Mamarracho: crónica de un blindaje de cotillón

Enrique Guillermo Hernández

El gobierno de Yamandú Orsi ha parido una criatura comunicacional que define a la perfección su matriz política: el Mambarracho.

Lo que se anunció con bombos y platillos como una respuesta drástica ante el avance del narcotráfico urbano terminó desnudando la verdadera marca de la casa: la improvisación táctica, el golpe de efecto para la tribuna y esa entrañable adicción al «talenteo» donde la realidad siempre se termina acomodando en el camino. Al menos en los papeles.

1. El humo del «Impacto Visual»

El despliegue de los blindados Mamba nunca tuvo un sustento estratégico. Fue concebido como un show de marketing político.

La premisa era casi escolar: meter el bicho más grande, moderno y con la torreta más imponente en una esquina de los barrios intervenidos, asumiendo que el delincuente común se iba a amedrentar por la pura estética bélica.

Pero el crimen organizado en Montevideo no es tonto ni se asusta con cotillón de metal. Sabe perfectamente que ese monstruo de acero sudafricano es un gigante de papel, atado de manos por la ley.

Al final, el decorado duró lo que un suspiro. Cuando saltó que los Mamba estaban condicionados por contratos modales con Washington y que su mantenimiento en ciudad era un delirio económico, el gobierno metió violín en bolsa y manoteó del fondo del galpón los viejos blindados Cóndor de los años 80.

Mismo perro con diferente collar, con tal de mantener la foto para el informativo central.

2. El vacío legal y el cortocircuito del mando

Donde el Mambarracho se vuelve verdaderamente peligroso es en el terreno jurídico y operativo.

El marco legal uruguayo no tiene grises: el artículo 168 de la Constitución y la Ley 19.315 dejan el orden interno bajo la responsabilidad exclusiva de la Policía Nacional. La jurisdicción militar (Artículo 253) está blindada para delitos militares o tiempos de guerra.

La pirueta de sentar a un soldado al volante y a un policía en el asiento del acompañante para simular que «no es un patrullaje militar» es un disparate logístico:

El choque de doctrinas: Se junta el entrenamiento de combate, orientado a la supervivencia y neutralización del enemigo, con la disuasión civil de la policía.

El desamparo del de abajo: En un pasaje angosto, ante un ataque con molotov o una emboscada, el conductor militar va a reaccionar como soldado. Si mete un topetazo o causa lesiones, la Fiscalía no va a ir a buscar al ministro Negro ni al presidente Orsi; va a ir a buscar al soldado. Y la justicia ordinaria lo va a juzgar como un civil con uniforme, porque carece de estatus policial en la vía pública.

Análisis de cierre: La marca registrada de la casa

Al final del día, el análisis de este despliegue fallido no debe quedarse en la anécdota logística de los vehículos. Lo que el Mambarracho saca a la luz es un vicio estructural profundo: la forma de gestionar del MPP.

Es la marca registrada de un sector político que históricamente ha despreciado la rigurosidad técnica, los planes de contingencia bien estructurados y la burocracia legal, cambiándolos por la intuición, el voluntarismo y el «vamos viendo».

El problema es que el talenteo puede funcionar para una negociación política en un comité, pero es letal cuando se aplica a la seguridad nacional.

Lanzar un operativo de esta magnitud sin tener el aval de los donantes de los vehículos, sin un marco legal que proteja al personal subalterno y bajo una cadena de mando cruzada que roza el ridículo, es la confirmación de que la prioridad es parecer que se hace algo, aunque no sepa qué.

El gobierno de Orsi prefirió el impacto visual efímero a la doctrina seria. Armaron una obra de teatro pesada para ganar tiempo frente a la opinión pública, pero el telón se les cayó antes del primer acto, dejando al descubierto que detrás del humo no hay un plan; solo hay talenteo.

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