“El principio de la República es la virtud. La virtud política es un renunciamiento a sí mismo, que es siempre una cosa muy penosa, pero el bien particular debe siempre callar ante el bien público” Charles-Louis de Montesquieu (Del espíritu de las Leyes)
La controversia comenzó presentándose como un gesto de simple amabilidad empresarial.
En los días previos a la asunción presidencial del 1° de marzo de 2025, la empresa FIDOCAR (representante de Hyundai en Uruguay) prestó un vehículo IONIQ 5 eléctrico, especialmente acondicionado, para que el presidente Yamandú Orsi y la vicepresidenta Carolina Cosse realizaran el trayecto desde el Palacio Legislativo hasta la Plaza Independencia. Se habló entonces de “cortesía” comercial.
Ni tan corteses ni tan generosos
El carácter del episodio, un año después, cambió sustancialmente cuando la periodista Patricia Madrid, en el programa “Así Nos Va” de Radio Carve, reveló que ocho días antes de asumir, Orsi había comprado una camioneta Hyundai Santa Fe híbrida cero kilómetro.
Según la documentación, el negocio se habría pactado por la suma de US$ 54.000 (entregando su vehículo anterior y abonando la diferencia), mientras que el valor de mercado rondaba los US$ 79.000-80.000. Es decir, un descuento aproximado de US$ 25.000.
Lo que para un ciudadano privado podría interpretarse como una buena negociación comercial, adquiere otra dimensión cuando se trata del presidente electo.
Desde su propia definición etimológica, la “cortesía” no es una amabilidad neutra entre iguales. Proviene de “corte”: designaba los gestos refinados, los obsequios y las atenciones que los cortesanos prodigaban al monarca o a los poderosos para ganarse su favor. Es una práctica inherentemente jerárquica y cargada de expectativa de reciprocidad.
En el marco republicano, este tipo de “cortesías” resultan inadmisibles precisamente porque introducen una relación de deuda personal entre quien gobierna y quien puede beneficiarse de decisiones públicas (contratos, regulaciones, imagen de marca).
Lo que empezó como préstamo de vehículo para la ceremonia derivó en una polémica que ya está en manos de la Junta de Transparencia y Ética Pública (JUTEP), tras denuncias anónimas.
El pasado nos llama y enseña
Con la polémica instalada en la opinión pública, en momentos en que arreciaba la cuestión ética, en redes sociales se recordó una carta del entonces Presidente Manuel Oribe, presuntamente de su primer gobierno entre 1835-1838 con motivo de su cumpleaños el 26 de Agosto, dirigida a Don Norberto Larravide.
Para un profesor de Historia como Orsi, esa misiva debería constituir un lapidario recordatorio de lo que debe ser la ética republicana. Dice así:
“Estimado Sr. Don Norberto Larravide:
Recibo su carta y su magnífico obsequio. Le devuelvo ambas cosas… la carta, porque no merezco los conceptos con que usted me favorece, y porque, creo que no conviene a usted para el porvenir dejar con su firma esa carta cortesana mal dirigida a un republicano como yo; y el regalo porque es demasiado valioso y no conviene a mi decoro aceptarlo ni a usted el hacerlo, dadas nuestras posiciones respectivas. No debo ni quiero quedar obligado a persona alguna del modo que me obligaría la admisión del importante presente que usted tiene la amabilidad de querer hacerme en este día de mi cumpleaños.
Le saluda con afecto su amigo
Presidente Manuel Oribe.”
Oribe rechaza tanto el obsequio como la carta aduladora porque entiende que un republicano no puede quedar “obligado a persona alguna”.
No es casualidad que la JUTEP exista precisamente para velar por la transparencia y la ética pública: su misión es institucionalizar esa misma exigencia de independencia, transparencia y ética pública.
La psicología del poder: reciprocidad, adulación y cámara de eco
La psicología social explica por qué estas “gentilezas” resultan tan atractivas para quienes ejercen el poder. La norma de reciprocidad (Robert Cialdini) es un mecanismo universal: recibir un favor genera un impulso a corresponder. En posiciones de autoridad, donde los gestos suelen ser más valiosos, este efecto se magnifica y puede distorsionar el juicio de manera inconsciente.
A esto se suma la adulación (ingratiation, Edward E. Jones): halagos, atenciones especiales y reconocimientos que explotan el sesgo de automejora. Los líderes, expuestos al escrutinio constante, son especialmente vulnerables a la validación. Estudios en psicología del poder (Dacher Keltner y otros) muestran que el poder reduce la empatía y aumenta la sensibilidad a las señales de estatus.
El riesgo se profundiza con el efecto “echo chamber” (cámara de eco). Cuando el entorno inmediato de un presidente funciona como un círculo cerrado —casi como una “logia”—, la retroalimentación que recibe tiende a confirmar sus percepciones y a minimizar los riesgos. La adulación y las cortesías refuerzan esta burbuja.
Incluso las maniobras posteriores de control de daños (explicaciones públicas, envío de documentación) pueden leerse como producto de ese mismo entorno protector.
Algo similar se observó en el caso Cardama, donde muchos analistas coincidimos en que Orsi fue impulsado por su círculo cercano (Alejandro Sánchez y Jorge Díaz) a anunciar la rescisión del contrato de las patrullas oceánicas con fuerte énfasis en supuestas irregularidades, sin que existiera una alternativa clara y madura. La decisión se gestó en un ámbito de eco interno fuerte y menor contraste externo.
Comprender sin exculpar
Entender estos mecanismos psicológicos —reciprocidad, fascinación por la validación, aislamiento en cámara de eco— no equivale a justificarlos. Todo lo contrario.
Montesquieu, en El Espíritu de las Leyes, opone claramente el universo cortesano (basado en el honor, las distinciones y las gentilezas jerárquicas) al ideal republicano, que solo se sostiene en la virtud cívica: amor a la igualdad, frugalidad y rechazo de cualquier lazo personal que comprometa la independencia.
Oribe lo comprendió hace casi dos siglos.
Aceptar “cortesías” que un ciudadano común no recibiría erosiona, aunque sea sutilmente, la confianza pública y la imparcialidad. La ética republicana no se agota en lo que determine la JUTEP; exige una virtud más alta: la capacidad de rechazar lo que pueda comprometer, aunque sea en apariencia.
En una época donde la política parece cada vez más permeable a las atenciones interesadas, la carta de Oribe no es un documento antiguo. Es un espejo incómodo y una exigencia de altura institucional.
