En 1971, dos profesores publicaron en Chile uno de los libros más influyentes de la historia cultural latinoamericana: «Para leer al Pato Donald». La tesis era que las historietas de Disney no eran inocentes. Traían ideología de contrabando: capitalismo, imperialismo, el American way of life, todo escondido en las aventuras de un pato. El análisis era de un rebuscamiento heroico. Que los sobrinos no tuvieran madre revelaba la negación de la familia para ocultar el origen de la riqueza. Que el Tío Rico nadara en oro enseñaba el capital sin trabajo. Que los patos visitaran pueblos exóticos entrenaba la mirada colonial. El libro se volvió biblia continental, la dictadura chilena lo tiró al mar, y el martirio terminó de consagrarlo.
En una cosa tenían razón, y hay que decirlo: el contrabando ideológico en las historietas existe. Es real, es eficaz, y funciona exactamente como ellos lo describieron: entra por la página del humor, que se lee desarmado, y se instala sin pasar por la aduana del juicio. Solo se equivocaron de historieta. La carga no venía de California. Se dibujaba en Buenos Aires, con un trazo simpático, y la repartían los mismos diarios que juraban vigilar la frontera.
Quino era talentoso, con un timing notable para el chiste de cuatro cuadros. No era Hugo Pratt, que se formó dibujando en Buenos Aires, ni Alberto Breccia, el montevideano que sí fue el mejor dibujante del Río de la Plata. Tampoco necesitaba serlo: para el contrabando no se necesita una obra maestra, se necesita un buen envase. Y el envase es el vehículo, no la carga. Para ver la carga no hay que mirar los chistes. Hay que mirar quién los pierde siempre.
En Mafalda, cada valor burgués tiene asignado un portador ridículo. El trabajo, el ahorro y el comercio le tocan a Manolito, que es bruto, avaro y sin mundo interior: el almacén como horizonte de la estupidez. La familia, la maternidad y el deseo de progresar le tocan a Susanita, que es frívola, chismosa y clasista: su beneficencia son tés canasta para comprarles a los pobres la comida que ella desprecia. Hasta el soñador sin carácter tiene su casillero en Felipe. Y la autoridad del hogar le toca a un oficinista de seguros tan menor que en diez años de tira no mereció nombre: el papá de Mafalda es un hombre gris que sufre por las hormigas de sus plantas y por el auto que no puede pagar, y que pierde todas las discusiones con su hija de seis años. La figura paterna, el que provee y sostiene la casa, reducida a un pobre tipo. Del otro lado está la nena que recita el temario completo de la izquierda de los sesenta, Vietnam, el imperialismo, la humanidad enferma, y esa nena no es un personaje más del elenco: es el tribunal. La lúcida, la profunda, la que ve lo que los adultos no quieren ver. En diez años de tira, nadie discute con Mafalda y gana.
Los chistes visitan a todos, es cierto, y Quino se reía un poco de cada uno. Pero las condenas duermen siempre en la misma casa. El saldo es una tabla de valores que el lector absorbe sin enterarse: indignarse por el mundo es signo de inteligencia; atender un almacén, de brutalidad; querer casarse y tener hijos, de frivolidad; ser el padre que paga las cuentas, de mediocridad. Ningún panfleto logró jamás esa eficacia, porque los panfletos se leen en guardia. Contra una nena de seis años no hay guardia posible.
Y cuando el mensaje necesitó dejar de ser implícito, Quino creó su último personaje: la nena más radicalizada de la tira, la que cita a Sartre y anuncia la revolución de los humildes, la única parada a la izquierda de la propia Mafalda. La llamó Libertad. El bautismo más eficaz del siglo: tres generaciones aprendieron a ponerle ese nombre a esa idea sin que nadie se los enseñara en voz alta.
Alguien dirá que estoy jugando el mismo juego que Dorfman y Mattelart: leerle ideología a unos muñequitos. Hay una diferencia, y es toda la diferencia. A Disney había que torcerle la lupa para encontrarle el programa: deducirlo de ausencias, de sobrinos sin madre, de patos sin esposa. A Mafalda no hay que deducirle nada. El temario está recitado en los globos de diálogo, el autor jamás escondió de qué lado estaba, y el personaje más radical se llama Libertad. Lo de ellos era lectura sintomática. Esto es lectura, a secas.
La ironía fundacional es que Mafalda nació, literalmente, como contrabando. Quino la creó en 1963 para una publicidad encubierta de una línea de electrodomésticos, y Clarín la rechazó al detectar la maniobra. Fíjense la asimetría: el contrabando comercial lo cazaron en la primera lectura. El ideológico lleva sesenta años pasando la aduana sin que nadie revise el equipaje.
Y acá viene la parte que le toca al Uruguay. Desde el 30 de marzo de 1971 hasta el 8 de octubre de 2019, con escasísimas excepciones, la tira ocupó la parte inferior de la portada de El País de Montevideo, el diario de la derecha uruguaya, el que sus lectores compran para defenderse de estas ideas. Cuarenta y ocho años en la primera página. Y como Quino dibujó el último cuadrito en 1973, cuarenta y seis de esos años fueron reposiciones: los mismos chistes sobre Nixon y Vietnam rematando la tapa, cada mañana, hasta anteayer. Los hijos y los nietos de los lectores desayunaron medio siglo con el catecismo del adversario, servido en la mejor vidriera del diario de la familia. Y cuando por fin la bajaron, la devoción no se movió: en 2024, para los sesenta años del personaje, el mismo diario la celebró como una nena que «aún sigue interpelando sobre el mundo en que vivimos». El Pato Donald tuvo un libro entero dedicado a desenmascararlo. Mafalda tuvo la primera plana de sus supuestos adversarios durante medio siglo.
Que nadie la haya revisado no es casualidad: es la medida exacta del éxito. A esta altura, auditar a Mafalda es como patear un santo, y esa intocabilidad es la prueba final de que el contrabando llegó a destino. Una idea que se puede discutir es una opinión. Una que no se puede discutir ya ganó.
El antídoto también existe, y también es un dibujito. En South Park no hay tribunal: el personaje que más enseña sobre el poder es a la vez el más miserable, Cartman, y nadie te pide admirarlo. Una tira que te obliga a desconfiar hasta de sus propios personajes cría escépticos. Una que te entrega una santa de seis años cría feligreses.
Suecia crió a sus hijos con una nena que vivía sola, no le pedía nada a nadie y se reía de la policía. El Río de la Plata crió a los suyos con una que le exigía al mundo y despreciaba el almacén de la esquina. Cada región terminó pareciéndose, décadas después, a su nena. Dorfman y Mattelart escribieron el manual del contrabando ideológico y fueron a revisarle el equipaje al único que viajaba limpio. Del Pato Donald no salió un solo imperialista. De Mafalda salió una región entera convencida de que indignarse es pensar.
