En 1866, Estanislao del Campo hizo el experimento más audaz de la literatura rioplatense: mandó a un gaucho a la ópera. Anastasio el Pollo entra al viejo Teatro Colón, ve el Fausto de Gounod, que era el de Goethe pasado por música francesa, y después se lo cuenta a su amigo don Laguna en verso criollo, convencido de que el diablo andaba suelto en el escenario. El resultado fue mejor que el original: el Fausto criollo quedó más vivo en el Plata que el alemán, porque del Campo entendió algo que la academia no entiende nunca: las ideas grandes no se importan, se traducen. Lo que sigue es un intento parecido, con peor poeta y mejor excusa: explicar al alemán más citado y menos leído en este idioma, ese del bigote que aparece en remeras, tatuajes y frases de gimnasio. Friedrich Nietzsche, para el asado.
Empecemos por la escena que todos citan mal. «Dios ha muerto» no lo grita un festejante: lo grita un loco, en una plaza de mercado, una mañana cualquiera, con un farol prendido a pleno sol. Los que están comprando verdura se ríen de él, y el detalle es que los que se ríen son los ateos. El loco los mira y les dice, más o menos, que llegó demasiado temprano: que la noticia todavía está viajando, como la luz de una estrella apagada. Nietzsche no está celebrando nada. Está dando un parte de defunción con pronóstico adjunto, y el pronóstico es para los que se ríen: ustedes lo mataron y no tienen la menor idea de lo que hicieron.
¿Qué es lo que se muere cuando se muere Dios? Acá conviene el ejemplo de campo. Cuando se muere el viejo que mantenía el alambrado, el alambrado no se cae ese día. Los postes aguantan por años, de puro puestos que están, y el que pasa a caballo jura que el campo sigue cerrado. Hasta que una noche de tormenta la hacienda se desparrama y recién ahí se descubre que hacía tiempo que nadie revisaba nada. Eso es lo que Nietzsche vio: la moral de Occidente, la honestidad, la palabra empeñada, la dignidad del trabajo, el valor de cada vida, eran postes de un alambrado que alguien mantenía. Muerto el dueño, los valores quedan en pie por costumbre, por inercia, de puro puestos. La desparramada que venía, calculó en sus últimos cuadernos, era la historia de los próximos dos siglos. Hagan la cuenta de las tormentas desde entonces.
Lo segundo que vio es lo que pasa con el lugar vacío. Porque la gente no deja de rezar cuando se queda sin iglesia: cambia de altar. Y los altares nuevos, esto es lo notable, se construyen todos con los planos del viejo. Miren cualquier militancia moderna, del signo que quieran, y encuentren las piezas: un pecado original con el que se nace, una confesión pública para expiarlo, herejes para quemar, un pueblo elegido, un apocalipsis con fecha que siempre se corre, una salvación por adhesión. La arquitectura entera de la religión que dicen haber superado, rellenada con contenido de temporada, y corriendo sobre un capital moral que no generaron: lo heredaron del edificio que demolieron y lo están gastando sin reponerlo. Nietzsche los describió antes de que nacieran: ideales ascéticos de reemplazo. Nosotros les vemos la cara todos los días en el timeline.
Lo tercero es su hallazgo más fino y más incómodo, y en el Plata no necesita traducción porque tiene nombre propio: el resentimiento. Nietzsche describió en 1887 el mecanismo por el cual los que no pueden definen la virtud como todo aquello que los que pueden no son. Si no llego, el que llega es sospechoso. Si no tengo, el que tiene robó. El mérito se vuelve privilegio, la excelencia se vuelve ofensa, y el logro algo por lo que corresponde pedir perdón. La moral deja de ser una vara para medirse y pasa a ser un serrucho para emparejar. Cualquier habitante de estas orillas conoce el fenómeno de memoria: acá se llama bajarle el copete al que sobresale, y tiene más práctica que teoría. Nietzsche lo llamó moral de esclavos, no por los pobres, aclaremos, sino por los que prefieren invertir la tabla antes que intentar la subida.
Y acá viene el capítulo que el Río de la Plata escribió solo, sin leer una página del alemán. Porque el diagnóstico completo del nihilismo, el derrumbe de toda jerarquía entre lo que vale y lo que no, un rioplatense lo compuso en 1934 y ustedes se lo saben entero: es Cambalache. El tango de Discépolo dice exactamente lo que Nietzsche pronosticó: que llegaría un tiempo en que daría lo mismo el que se rompe el lomo que el que vive de los demás, el ignorante que el sabio, el estafador que el generoso, todo revuelto en la misma vidriera sin precios. Discépolo no necesitó leer a Nietzsche: lo confirmó. El pronóstico lo escribió un alemán lejos de Alemania, y el parte meteorológico se cantó en Buenos Aires medio siglo después, con bandoneón. Somos, sin saberlo, el pueblo que le puso música al diagnóstico.
Falta el personaje más robado del libro. Al Übermensch se lo llevaron los nazis, con ayuda de la hermana de Nietzsche, que editó los manuscritos del hombre ya demente y décadas después le vendió al régimen un filósofo que despreciaba el antisemitismo y el nacionalismo alemán con todas sus letras. Después se lo llevó la autoayuda, que convirtió la voluntad de poder en póster de oficina. Y conviene que esta columna confiese el robo que falta antes de que lo señalen en los comentarios: los liberales tampoco podemos reclutarlo. Nietzsche escribió, en el Crepúsculo de los ídolos, que el liberalismo es la conversión de los hombres en animales de rebaño; el detalle que el meme siempre amputa es que en el mismo pasaje dice que las instituciones liberales promueven la libertad poderosamente mientras se pelea por conquistarlas, y que aborregan recién una vez conquistadas, cuando nivelan y acomodan. Su blanco era el confort, no el mercado. Y el gemelo de esa cita, que el memero nunca adjunta, está en el propio Zaratustra: Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. No era de los nuestros. No era de nadie. Por eso todos lo citan mutilado, y por eso conviene leerlo entero.
Leído entero, lo que queda en pie es más simple y más exigente: muerto el legislador viejo, alguien tiene que hacerse cargo de legislar la propia vida. No esperar que las tablas nuevas las baje el Estado, el partido, el algoritmo o la tribu: hacérselas, y bancarse el precio. En criollo tiene traducción exacta y sin épica: hacerse cargo. El último hombre, que es el personaje opuesto y el retrato que más duele, es el que eligió no hacerse cargo de nada. Inventamos la felicidad, dicen los últimos hombres, y parpadean. Tibio, cómodo, seguro, entretenido y hueco. Sin riesgo, sin obra, sin tragedia. Scrolleando.
El loco del farol avisó que la noticia tardaría siglos en llegar. Ya llegó. El alambrado está en el suelo, los altares de reemplazo multiplican sucursales, el serrucho trabaja horas extra y el tango del derrumbe cumplió noventa años. Lo único que el alemán dejó sin escribir es la parte que le toca a cada uno: con las tablas viejas quemadas y las de reemplazo hechas de cartón, el que quiera valores va a tener que volver al oficio más antiguo y más caro que existe, que es dárselos y sostenerlos. Anastasio el Pollo salió del teatro convencido de que había visto al diablo. Nosotros salimos del primer cuarto de este siglo habiendo visto algo peor: el mostrador donde el diablo ya ni atiende, porque el alma se remata sola, en cuotas y sin interés. La buena noticia la trajo del Campo hace ciento sesenta años: todo se puede contar de nuevo, en criollo, y contarlo de nuevo es la manera de empezar a entenderlo.
