La geografía como pretexto

Hay una pregunta que todo uruguayo se hace al menos una vez por semana, generalmente frente a la góndola de un supermercado o al recibir la factura de UTE: ¿por qué todo es tan caro acá? La pregunta se formula con resignación, como quien constata que llueve. Y la respuesta también viene hecha, lista para usar, repetida por economistas, ministros y panelistas de todos los signos: es un país chico, está lejos, no hay escala. Es la explicación más cómoda del repertorio nacional, porque tiene la virtud de no señalar a nadie. Si el problema es el mapa, no hay culpables, no hay privilegios que tocar, no hay conversación incómoda. La geografía es inocente y todos quedan absueltos.

El problema es que la geografía no aguanta el peso que le cargan encima.

Empecemos por lo cierto, porque algo de cierto hay. Uruguay es chico: tres millones y medio de habitantes, como una sola ciudad europea de tamaño medio, menos que la zona metropolitana de Santiago, una fracción de un barrio grande de São Paulo. Producir para ese mercado interno es producir para una platea reducida, los costos fijos se reparten entre pocos, y cualquier inversión ambiciosa choca contra una demanda que cabe en un estadio. Y está lejos, encajado entre dos gigantes disfuncionales que alternan crisis cambiarias y proteccionismo. Todo eso impone un sobrecosto. Nadie discute que exista. Lo que se discute es que ese sobrecosto explique el sistema. Porque una cosa es un recargo marginal por escala y distancia, y otra muy distinta es que un electrodoméstico o un teléfono importado cuesten en Montevideo bastante más que en Santiago o en Lima, flete incluido.

Conviene mirar a quien estuvo peor y eligió distinto. Estonia es más chica que Uruguay: 1,3 millones de habitantes. Salió del comunismo en 1991 en ruinas, con el PIB cayendo un tercio, sin recursos naturales, en la periferia absoluta de Europa y compartiendo frontera con Rusia. Si la geografía fuera destino, Estonia debería ser el país más caro y más pobre del continente. Hizo lo contrario de lo que aconseja el manual de la lástima: abolió todos los aranceles de importación, se declaró zona de libre comercio, dejó que la competencia externa disciplinara a los productores locales. Treinta años después es uno de los países más prósperos y competitivos de Europa. El primer ministro que condujo la reforma, Mart Laar, explicó la lógica sin eufemismos: las protecciones arancelarias favorecían sobre todo a los sectores políticamente organizados, no a los que más lo necesitaban. Es Olson recitado por un jefe de gobierno. La distancia y el tamaño no se movieron un centímetro; lo que cambió fue la decisión. Hoy Estonia integra la Unión Europea y comparte su arancel externo, igual que Uruguay con el Mercosur. La diferencia no es tenerlo o no: es el bloque. La Unión Europea le abrió a Estonia un mercado de cuatrocientos cincuenta millones de personas con competencia interna real; el Mercosur le da a Uruguay un mercado cautivo de socios tan proteccionistas como él, que alternan crisis y barreras. Estar en un bloque que disciplina no es lo mismo que estar en uno que protege.

Y acá aparece lo que la excusa geográfica oculta. Lo que se ve es un país chico y lejano. Lo que no se ve es la estructura que convierte ese sobrecosto marginal en sobreprecio sistemático. Uruguay aplica el Arancel Externo Común del Mercosur, más una comisión bancaria a las importaciones, más una tasa consular, más uno de los IVA más altos de la región, más una telaraña de monopolios estatales y sectores protegidos que llevan décadas vendiendo caro sin mejorar. Un auto importado de fuera del bloque puede llegar con la mitad o más de su valor en impuestos encima: 23% de arancel, 5% de tasa consular, un IMESI que según la cilindrada trepa, y 22% de IVA, cada uno calculado sobre el anterior. Eso no es la latitud. Eso es una decisión, tomada por alguien, en beneficio de alguien. La geografía no firma decretos.

Hay además una ironía que la excusa no resiste: en un país chico, la logística interna debería ser barata. De la frontera a Montevideo hay menos kilómetros que de una punta a otra del conurbano de São Paulo. La distancia que encarece es la distancia a los mercados de exportación, que afecta lo que Uruguay vende afuera, no lo que consume adentro. Si la nafta, la comida, la ropa y los electrodomésticos son caros puertas adentro, el problema no está en el océano que separa a Montevideo de Rotterdam. Está en la frontera que el propio Estado levantó contra los productos que competirían con los suyos.

La excusa geográfica es, en el fondo, un caso de conocimiento falso que prospera porque le conviene a todos los que importan. Le sirve al gobierno, que evita la reforma. Le sirve al productor protegido, que cobra de más sin tener que justificarlo. Le sirve hasta al consumidor, que prefiere creer que paga por una fatalidad y no por una transferencia de renta que vota cada cinco años sin saberlo. Es una de esas explicaciones que circulan no porque sean verdaderas sino porque son funcionales. Mientras el problema sea el mapa, nadie tiene que ceder nada.

Hay países chicos baratos y países chicos caros. Hay países lejanos competitivos y países lejanos arruinados. La variable que los separa no es la cartografía: es cuánto dejaron entrar al resto del mundo a disciplinar a los suyos. Uruguay decidió, una y otra vez, con gobiernos de todos los colores, dejarlo afuera. Y después, frente a la góndola, le echa la culpa al tamaño del país.

Es un país chico, sí. Pero sobre todo es un país que encontró en su propio mapa la coartada perfecta para no mirarse al espejo.

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