“…la llanura, la maldita llanura devoradora de hombres…” (palabras de Lorenzo Barquero en “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos)
Hay un gesto que debería quedar en los libros de historia como síntesis de esta época: el 15 de enero, en Washington, María Corina Machado le entregó a Donald Trump la medalla de su propio Premio Nobel de la Paz. Se la “presentó”, dijo ella, como quien ofrece lo más alto que tiene. Moctezuma ante Cortés.
Horas antes, ese mismo hombre había dictaminado ante la prensa que Machado “no cuenta con el respaldo necesario para gobernar” Venezuela, y en su lugar había ungido como presidenta interina a Delcy Rodríguez —la vicepresidenta de Nicolás Maduro durante años— a quien calificó de “persona fantástica”. No hace falta ser venezolano para sentir el filo de esa escena. Alcanza con haber leído a Rómulo Gallegos.
Doña Bárbara en Washington
“Algún día será verdad. El progreso penetrará en la llanura y la barbarie retrocederá vencida. Tal vez nosotros no alcanzaremos a verlo; pero sangre nuestra palpitará en la emoción de quien lo vea” (Rómulo Gallegos en “Doña Bárbara”)
Gallegos construyó, hace un siglo, la fábula fundacional de Hispanoamérica: la civilización y la barbarie disputándose la llanura. Doña Bárbara no era solamente un personaje; era una alegoría del poder que devora todo lo que se le opone, indiferente a la ley, hija de la fuerza bruta y del cálculo. Uno podría pensar que esa barbarie tenía nombre y apellido en Caracas: Maduro, Cabello, el aparato represivo del chavismo. Pero lo que Washington montó este año no fue la derrota de esa barbarie. Fue su cooptación. Trump no vino a instalar la civilización que Gallegos soñaba; vino a repartirse la llanura con quien mejor sabía manejarla.
Porque no hay otra manera honesta de leer lo ocurrido: Estados Unidos derrocó a Maduro con una operación militar el 3 de enero, capturó al dictador, y entregó el poder no a la mujer que ganó las elecciones del 28 de julio de 2024 con el respaldo de millones de venezolanos, sino a la funcionaria que sostuvo ese régimen desde adentro durante un cuarto de siglo. Diosdado Cabello —el mismo que le arrancó a Machado la investidura parlamentaria, el mismo que la acusó de “incitar a la violencia” cuando ella simplemente exigía que se respetara su banca— sigue hoy como ministro del Interior. Intocable. Con el aparato de la Guardia Nacional todavía bajo su mando, mientras el país se cae a pedazos.
Sembrar el petróleo, cosechar impunidad
“No acepte nunca compañero de viaje a quien no conozca como a sus manos” (Rómulo Gallegos en “Doña Bárbara”)
Arturo Uslar Pietri le dio a Venezuela, hace casi noventa años, una advertencia que se volvió profecía autocumplida: había que “sembrar el petróleo”, convertir la renta fácil en desarrollo real, o el país terminaría atrapado en la lógica del rentismo, gobernado por quien controle el grifo antes que por quien merezca el voto.
Venezuela no sembró el petróleo. Lo que sembró fue una casta —chavista primero, y ahora también estadounidense— que entendió que gobernar ese país es, ante todo, administrar un flujo de barriles.
Trump lo dijo con una crudeza que ni siquiera se molestó en disimular: mientras miles de familias cavaban con las manos entre los escombros del terremoto que sacudió a Venezuela esta semana, el presidente de Estados Unidos declaró que los venezolanos “estaban bailando en las calles” porque el petróleo se vendía bien.
Uslar Pietri escribió sobre el espejismo de la riqueza fácil; no imaginó que el espejismo también podía calzarle a un presidente extranjero, mirando la tragedia ajena como un balance comercial.
El fin del orden de Kissinger y el regreso del Gran Garrote
Sería ingenuo, sin embargo, leer todo esto solamente como cinismo personal de un hombre. Hay que mirar hacia la estructura que lo hace posible. El orden internacional basado en reglas que Henry Kissinger ayudó a articular en la segunda mitad del siglo XX —ese andamiaje de derecho internacional, organismos multilaterales y ficciones de legitimidad compartida— está clínicamente muerto, y Washington fue el primero en firmar el certificado de defunción.
Lo que volvió no es una novedad: es la *Realpolitik* más clásica, la del interés desnudo sin el maquillaje institucional. Y Trump no inaugura esa lógica en Venezuela; la hereda, casi literalmente, de otro presidente republicano que también mandó la flota al Caribe.
En 1902 y 1903, una crisis de deudas venezolanas con potencias europeas le dio a Theodore Roosevelt el pretexto para articular su célebre corolario a la Doctrina Monroe: Estados Unidos se arrogaba el derecho de intervenir en América Latina cada vez que sus intereses estratégicos lo ameritaran, “hablando suave y llevando un gran garrote”. Ciento veinte años después, el garrote volvió a Caracas, con drones en lugar de acorazados, pero con la misma premisa de fondo: Venezuela como patio trasero donde la soberanía se negocia según convenga en Washington, no según decida su pueblo.
Reconocer esto no exime a Trump de responsabilidad; al contrario, la agrava, porque ya no puede escudarse en la fábula de la “promoción de la democracia” que el propio Departamento de Estado sigue repitiendo en público. El propio plan de tres fases anunciado por el secretario Marco Rubio —estabilización, recuperación, transición— lleva meses estancado en la segunda etapa, y la tercera, la que supondría elecciones libres, se aleja en el horizonte cada vez que Washington encuentra una razón nueva para postergarla.
El doble dilema que nadie quiere confesar
Es aquí donde aparece el cálculo que probablemente pesa más que cualquier convicción democrática: las elecciones de medio término de noviembre. Trump necesita mostrarle a su electorado estabilidad, no otro pantano militar, y sabe que buena parte de su base —y no poca simpatía tácita del establishment demócrata en política exterior hacia el chavismo durante años— hace que cualquier movimiento en Venezuela se lea con lupa electoral. Ese cálculo doméstico convive con dos dilemas estratégicos que Washington prefiere no explicitar.
El primero: una caída abrupta de Delcy y Jorge Rodríguez abriría un vacío de poder que solo podría llenarse con una intervención militar directa y prolongada, el escenario que la Casa Blanca menos quiere después de sus otros frentes abiertos. Es más cómodo administrar a un chavismo domesticado que hacerse cargo de un Estado colapsado.
Por eso (según reportó la agencia AP) la propia administración Trump pidió a sus fiscales no proceder contra Delcy Rodríguez: no es un detalle menor, es la confirmación explícita del pacto de impunidad del que veníamos hablando.
El segundo dilema es más incómodo todavía para quienes romantizan a la oposición: poner a Machado en el poder no garantiza automáticamente el alineamiento que Washington busca, sobre todo en materia petrolera.
Delcy Rodríguez ya firmó acuerdos concretos con Chevron y con la española Repsol para expandir la producción, y promulgó una nueva ley minera para atraer inversión extranjera; es decir, ya está entregando, hoy, con el chavismo intacto, buena parte de lo que Estados Unidos quiere. Machado, en cambio, solo puede ofrecer promesas: prometió en Houston privatizar PDVSA y llevar la producción a cinco o seis millones de barriles diarios, pero condicionó todo eso a un proceso electoral libre y a instituciones que hoy no existen.
Frente a un pájaro en mano que ya firma contratos y uno volando que exige elecciones, Washington eligió, sin sorpresa, cazar el pájaro. La democracia perdió ese cálculo antes de que empezara la partida.
El fracaso que Cadenas ya había nombrado
Rafael Cadenas, el poeta que Venezuela tardó demasiado en reconocer y que España premió con el Cervantes en 2022, construyó buena parte de su obra alrededor de una palabra incómoda: fracaso. No como derrota personal, sino como condición nacional, como la distancia crónica entre lo que el país pudo haber sido y lo que efectivamente es.
Leer a Cadenas hoy —sin necesidad de citarlo, porque su poesía no se presta al recorte ni a la ilustración fácil— es entender que Venezuela lleva décadas ensayando el mismo desencuentro consigo misma.
Cada vez que parece abrirse una puerta, alguien la vuelve a cerrar desde afuera. Esta vez la puerta se llamaba elecciones libres, mandato popular, transición democrática. Y quien la cerró no fue únicamente un caudillo local: fue también la Casa Blanca, con la misma liviandad con la que se descarta un socio menor. “Puede que esté involucrada en algún aspecto de esto”, dijo Trump sobre Machado, como si hablara de una consultora y no de la mujer que la mitad del hemisferio reconoce como la voz legítima de su país.
La Carta de Jamaica al revés
Simón Bolívar escribió desde el exilio, en 1815, la carta que fundó el pensamiento latinoamericano sobre la autodeterminación: un continente que debía construir su propio destino, sin tutelas ni protectorados disfrazados de ayuda.
Doscientos años después, Machado viajó a Washington y llamó a Trump “el heredero de Washington” —el otro Washington, el fundador— al entregarle su medalla.
La ironía es dolorosamente devastadora si se la piensa bien: la heredera política de Bolívar rindiéndole honores al heredero simbólico de una potencia que hoy decide, con un tuit o una frase suelta en una rueda de prensa, quién gobierna Caracas y quién se queda esperando en el exilio.
Bolívar advirtió contra exactamente este tipo de tutela. Machado, atrapada en la necesidad de sobrevivir políticamente y de no incomodar a su único padrino internacional, elige hoy llamar “aliada” a la misma Delcy Rodríguez que la reemplazó. Es una estrategia de superviviente, comprensible en sus términos tácticos. Pero no deja de ser un Bolívar puesto de cabeza: la independencia mendigando reconocimiento a la potencia extranjera, en lugar de exigirle que se retire.
Lo que está realmente en juego
No se trata de simpatías personales ni de quién cae mejor en una foto de Washington. Se trata de si un país devastado —por una serie de terremotos que expuso hasta el hueso la ausencia de Estado, y por un cuarto de siglo de autoritarismo antes de eso— puede reconstruirse con las mismas manos que construyeron su ruina institucional.
Organizaciones de exiliados venezolanos en Miami se lo dijeron esta semana a Trump casi de rodillas: aparten a Delcy y a Cabello de la reconstrucción, porque el cuerpo del régimen sigue intacto, aunque le hayan cortado la cabeza.
Muerto el Derecho, queda el Poder
“He arado en el mar” (Simón Bolívar en carta a Flores, 1830)
Se puede —hay que— entender la “Realpolitik”. Incluso, se puede aceptar, sin alegría, que el mundo de las reglas compartidas que Kissinger codificó ya no existe y que Trump juega otro juego, el del Gran Garrote que Roosevelt le aplicó a esta misma Venezuela hace más de un siglo. También, se pueden entender los dos dilemas: el miedo a un vacío que obligue a una intervención militar de la que nadie quiere hacerse cargo, y la certeza de que Machado, con todo su capital moral, no ofrece hoy las garantías petroleras inmediatas que sí ofrece un chavismo domesticado.
Entender la lógica no es lo mismo que absolverla. Porque hay un límite que ni la “Realpolitik” más fría debería estar dispuesta a cruzar, y es el que separa el cálculo geopolítico de la indiferencia ante los muertos: mientras se pesan dilemas estratégicos en Washington, Venezuela todavía cuenta a sus víctimas bajo los escombros.
Hasta el cinismo más consumado, el que ya asumió que no hay reglas ni derecho internacional que lo contengan, debería tener un límite. Y ese límite lo marca, siempre, la dignidad de la gente que muere esperando que alguien, en algún despacho lejano, decida que su vida vale más que un barril de petróleo.
Eso no es diplomacia pragmática. Es una “Trumpada” a la dignidad de todo un pueblo.
(Esta columna ha sido escrita por el autor en colaboración con IA Claude y revisión de IA Gemini en la recopilación, selección y ordenamiento de textos; la generación y redacción final son responsabilidad personal. Jorge Martínez Jorge)
Fuentes utilizadas
El encuentro Machado-Trump y la medalla del Nobel (15 de enero de 2026)
- CNN en Español, «Machado le entregó a Trump su Premio Nobel. A cambio, recibió una bolsa de regalos, pero ninguna promesa de apoyo» — cnnespanol.cnn.com, 16/01/2026
- CNN en Español, «Claves del día en que María Corina Machado y Delcy Rodríguez compitieron por la atención de Trump» — cnnespanol.cnn.com, 15/01/2026
- El Diario, «María Corina Machado entrega la medalla del Nobel a Trump…» — eldiario.es, 16/01/2026
- Associated Press (vía ABC7), «Opositora venezolana María Corina Machado le da la medalla de su Nobel a Donald Trump» — abc7.com, 16/01/2026
- El Español, «María Corina Machado ofrece a Trump su medalla del Nobel de la Paz pero Delcy Rodríguez le sirve el petróleo en bandeja» — elespanol.com, 16/01/2026
El pacto de impunidad con Delcy Rodríguez
- The Associated Press (Joshua Goodman, Alanna Durkin Richer, Jim Mustian), «Trump administration tells prosecutors to stand down on Venezuela leader, sources say» — 27-28/05/2026, republicada en PBS Frontline, The Inquirer, Reuters/US News
El terremoto de junio-julio 2026 y la gestión de Delcy Rodríguez
- El Español, «Delcy Rodríguez carga contra las críticas ‘miserables’ por los rescates del terremoto» — 03/07/2026
- El Nacional, «Delcy Rodríguez rechaza críticas por lentitud en rescates tras terremotos en Venezuela» — 02/07/2026
- La Nación, «Delcy Rodríguez se defiende de las críticas por la respuesta al terremoto» — 03/07/2026
- Euronews, «Delcy Rodríguez defiende la respuesta a los terremotos que dejan, de momento, más de 2.500 muertos» — 03/07/2026
Doña Bárbara (Rómulo Gallegos): Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, cervantesvirtual.com
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