«Hay que…»

En casa tenemos un detector de irresponsabilidad: la frase «hay que».

Cuando alguien dice «hay que tirar la basura», «hay que lavar», «hay que limpiar el baño», significa que el hablante está señalando la necesidad, y a la vez asumiendo que otra persona lo va a hacer, no él mismo.

El deber queda en el éter.

Ante una expresión parecida, siempre algún miembro de la familia responde «¿Hay qué?» y esa simple pregunta, junto con una sonrisa, trae de vuelta la responsabilidad al individuo. Entonces el «hay que» desaparece, y surge la acción: alguien que abraza el problema y lo resuelve, en lugar de pasarlo.

Vivimos en una sociedad donde el «hay que» es la norma.

«Hay que crear empleo» pero yo no lo creo. «Hay que subir los salarios» pero no tengo empleados a los que subírselos. «Hay que proteger la producción nacional» pero compro lo más barato y de mejor calidad no importa de donde venga. «Hay que aumentar impuestos» pero compro en la feria sin boleta o directamente bagayo fronterizo.

«Hay que» es el escape perfecto, una mezcla de pedestal moral y actitud reclamante (no pocas veces contradictoria): es el reino de la queja. Y la queja (ya lo escribió José Martí) es «la prostitución del carácter».

La reflexión del «hay qué» nos pone también de cara frente a nuestras impotencias: «hay que resolver el problema de la inseguridad», «hay que resolver el problema de la basura», «hay que resolver el problema de las pérdidas históricas del portland, AFE, el Correo», «hay que resolver el problema de los suicidios», de las personas en situación de calle, del vandalismo y un larguísimo etc. que nunca se resuelve.

El hecho de que existan por décadas todos esos «hay que», sin que podamos hacer nada, debería hacernos cuestionar la forma en que nos gobernamos. ¿Tiene sentido ser eternamente ciudadanos quejosos y suplicantes? No, no lo tiene. Por eso soy un convencido defensor de la soberanía local y la democracia directa. Por eso voy (vamos) a hacer algo al respecto. Esa, en mi opinión, es la verdadera madre de todas las reformas para el Uruguay.

Mientras, quizás convenga activar desde hoy mismo, para nosotros y para terceros, para públicos y privados, el detector de irresponsabilidad y saltar a la acción cada vez que escuchemos (de nuestra boca o la ajena) un quejoso y autocomplaciente «hay que». ¿Cuáles son tus «hay ques» y tus acciones?

Cambiar haciendo es la verdadera revolución: en casa, en nuestra empresa y en la Pesca, ha dado resultados extraordinarios.

Sospecho que para cada uno de nosotros y el Uruguay los daría también.

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