En 1987, a Bono le contaron algo que no se pudo sacar de la cabeza: en Belfast, por la calle en que vive una persona se sabe su religión y se sabe cuánto gana. De ahí salió una de las canciones más famosas del siglo, que sueña con un lugar donde las calles no tienen nombre. La canción es buena. El dato es malo: Belfast es la capital mundial de las calles con nombre. Todavía hoy los taxis no se paran levantando la mano: se llama a una central para que te mande el auto a una dirección. La costumbre quedó de los años en que un desconocido que subía podía ser la muerte. Esta semana la ciudad volvió a la violencia, con autos quemados y familias corridas de sus casas en los barrios donde los grafitis marcan el territorio.
Al rioplatense que mira ese conflicto le pasan dos cosas: busca a los buenos y no los encuentra, y cree reconocer el género, pero el género está torcido. Banda armada contra el Estado vimos muchas: la ETA en España, la Baader-Meinhof en Alemania, el M-19 en Colombia, y cada lector de la región puede agregar la suya. En todos esos casos la banda era una, y enfrente había un Estado que, con todos sus pecados, retenía el monopolio de la violencia. Por eso esas historias terminan igual: la banda derrotada, disuelta o convertida en partido. En el Ulster las bandas son tres, y parte de una usaba uniforme. Una revisión oficial británica concluyó que el ochenta y cinco por ciento de la inteligencia que usaba el mayor grupo paramilitar unionista para elegir víctimas venía de las agencias del propio Estado británico.
La primera banda es la de los unionistas protestantes. Son los dueños de la calle y lo saben. Nunca aspiraron a la superioridad moral: no prometieron ser buenos, prometieron quedarse. Su argumento cabe en una frase: este es nuestro país y no nos vamos a mover. Marchan por donde siempre marcharon. En las hogueras de julio arde cada año la tricolor de la república vecina: verde por los católicos, naranja por los protestantes, blanco por la paz entre los dos. Pintan murales con fusiles que ya no disparan y con el rey Guillermo a caballo, el vencedor de 1690 cuya victoria fundó siglos de supremacía de una tribu sobre la otra. En aquella guerra europea el Papa estaba del lado de Guillermo, porque los dos peleaban contra el rey de Francia: el héroe de los murales anticatólicos jugaba en el equipo del Papa. El aura de duros la sostiene una estructura. Los grupos armados no se disolvieron: se reciclaron en el cobro. Una evaluación filtrada de los servicios de seguridad británicos les cuenta hoy doce mil quinientos miembros con carnet, pagando cuota semanal como socios de un club. Los republicanos armados que quedan se cuentan en cientos; ellos, en miles. A la paz llegaron los dos bandos; solo uno conservó el ejército. Esta semana, mientras ardían los autos, un concejal denunciaba que esas bandas les cobran protección a los comercios de los inmigrantes. La guerra terminó hace veintisiete años; el monopolio de la violencia barrial no se desarmó nunca. Cambió de clientela.
La segunda banda es la de los republicanos católicos, la guerrilla nacionalista de la familia conocida: barniz moral, causa y mártires. Como todas las de su generación, mezclaba el santoral católico con el catecismo marxista. Un mural de Bobby Sands promete que su venganza será la risa de sus hijos. Su brazo armado mató más que nadie; su brazo político hoy es el primer partido de Irlanda del Norte y el primero en intención de voto en la República. La trayectoria le va a sonar al lector: la cárcel por la banca, el pasamontañas por el ministerio. La primera canción del partido, cantada en cada reunión durante años, se llamaba Sinn Féin Amháin. Solo nosotros. Perdieron el territorio en la calle y ganaron en el de la política partidaria.
El nacionalismo unionista es étnico hasta el hueso: sangre, suelo, tambores y supremacía sobre el vecino, la misma materia prima de cualquier ultranacionalismo europeo del siglo veinte, envuelta en la bandera del país que peleó contra el peor de todos ellos. El republicanismo, que se vendía como lucha de liberación, mandó a su jefe de Estado Mayor a pedirle armas a Hitler: Seán Russell murió en 1940 en un submarino alemán que lo traía de regreso. Todavía tiene una estatua en Dublín, que cada tanto alguien vandaliza: la manera local de discutir la historia. Ninguna de las dos tribus resiste su propio álbum de fotos.
En los barrios de las dos bandas la justicia interna era la misma: un tiro en la rodilla. Al ladrón, al dealer no autorizado, al desobediente, lo juzgaba el comité de la esquina. Miles de rodillas en treinta años, repartidas con ecuanimidad entre católicos y protestantes: en eso no había sectarismo. Hoy la banda de rap más exitosa de Belfast se llama así: Kneecap, rótula. Llena estadios. Cada sociedad convierte sus cicatrices en folclore.
El conflicto es demasiado antiguo como para poder decir claramente quién empezó. Los resultados del acuerdo de paz están más claros. Cuando se firmó el acuerdo, en 1998, Belfast tenía unos veinte muros separando barrios católicos de protestantes. Hoy tiene noventa y siete barreras, treinta kilómetros de paredón, más que durante la guerra. El gobierno prometió en 2013 derribarlos todos para 2023; tiraron un puñado. Tres de cada cuatro vecinos quieren que los muros caigan, pero no ahora: en la vida de sus hijos, o de sus nietos. El papel se firmó hace una generación; la calle no firmó nada. Cuando juegan Celtic y Rangers en Glasgow, el clásico de los católicos y los protestantes de Escocia, miles de norirlandeses cruzan el mar, y las compañías de ferry hacen lo posible por repartir a las dos hinchadas en barcos distintos. Dos pueblos que comparten isla, idioma, sueldo y clima, y que necesitan flotas separadas para ir a ver fútbol en el extranjero.
Sumado a todo esto, el problema tiene una pata nueva: la inmigración. En Gran Bretaña, el terrorismo islamista produjo dos de cada tres atentados desde 2018 y ocupa tres cuartos de los casos del MI5, con una población musulmana del seis y medio por ciento, que el censo registra además como el grupo religioso con menor tasa de empleo. Son números de la isla de enfrente: en Irlanda del Norte los musulmanes son el medio por ciento, y el terrorismo lo ponen los paramilitares de siempre. Pero el miedo no lee estadísticas por jurisdicción. El lunes, un refugiado sudanés de treinta años atacó a cuchilladas a un hombre en plena calle; la víctima perdió un ojo. Según trascendió, el atacado era un vecino de su edificio que lo había ayudado a instalarse. La policía no investiga el caso como terrorismo. La familia de la víctima pidió, desde el hospital, que el ataque no se usara para alimentar hostilidad. Esa misma noche, encapuchados al grito de sacar a los extranjeros patearon puertas, incendiaron tres casas con gente adentro, un supermercado árabe, una barbería turca y un ómnibus. Ninguno de los atacados tenía nada que ver con el atacante. La mitad de la historia es de los que señalan al refugiado; la otra mitad, de los que señalan a la turba. La historia entera no le conviene a ninguno de los dos. Las llamas les tocaron a gente parada en una calle con un nombre que pertenece a otra tribu.
Hay un combustible más, y lo vierte el Estado. En las dos Irlandas, el que llega pidiendo asilo es alojado por el gobierno: primero en hoteles contratados, después, con suerte, en vivienda subsidiada. El local que lleva años en la lista de la vivienda social, o que no llega al alquiler de mercado, pasa por la puerta del hotel y hace la cuenta. No importa si la cuenta le da bien o mal: importa quién la hizo posible. Donde los techos los asigna el mercado, el recién llegado es un cliente más. Donde los asigna una fila del Estado, cada recién llegado es un competidor. La bronca no la fabrica el extranjero. La fabrica la fila. El que diseñó la fila nunca está parado en ella; el resentimiento le toca al que duerme en el hotel, no al que firmó el contrato con el hotelero.
El acuerdo de paz congeló la división por escrito. Cada diputado del parlamento de Belfast debe registrarse como unionista, como nacionalista o como neutral, y las decisiones importantes exigen mayoría dentro de cada tribu. El voto del que se declara neutral vale menos justo cuando más importa: el reglamento castiga pararse en el medio. Donde la política premia conquistar el medio, las tribus se ablandan hasta volverse folclore. Donde el reglamento paga por ser tribu, la tribu se vuelve eterna. No es cultura. Son incentivos.
Monty Python tenía una canción que recomendaba nunca ser grosero con un irlandés. Al cantante lo interrumpía una explosión. El público de 1980 entendía perfectamente de qué se trataba. El de hoy no entiende el chiste, y esa amnesia es la mejor noticia que dio Belfast en medio siglo. La paz será completa el día en que pasen las dos cosas: que nadie recuerde por qué explotaba la bomba, y que a nadie le importe cómo se llama tu calle.
