Vivimos en una época donde muchas personas creen que la violencia nace solamente del odio individual. Pero hay otra forma de violencia mucho más silenciosa, más social y muchas veces más peligrosa: la violencia del grupo.
El filósofo y antropólogo francés René Girard desarrolló una teoría profundamente incómoda para la cultura moderna: los seres humanos no deseamos de manera completamente autónoma. Deseamos lo que vemos desear a otros. Imitamos emociones, ideas, miedos, indignaciones y enemigos. A esto lo llamó “deseo mimético”.
Según Girard, muchas veces los conflictos colectivos no crecen porque exista una verdad objetiva cada vez más sólida, sino porque las emociones se contagian. El grupo comienza a alinearse emocionalmente y necesita cada vez más confirmar quién es “el malo”, “el tóxico”, “el abusador”, “el peligroso”. Y cuanto más personas participan de esa narrativa, más verdadera parece.
Ahí aparece uno de los fenómenos más inquietantes de la conducta humana: el mecanismo del chivo expiatorio.
Cuando un grupo acumula tensión, frustración, miedo o enojo, suele descargarlo sobre una persona concreta. Esa persona pasa a representar simbólicamente el problema. El castigo grupal genera cohesión emocional. El grupo siente alivio, unidad y hasta una sensación moral de superioridad.
Y aquí es donde la teoría de Girard se vuelve extraordinariamente útil para entender fenómenos actuales como el bullying escolar, el mobbing laboral, las cancelaciones públicas, ciertas dinámicas de denuncias colectivas, algunos procesos de alienación parental, e incluso determinadas formas de linchamiento digital o judicial.
Porque muchas veces el problema no comienza con “un monstruo evidente”, sino con pequeños procesos de imitación emocional.
Efecto Mimético
Alguien interpreta una conducta de determinada manera.
Otro valida.
Otro agrega una experiencia similar.
Otro exagera.
Otro teme quedar afuera del grupo.
Y lentamente se forma una narrativa colectiva que parece indiscutible.
El efecto mimético hace que la percepción grupal se vuelva cada vez más intensa y homogénea, aun cuando la evidencia objetiva sea débil, ambigua o insuficiente.
Esto no significa que toda denuncia sea falsa.
Ni que todo conflicto grupal sea inventado.
Significa algo mucho más importante, que el ser humano tiene una enorme tendencia a alinearse emocionalmente con el grupo, especialmente cuando existe una narrativa moral fuerte.
Por eso, en contextos de bullying, mobbing o alienación parental, muchas veces observamos fenómenos como alineación discursiva, repetición de frases similares, amplificación emocional, pérdida de pensamiento crítico, necesidad de castigo, y una creciente deshumanización del señalado.
La persona deja de ser vista como un ser humano complejo y pasa a transformarse en un símbolo. Y cuando alguien se convierte en símbolo del mal, el grupo siente que cualquier agresión está justificada.
Girard ayuda a entender cómo incluso movimientos o causas que nacen intentando proteger víctimas reales pueden, bajo determinadas condiciones, derivar hacia dinámicas sacrificiales donde el grupo necesita cada vez más culpables para sostener su cohesión emocional y moral.
Eso también explica por qué hoy muchas personas tienen miedo de disentir públicamente, ya que en los procesos miméticos el grupo no solo castiga al acusado. También castiga a quien duda.
En las redes sociales esto se potencia enormemente. La indignación se contagia más rápido que la reflexión. El algoritmo premia la reacción emocional intensa, no la prudencia metodológica. Y así, la lógica mimética encuentra el terreno perfecto para expandirse.
El problema es que cuando una sociedad pierde la capacidad de diferenciar entre evidencia y contagio emocional, la justicia empieza a transformarse en espectáculo moral.
Y eso es extremadamente peligroso.
Porque una sociedad verdaderamente protectora no puede funcionar solamente desde la emoción colectiva.
Necesita método.
Necesita pensamiento crítico.
Necesita corroboración.
Necesita tolerar la duda razonable sin convertirla automáticamente en complicidad.
Comprender el efecto mimético no implica negar el sufrimiento de las víctimas reales.
Implica entender cómo funcionan los grupos humanos para evitar que el dolor, el miedo o la indignación terminen convirtiéndose en nuevas formas de violencia.
Y quizás ahí esté una de las claves más importantes para la prevención del bullying, el mobbing y otras formas de hostigamiento colectivo:
el verdadero cambio cultural no consiste en enseñar solamente a señalar agresores.
Consiste también en enseñar a pensar antes de sumarse al grupo.
Por eso, para mí, la verdadera prevención del bullying no consiste solamente en enseñar protocolos, sanciones o discursos sobre víctimas y agresores.
Implica expandir una cultura con menos violencia mimética.
Una cultura donde disentir no implique destruir, la diferencia no sea vista como amenaza, el grupo no necesite humillar a alguien para cohesionarse y donde las personas aprendan a pensar antes de sumarse emocionalmente a una acusación, burla o cancelación.
Porque el bullying escolar, el mobbing laboral, ciertas cancelaciones públicas, algunas falsas denuncias instrumentales y determinados fenómenos de alienación parental comparten algo en común, la lógica del chivo expiatorio.
El grupo descarga tensión sobre una persona y siente alivio moral al hacerlo.
Y cuanto más se contagia emocionalmente esa narrativa, más “justificada” parece la agresión.
Por eso la prevención real no puede basarse solamente en repetir consignas.
Tiene que trabajar sobre la cultura emocional del grupo.
Sobre cómo pensamos.
Cómo imitamos.
Cómo nos alineamos.
Cómo dejamos de cuestionar cuando el grupo ya decidió quién es “el culpable”.
Porque una sociedad menos violenta no es la que tiene más discursos morales.
Es la que logra frenar el contagio emocional antes de convertir a alguien en enemigo colectivo.
Sueño con que algún día en mi país se aplique el Método VERO que diseñé.
No como un simple protocolo contra el bullying.
Sino como el comienzo de un verdadero cambio cultural.
Porque para mí la prevención real no consiste solamente en detectar agresores o repetir consignas.
Consiste en construir una cultura con menos violencia mimética.
Una cultura donde los niños aprendan a pensar antes de seguir al grupo.
Donde la diferencia no sea motivo de exclusión.
Donde disentir no implique destruir.
Y donde el dolor ajeno no se transforme en entretenimiento, castigo colectivo o necesidad de pertenencia.
El bullying, el mobbing, las cancelaciones y muchas dinámicas de hostigamiento funcionan muchas veces desde el mismo mecanismo:
el contagio emocional del grupo y la necesidad de encontrar un “culpable”.
Por eso creo que prevenir no es solo intervenir cuando el daño ya ocurrió.
Es enseñar otra forma de vincularnos.
Ese es el espíritu del Método VERO.
No solo reducir violencia.
Sino ayudar a construir una sociedad emocionalmente más consciente, menos cruel y más humana.
