¿Caducó el experimento uruguayo? De Ponsonby a Artigas, dos siglos después

 

Epígrafe:

«El tiempo borrará las fronteras, porque las fronteras son líneas de tinta y no de Dios.»Jorge Luis Borges

La Banda Oriental, en las nacientes del Uruguay

En 1828, Lord John Ponsonby, diplomático británico, resolvió el conflicto entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata con una fórmula pragmática: crear un Estado tapón independiente en la Banda Oriental. A pesar de que había un proceso que buscaba su lugar en el mundo, la Convención Preliminar de Paz no fue el triunfo épico de una nación que se autodeterminaba, sino un arreglo geopolítico para estabilizar la región y proteger intereses comerciales.

Aunque a los uruguayos no nos guste mucho reconocerlo, el Estado-nación independiente nació como una solución de terceros. En las vísperas de cumplir doscientos años de aquel hito, cabe preguntarse si ese experimento ha cumplido su ciclo.

Volviendo a Borges

«El olvido no puede borrar lo que el destino unió en el mismo barro del Río de la Plata.»Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges, el argentino más oriental de todos, capturó como pocos esa sensación de hermandad trunca. En sus páginas late la nostalgia por un Río de la Plata que pudo haber sido una patria mayor, un destino compartido que se quebró en fronteras y resentimientos. Borges entendía que las naciones son ficciones poderosas, pero también frágiles: “Los argentinos —escribió- en esencia somos europeos exiliados en un continente que no terminamos de habitar del todo”.

Para el uruguayo, ese exilio es doble: estamos lejos de Europa y, por decisión de la historia, también algo separados de ese “nosotros” rioplatense que Artigas imaginó federal. La independencia de 1828 cerró una puerta que nunca volvió a abrirse del todo. Quedó la melancolía de lo que pudo ser: una confederación de iguales en lugar de dos (o tres) hermanos recelosos.

De Tocqueville, oráculo de las democracias

Alexis de Tocqueville, con lucidez asombrosa, sugería que las repúblicas democráticas enfrentan un horizonte de prueba que ronda los dos siglos. Pasado ese plazo, las virtudes que las sostienen —asociación voluntaria, virtud cívica, equilibrio entre igualdad y libertad— tienden a erosionarse. Uruguay llega a esa encrucijada con señales inequívocas de agotamiento.

En el plano demográfico la amenaza es existencial. La tasa de fertilidad total se derrumbó por debajo de 1.3 hijos por mujer. Los nacimientos anuales rondan los 30.000, y las proyecciones confiables anticipan un declive sostenido hacia los 3 millones o menos en las próximas décadas, con más del 30% de mayores de 65 años. Sin una reversión cultural y económica profunda —que nadie en la clase dirigente parece dispuesto a liderar—, el país enfrenta el clásico “invierno demográfico”: menos trabajadores, más gasto en jubilaciones y salud, y una base impositiva que se contrae. Esto no es un problema cíclico; es estructural.

A la falta de escala demográfica se suma la falta de escala económica. Un país de 3.4 millones de habitantes enfrenta límites duros para desarrollar industrias de alto valor, investigación de frontera o infraestructura pesada sin depender de socios mayores. El mundo avanza en bloques y cadenas de valor regionales; el Uruguay soberano aislado compite con desventaja. Educativamente también retrocedemos. La escuela vareliana, orgullo histórico, ya no entrega los resultados de antaño. Indicadores internacionales muestran estancamiento y retrocesos relativos. El batllismo construyó un incipiente Estado de bienestar sobre una base de consenso social y fe en el progreso. Hoy ese edificio muestra grietas profundas.

El abismo que dejó la grieta

Y aquí entramos en el plano sociológico y cultural, el más grave. Toda sociedad descansa en un mínimo de affectio societatis: la sensación de que, más allá de las diferencias, compartimos un destino común y reglas básicas de convivencia. Uruguay lo tuvo. La escuela pública, la vocación por la libertad y el apego a las instituciones, el batllismo y hasta los enfrentamientos civilizados del siglo XX lo alimentaron. Pero cinco décadas de polarización ideológica —primero blanco-colorada, luego colectivista vs. estatista, y ahora una mitad identificada con un neomarxismo cultural y populista frente a otra mitad que busca una identidad republicana y vagamente liberal que no termina de encontrar— han convertido esa grieta en un abismo. Ya no hay un proyecto nacional compartido. Hay dos (o más) Uruguay que se miran con desconfianza. La clase dirigente, endogámica y cortoplacista, administra la declinación en lugar de revertirla. El cortoplacismo electoral y los privilegios enquistados reemplazan a la visión de Estado, reduciendo la política a una disputa permanente por ver qué porción de la torta se lleva cada corporación.

 

A falta de futuro, imaginemos uno

«El uruguayo es el argentino que nació del otro lado del río, o el argentino es el uruguayo que nació de este lado; somos la misma cosaJorge Luis Borges

Ante este diagnóstico, ¿qué sentido tiene aferrarse a una soberanía formal que se vuelve cada vez más nominal?

Aquí recupera pertinencia el ideario del Prócer José Gervasio Artigas. Lejos de ser el independentista romántico que a veces se pinta, Artigas fue un federalista que impulsó la Provincia Oriental dentro de una confederación de provincias del Río de la Plata, con autonomía real, pero unión estratégica (Instrucciones del Año XIII, la Liga Federal). La independencia plena de 1828 fue, en buena medida, una derrota parcial de ese proyecto.

Quizá haya llegado el momento de recuperar esa lógica en el siglo XXI. No como sumisión, sino como realismo adaptativo. Fórmulas de soberanía compartida —no para extrapolar in totum, sino como referencia de una arquitectura institucional posible que delegue competencias estratégicas manteniendo la autonomía interna— merecen una discusión seria. Si en Europa la actual Moldavia evalúa alternativas de integración profunda por razones de supervivencia geopolítica, Uruguay, con mejores cartas iniciales, podría negociar desde una posición de relativa fortaleza institucional.

No se trata de “desaparecer” como nación cultural. Se trata de reconocer que la forma Estado-nación soberano absoluto, tal como fue diseñada en 1828, puede haber cumplido su función histórica. Los uruguayos del futuro quizá conserven su identidad, su cultura y su calidad de vida precisamente porque se animen a repensar los dogmas del siglo XIX. El experimento “tocquevilliano” llega a su bicentenario. ¿Lo declaramos exitoso y lo renovamos creativamente, o lo dejamos morir por inercia?

La respuesta no está en Montevideo solamente. Está en si todavía queda affectio societatis suficiente para elegir el futuro en lugar de simplemente administrarlo.

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