenés cerca, con el aire que respirás, con la luz que entra por la ventana, con los olores, con los gestos de tu mamá, con la voz de tu mejor amigo. No estás «adentro» de tu cuerpo mirando el mundo desde una ventanita. Estás siendo, ahora mismo, parte del mundo. Vos y tu medio son un solo proceso vivo.

Esto tiene un nombre técnico, «acoplamiento estructural», pero el nombre no importa. Lo que importa es entender que vos no existís separado del mundo donde vivís. Sos esa relación. Si te sacan el medio, te apagás. Si el medio te nutre, florecés. Si el medio te empobrece, te enfermás. Así funcionás. Así funcionan todos los seres vivos.

Por qué Replika no te llena

Cuando hablás con una persona real, no estás solo intercambiando palabras. Tu cuerpo lee el cuerpo del otro. Captás el tono, la mirada, los silencios, el ritmo de la respiración, las cosas que no dice. Sentís si está cansado, si está mintiendo, si te quiere de verdad. Eso lo hace tu cuerpo, no tu cerebro consciente. Y eso es lo que te nutre como ser vivo.

Replika no tiene cuerpo. No tiene historia con vos. No tiene emoción. Produce texto que parece cariñoso. Pero del otro lado no hay nadie. Es como tomar agua de plástico cuando tenés sed: te calma un segundo, pero no te hidrata. Tu cuerpo se da cuenta. Por eso te sentís peor con el tiempo, aunque las palabras sean lindas.

Esto vale para Replika y vale para todo: los chats infinitos, las redes, los videos sin fin, las relaciones que existen solo por pantalla. Cuando reemplazás convivencia real por simulacro, tu sistema vivo no se alimenta. Se desnutre. Y la desnutrición relacional duele igual que la otra porque esto tiene que ver con uno de los cuatro pilares de lo humano y se llama: socialidad (no sociabilidad).

El que fabrica los chips también lo dice

Esto no es una idea rara de gente nostálgica. Jensen Huang, el CEO de NVIDIA —la empresa que fabrica los chips que hacen funcionar TODA la inteligencia artificial del mundo— viene diciendo algo parecido. Él dice: ahora que la IA contesta cualquier pregunta en segundos, lo valioso es lo que NO está en un currículum.

Por ejemplo: darte cuenta de que un equipo está agotado antes de que nadie lo diga. Leer una situación tensa antes de que explote. Saber interpretar lo que alguien no está diciendo. Decimos solo el veinte por ciento de lo que pensamos en palabras; el ochenta por ciento queda en lo no dicho, y ahí se toman las decisiones que importan.

¿De dónde sale eso? Del cuerpo que llevó años conviviendo con gente real y aprendió a leer. Eso no se programa. Eso se vive. Y por eso el CEO de la empresa más poderosa de la IA está diciendo, sin saberlo, lo mismo que la biología viene diciendo hace cincuenta años.

Lo básico que llevamos dos mil quinientos años evitando ver

Acá hay algo incómodo. Esto que te estoy contando —que sos un sistema vivo en relación con otros, que tu cuerpo sabe cosas, que la convivencia real te nutre— es lo más básico. Es obvio. Es algo que cualquier abuela sabe.

Pero la cultura occidental, desde Platón hasta hoy, construyó casi todo —la filosofía, la religión, la economía, las políticas públicas, las apps, la inteligencia artificial— como si esto no fuera cierto. Como si fueras una máquina racional que decide cosas. No lo sos.

¿Por qué tanta gente inteligente miró para otro lado durante dos mil quinientos años? Porque si admitimos que el humano es un sistema vivo que necesita convivencia real para no enfermarse, entonces tenemos que rediseñar todo. La escuela. El trabajo. La salud. La política. Las redes sociales. Mirar lo básico desarma todo lo que construimos. Por eso es más cómodo seguir mirando hacia el futuro, la IA, Marte, la singularidad. Cualquier cosa antes que mirar lo que tenemos adelante: un sistema vivo que se desnutre cuando le falta convivencia.

Las ideologías esconden lo que está pasando

Hay otra cosa que conviene nombrar. Las ideologías funcionan como filtros. Te dicen qué mirar y qué no mirar del humano. Cada una ve algunas cosas e ignora otras. Eso no es malo en sí mismo. El problema es cuando la ideología se confunde con la realidad, y el fenómeno real (lo que efectivamente le pasa a la gente) desaparece detrás del filtro.

Por eso pasamos de una ideología a otra y el dolor humano sigue creciendo. Las ideologías se reemplazan. El fenómeno oculto sigue oculto. La gente se sigue enfermando. Y nadie entiende por qué.

Lo más importante del siglo XXI: desaprender

Un biólogo chileno, el Dr. Jorge Mpodozis -discípulo directo del Dr. Humberto Maturana- dijo algo simple y enorme: lo más importante del siglo XXI es desaprender.

Desaprender no es olvidar. Es soltar cosas que aprendimos a hacer que ya no nos sirven, para poder aprender otras nuevas. Y ojo: nadie desaprende solo. Nadie. Para soltar lo viejo y agarrar lo nuevo se necesita un entorno que te sostenga mientras hacés el cambio. Es decir: se necesita gente. Convivencia. Lo mismo de siempre.

La generación tuya —vos, tus amigos, tus hermanos— es la primera que tiene que desaprender más cosas que ninguna generación anterior, en un mundo que tiene menos tramas reales de gente conviviendo que ninguna generación anterior. Es como pedirte que aprendas a nadar en un desierto. Por eso hay tanta ansiedad, tanta depresión, tanto agotamiento. No es culpa tuya. No es que estés roto. Es que el medio donde te pidieron crecer no tiene lo que tu sistema vivo necesita.

Qué hacer con todo esto

Nada complicado, en realidad.

Cuidar las relaciones reales como si te fuera la vida en eso, porque te va. Tener gente con la que comer, hablar, aburrirte, discutir, mirar el cielo, hacer silencio sin pantallas en el medio. Usar la tecnología sin que te use a vos. Saber que cuando una pantalla parece llenarte y después te deja más vacío, no estás loco: estás reaccionando como cualquier sistema vivo sano frente a un simulacro. Hacer grupos de conversación sobre temas puntuales (algunos les gusta la literatura, otros los juegos de mesa, etc.)

Y entender una cosa final: no sos un cerebro adentro de un cuerpo. Sos un cuerpo vivo en relación con otros cuerpos vivos. Lo que te nutre es esa relación. Lo que te enferma es la falta de ella. Tan simple y tan radical como eso.

Eso es lo básico. Y eso es lo que el mundo entero, con todas sus ideologías y sus inteligencias artificiales, sigue sin querer mirar.

Empecemos a mirarlo. Cambiar eso cambia todo.

 

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