Cuando el activismo deja de acompañar y pasa a inducir
El programa Todo se Sabe sobre el caso Moisés de este jueves no expuso solamente un caso penal grave. Expuso algo bastante más incómodo y, por eso mismo, más difícil de discutir con honestidad: la forma en que determinados actores han dejado de intervenir para acompañar víctimas y han comenzado a intervenir para administrar sentido. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser periodístico. Deja incluso de ser meramente ideológico. Pasa a ser institucional.
Caso Moisés, de expediente a guión
Lo verdaderamente inquietante del caso Moisés no es únicamente la gravedad de lo denunciado. Lo verdaderamente inquietante es la velocidad con la que un caso complejo deja de presentarse como un hecho a investigar y comienza a circular como una verdad ya interpretada. No aparece primero la duda, no aparece primero el análisis, no aparece primero el método. Aparece el encuadre. Aparece la consigna. Aparece una estructura narrativa cerrada, emocionalmente eficaz, moralmente blindada y extraordinariamente difícil de cuestionar sin ser inmediatamente colocado del lado del mal.
Ese es el punto exacto en que un expediente deja de ser un expediente y se convierte en un guion.
Y cuando un caso se convierte en un guion, el centro deja de ser esclarecer qué ocurrió. El centro pasa a ser controlar cómo debe ser leído.
Ese desplazamiento no es menor. No es una cuestión estética ni comunicacional. Es un problema epistemológico. Porque una cosa es investigar un hecho y otra, muy distinta, es organizarlo narrativamente antes de haberlo examinado con rigor suficiente. Lo primero pertenece al terreno del método. Lo segundo pertenece al terreno de la construcción ideológica del sentido.
Y ese es, precisamente, el punto más delicado.
Administrar el significado
No estamos viendo solamente casos sensibles. Estamos viendo la consolidación de un modelo de producción de verdad pública en el que determinados actores ya no intervienen para aportar prudencia, evidencia o complejidad, sino para ordenar el sentido del caso antes de que el caso haya terminado de ser comprendido.
Allí el rol de Andrea Tuana no es anecdótico. Es estructural.
El problema no es que opine. El problema no es que milite. El problema no es siquiera que sostenga una agenda ideológica. En democracia, eso es legítimo. Lo problemático es otra cosa: la función que cumple cuando interviene en causas sensibles. Andrea Tuana no aparece, en estos casos, como una observadora prudente ni como una técnica que acompaña sin contaminar. Aparece, una y otra vez, como una administradora del significado. No organiza prueba. Organiza lectura. No aporta cautela metodológica. Aporta encuadre. No se limita a asistir. Preinterpreta.
Y esa diferencia es decisiva.
Porque una cosa es acompañar víctimas. Otra, mucho más grave, es construir marcos de interpretación previos que vuelven innecesaria la prueba, sospechosa la duda y moralmente punible cualquier intento de contraste.
Ese es el punto exacto en que el activismo deja de acompañar y empieza a disciplinar.
La prueba, reina del proceso. No la emoción.
A esto se suma, en el caso Moisés. otro problema que el debate público evita por incomodidad, pero que en clínica y en psicología del testimonio conocemos bien: no toda persona que se presenta como víctima dice verdad, y no toda emocionalidad visible es sinónimo de veracidad. Existen sujetos con alta capacidad de persuasión narrativa, gran plasticidad emocional y notable habilidad para manipular la percepción ajena, capaces de mentir con convicción, sostener relatos falsos con apariencia de autenticidad y ocupar, con eficacia, el lugar social de la víctima.
No se trata de negar que existan víctimas reales —sería absurdo—, sino de recordar algo metodológicamente básico y culturalmente cada vez más incómodo: victimizarse no prueba victimización.
La credibilidad no puede derivarse del impacto emocional del relato ni de la destreza declamativa de quien lo sostiene. Y cuando durante años se sostuvo que bastaba con denunciar, conmover y ocupar el lugar correcto para volver incuestionable una versión, lo que terminó rompiéndose no fue solo un caso. Se rompió la credibilidad del dispositivo. Porque no, no vale todo. Y cuando se fuerza demasiado el relato, cuando se abusa de la inmunidad moral de ciertas narrativas y cuando se pretende blindar cualquier afirmación con slogans en lugar de prueba, tarde o temprano ocurre lo inevitable: el relato se fisura. Y cuando se fisura, ya no alcanza con la consigna. Porque, como resume brutalmente el propio lema de Nacho Álvarez, todo se sabe.
Desde la psicología del testimonio, esto no es un detalle menor. Sabemos hace décadas —y la literatura es robusta en esto— que la memoria no funciona como un archivo pasivo, sino como un proceso reconstructivo, altamente sensible al contexto, a la sugestión, a la validación externa y al encuadre relacional.
Desde los trabajos clásicos de Elizabeth Loftus sobre false memories hasta los desarrollos de Ceci y Bruck sobre sugestibilidad infantil, la evidencia es consistente: cuando el entorno deja de explorar y comienza a orientar, el riesgo ya no es solo el error. Es la contaminación del relato.
Y esa distinción —entre asistir un relato e inducirlo— no es semántica. Es una diferencia técnica, clínica y judicial de máxima relevancia.
Por eso el antecedente vinculado a Operación Océano no puede ser tratado como una simple polémica mediática ni como una “campaña de desprestigio”. El señalamiento de que Andrea Tuana habría incentivado a una madre a sostener o construir un relato de abuso sexual contra el padre de su hija no es una anécdota lateral. Es, si se confirma, un hecho de una gravedad institucional enorme. Porque si una figura con legitimidad pública, centralidad mediática y autoridad simbólica interviene no para contener, no para derivar, no para proteger el proceso, sino para reforzar una hipótesis acusatoria como relato a sostener, el problema deja de ser ideológico. Pasa a ser ético, pericial y judicial.
Porque en ese punto ya no estamos hablando de acompañamiento.
Estamos hablando de inducción.
Y la inducción, en contextos de alta sensibilidad emocional, no es una torpeza metodológica. Es una forma de contaminación.
Contaminar un caso
La literatura forense es clara en esto: cuando un relato se consolida bajo refuerzo externo, validación militante y blindaje moral, su potencia subjetiva puede aumentar al mismo tiempo que disminuye su valor probatorio. Ese es uno de los puntos más difíciles de explicar en el debate público, porque el sentido común tiende a confundir intensidad emocional con veracidad. Pero en términos técnicos no son equivalentes. Un relato puede ser profundamente sentido, emocionalmente coherente y subjetivamente auténtico, y aun así estar parcial o significativamente contaminado.
Eso no invalida el sufrimiento.
Invalida la idea de que el sufrimiento sustituye prueba.
Y ese es el punto que el activismo contemporáneo ha vuelto casi imposible de formular sin sanción moral.
No, el problema no es que existan víctimas. No, el problema no es que haya dolor. No, el problema no es que existan violencias reales y graves que deben ser atendidas con seriedad. El problema aparece cuando alrededor de ese dolor se monta una estructura que ya no busca esclarecer, sino dirigir. Cuando el caso deja de ser una investigación y se convierte en una pedagogía moral. Cuando el dolor deja de exigir verdad y empieza a exigir adhesión.
Ahí es donde el sistema empieza a degradarse.
No porque haya sensibilidad. Sino porque la sensibilidad reemplaza al método.
No porque haya empatía. Sino porque la empatía se vuelve blindaje epistemológico.
No porque haya víctimas. Sino porque el lugar de víctima comienza a funcionar, en ciertos contextos, como legitimidad anticipada.
Y una justicia que renuncia al método en nombre de la sensibilidad no se vuelve más humana.
Se vuelve más vulnerable a la manipulación.
Ese es, en definitiva, el núcleo incómodo que el caso Moisés vuelve a dejar expuesto, como el caso María , como la Operación Océano , la violación grupal en el Cordón , el caso Mastandrea y otros tantos que no salieron a la prensa. No solo la existencia de hechos graves. No solo la utilización política del dolor. Sino la consolidación de una maquinaria que convierte sufrimiento en capital simbólico, trauma en legitimidad anticipada y relato en verdad pública y a veces un relato que fundamentado en una mentira construida
Ese es el verdadero problema.
No el dolor.
Su administración.
Porque cuando una sociedad deja de pedir prueba para empezar a pedir alineamiento emocional, la justicia no se degrada por falta de sensibilidad.
Se degrada por exceso de relato.
La pregunta ya no es solo cuántos casos fueron mal narrados.
La pregunta incómoda —y la única que importa cuando el relato reemplaza al método— es otra: ¿Cuántos casos anteriores no fueron simplemente contados… sino construidos?
