
A las personas en edad provecta, por más embelesados que estemos con las nuevas tecnologías, nos sigue produciendo asombro cómo un largo recorrido de vida podemos acotarlo a una docena, quizás menos, de hechos que, ésos sí, tomaron forma y significado de símbolos. Y todos ellos -porque mi generación es ya, hija de la imagen- ligados a una foto, un vídeo de unos segundos.
En un solo día, esas imágenes tan icónicas como las del viejecillo chino que, bolsa de la compra en mano, se planta -él, sólo en su inmensidad- frente a la larga fila de tanques comunistas que el régimen chino ponía allí para llevar a cabo una de las peores masacres de la época ahogando en sangre las protestas estudiantiles, y poco más tarde las últimas fotos de Marjani Satrapi, muerta a sus 56 años pero eternamente joven iraní que compuso la novela gráfica “Persépolis” que desnudó la horripilante represión en la tierra persa, nos muestran el valor de la memoria.
Hoy más que nunca: quien olvida su pasado, se condena a repetirlo
El mundo recuerda (o debería recordar) no solo la brutalidad de ese régimen que aplastó a sus jóvenes con tanques, sino algo más sutil y perdurable: la decisión deliberada de borrar la memoria, de convertir un hecho traumático en página en blanco de la historia oficial. En China, el Partido Comunista sigue prohibiendo mencionar el episodio, advirtiendo a las familias de las víctimas y censurando cualquier conmemoración. La lección -obviamente- no es que Uruguay sea China. La lección es que olvidar o minimizar los momentos en que las instituciones estuvieron en juego tiene un costo demasiado alto. Y en nuestro país, bajo el pretexto permanente de “cuidar la institucionalidad”, llevamos cuarenta años horadándola hasta convertirla en un cascarón vacío.
El “ORSIGate” con ribetes de tsunami que nadie vio venir
El episodio de la camioneta Hyundai Santa Fe adquirida por el presidente Yamandú Orsi con un descuento de alrededor de US$ 25.000 días antes de asumir generó polémica, disculpas, anuncio de donación posterior del vehículo y remisión a la Junta de Transparencia y Ética Pública, idas u venidas que con qué se pagó y si la donación del Renault fue al candidato o la fuerza política, y que cómo entonces lo entregó como parte de pago, y por si fuera poca cosa, la cuestión de que hubo un asado en el Polonio con presidentes electos y directores de automotoras conversando de una tal Santa Fe.
Más allá del resultado de la o las investigaciones, el patrón es conocido: un beneficio de difícil explicación para el común de los mortales, seguido de explicaciones institucionales y llamados a “no judicializar la política” o “preservar la gobernabilidad”.

El antecedente Sendic y el patrón de impunidad
El caso más fresco y elocuente es el del exvicepresidente Raúl Sendic. Renunció en 2017 ante evidencias de irregularidades graves, que había motivado su denuncia ante la Justicia por delitos mucho más graves que los que luego pretextaran su salida, esa que, luego, había de ser presentada como un gesto republicano de altura. El Frente Amplio -y buena parte de la oposición (¿u opoficción?- lo despidió con aplausos.
Poco después, en pago a la lealtad institucional, esa misma fuerza política desconoció dos plebiscitos ciudadanos sobre la Ley de Caducidad, impugnó la Ley de Urgente Consideración aprobada democráticamente y ahora, en 2026, amenaza con tirar abajo una Reforma Previsional aprobada por el Parlamento, que además pone en riesgo fondos de los trabajadores contrariando pronunciamientos populares anteriores.
Cada vez que las instituciones producen un resultado incómodo para cierta parte de la “casta política”, se activa el mecanismo: primero el salvataje retórico (“fue un error”, “gesto republicano”), luego la erosión (“no podemos poner en riesgo la estabilidad”, “esto es revanchismo”). El resultado es previsible: las reglas valen mientras convengan. Cuando no, se las vacía de contenido.

Los 40 años de lento y persistente deterioro institucional
Desde el retorno a la democracia en 1985, Uruguay se enorgullece de su estabilidad institucional. Pero esa estabilidad se ha vuelto frágil precisamente porque se la ha usado como escudo para evitar rendiciones de cuentas reales. Escándalos en ANCAP, Pluna, tarjetas corporativas, declaraciones juradas incompletas, privilegios en compras de vehículos… la lista es larga.
Siempre aparece el mismo argumento: “No podemos desestabilizar”. Y mientras tanto, la confianza de la ciudadanía en las instituciones se erosiona. Un cascarón se ve igual por fuera, pero por dentro ya no sostiene nada. Cuando llegue una verdadera tormenta, nos daremos cuenta demasiado tarde.
No es hora de romanticismos
Recordar Tiananmen no es invocar tanques en Montevideo. Tampoco es golpismo ni deslealtad institucional recordar al hijo putativo de Mujica, el Diputado Placeres, el de los 80 viajes a la Venezuela chavista, el condenado por los manejos turbios de Envidrio, también despedido del Parlamento bajo palio. Deslealtad institucional habría sido, en todo caso, y tampoco conviene olvidarlo, pedir “default” de la deuda, cuando el país peleaba “con perros cimarrones” para salir de una de las peores crisis de su historia, sin perder lo único que nos quedaba, el orgullo de honrar los compromisos.
Apelar a la memoria es recordar que las sociedades que olvidan o maquillan los momentos en que sus instituciones fueron desafiadas o corrompidas pagan el precio en forma de decadencia lenta pero segura.
No se trata de derrumbarlo todo ni de caer en purgas vengativas. Se trata de rechazar el pacto implícito de impunidad que ha marcado las últimas décadas: “te cubro hoy para que me cubras mañana”.
Exigir que las reglas se cumplan para todos, sin excepciones de “estabilidad”. Porque una institucionalidad que solo sirve para proteger a los poderosos ya no es institucionalidad: es privilegio disfrazado.
Uruguay merece algo mejor que otro “Nerón” tocando mientras las instituciones arden lentamente.
Merece memoria, lealtad, decencia y sentido republicano. Merece y necesita reglas claras, que no se tuerzan según quien esté en el gobierno. Y necesita, por fin, volver al gobierno de los mejores.



