Exceso de relato para ocultar la realidad

Si el que controla el relato controlara el futuro, el nazismo habría prosperado hasta nuestros días. No lo hizo. La maquinaria de propaganda más sofisticada de su tiempo (cine, radio, prensa, símbolos, liturgia de masas) construyó un relato total, y aun así se derrumbó estrepitosamente. Se derrumbó cuando chocó contra lo que efectivamente pasaba: la realidad en el frente, el hambre, los muertos, la derrota. El relato duró lo que duró. Después lo desmintió la realidad.

Aquella mentira tardó años en desactivarse. Hoy tarda mucho menos. Las redes sociales no inauguraron la verdad, pero aceleraron el desfasaje: las personas filman, en vivo y en directo, lo que pasa en sus países, y el discurso oficial queda contradicho, en tiempo real, por el cuerpo de quien lo está viviendo. El relato ya no envejece en décadas; envejece en horas pero ¿Cuándo envejece en horas? cuando lo que se filma es congruente con lo que realmente sucede y la gente está dispuesta a creer en lo que ve… igualmente con el tiempo todos los relatos caen, TODOS.

Venezuela y Cuba son dos enormes desgracias. Sin embargo, conviene mirar con precisión cómo se sostienen, porque la lección es incómoda. No se sostienen por control del relato. Empezaron con una máquina de mentiras (el gobierno actual reconoció que mintió para ganar) y la mentira, en la escala de la historia, es de corto plazo. Acceden al poder a través de la mentira y al llegar lo que les dio y les da resultado fue y es otra cosa: detener y controlar lo que las personas hacen (un contexto ideal para elevar los niveles de suicidio generada por el mismo Estado). El relato fue el envoltorio; el mecanismo real fue intervenir el movimiento, el ingreso, la palabra, la posibilidad de irse o de quedarse. Ningún discurso retiene a un pueblo. Lo que retiene es la fuerza sobre lo que se hace.

Conviene mirar esto de cerca, porque no es un asunto de allá lejos. Es la misma dirección que, en otra escala y con otras formas, puede rastrearse acá: un Estado que decide cada vez más sobre lo que antes quedaba en manos de cada uno (qué ingresos puede tener una persona, quién puede hablar con la prensa, a quién se le rinden cuentas), siempre en nombre de una virtud que cuesta discutir https://contraviento.uy/2026/06/07/virtudes-autoritarias/ . El punto nunca es el relato. El punto es siempre lo mismo: lo que se hace, lo que se permite hacer, lo que se impide hacer y las acrobacias linguísticas (a veces dan risa) que hacen para mentir y desmentir relatos.

Hay una razón para que el control viva siempre del lado de lo que se hace, y no es ideológica: las personas sostenemos dos conversaciones a la vez, una en el lenguaje y otra en el cuerpo (sistema nervioso). Lo que se dice corre por la primera. Lo que se cree, por la segunda.
Y sin embargo vivimos obsesionados con controlar la narrativa. Gobiernos, empresas, instituciones y hasta personas dedican una energía enorme a manejar el relato: qué se dice, cómo se cuenta, qué número se muestra, qué palabra se elige. La creencia de fondo es simple y poderosa: quien controla la narrativa, controla la realidad. Es una de las certezas de nuestra época. Y es un mito. No lo es por una cuestión moral, sino por una razón biológica, y vale la pena entenderla, porque cambia cómo se lee casi todo lo que nos rodea.

Los seres humanos no procesamos el mundo en un solo canal. Mientras escuchamos un discurso (palabras, promesas, datos), nuestro cuerpo está leyendo otra cosa al mismo tiempo: lo que efectivamente pasa, lo que se hace, lo que se vive. Y cuando las dos no coinciden, cuando lo que se dice no es lo que se hace, no nos quedamos con la primera. El cuerpo se queda con la segunda. Siempre.
Por eso una empresa puede tener su carta de valores impecable, hablar del bienestar de su gente en cada comunicado, y su gente desconfiar igual: porque mientras lee nos importas, su cuerpo sostiene el agotamiento. Por eso un país puede figurar como democracia plena en los índices internacionales mientras millones de sus ciudadanos se van. Venezuela apareció durante años clasificada como democracia, de un tipo u otro, en esos rankings, mientras más de siete millones de personas votaban con los pies y emigraban. El relato decía una cosa. La vida decía otra. Y la gente no es tonta: capta las dos, y le cree a la que vive.

Acá está el problema que queda oculto. Casi todos los instrumentos con que medimos lo humano (el desarrollo, la democracia, el bienestar, el clima de una organización) miden en el fondo la narrativa: lo que se declara, lo que se contesta en una encuesta. Capturan con rigor el relato. Pero quedan ciegos a lo que se hace y a lo que se vive, que es justamente donde la vida ocurre. Miden la sombra y pierden de vista al que la proyecta. Por eso un tablero puede mostrar todo en verde mientras, por debajo, algo se está rompiendo.

Y esa es la trampa del control de la narrativa. Se puede pulir el relato, elegir mejor las palabras, contratar veinticinco especialistas en comunicación, mejorar el número. Pero no se puede controlar lo que la gente vive, ni impedir que su cuerpo lea la diferencia entre lo que se dice y lo que pasa. Esa diferencia, esa distancia entre el discurso y la experiencia, no es ruido: es la señal más temprana y más confiable de que algo empezó a torcerse y se llama CONGRUENCIA. Mientras la narrativa se ocupa de tapar esa distancia, la distancia sigue ahí, y crece.

La paradoja es que el control que tanto se busca existe, pero no por donde se lo busca. No está en manejar mejor el relato. Está en cerrar la distancia: en que lo que se dice y lo que se hace coincidan. Cuando una institución vive lo que declara, no tiene narrativa que controlar, porque no hay grieta entre las dos conversaciones. La congruencia no necesita relato. El relato de repetir frases hechas, eslóganes sin profundidad ni fundamento, en cambio, es lo que aparece cuando la congruencia falta, y entonces hay que sostener con palabras lo que la realidad no sostiene y como decía el eminente Escohotado: «las verdades se sostienen solas», sucede lo mismo con la naturaleza, simplemente es.

Quizás por eso la obsesión por controlar la narrativa sea, ella misma, un síntoma. No la señal de que se domina la realidad, sino la de que se la perdió, y se intenta reemplazarla por su sombra. Lo humano, al final, no se gobierna desde el relato. Se gobierna, si acaso, experimentando lo que se dice.

Otros Artículos de Beatriz López:

[b]Sitio alojado en Montevideo Hosting[/b]