El sismo que hundió a Caracas y se tragó aMadrid

Enrique Guillermo Hernández

La geología y la geopolítica comparten una ironía macabra: ambas acumulan presión en la oscuridad, en silencio, hasta que la tierra, harta de sostener la farsa, se abre al medio.

El reciente sismo que sacudió a La Guaira no solo movió los cimientos de una Venezuela ya en escombros; su onda expansiva cruzó el Atlántico, destrozando la poca decencia que le quedaba al relato oficial en Madrid.

La carta desde las ruinas
Hoy vemos a doña Delcy, ungida por el colapso como presidenta de un país en ruinas, redactando misivas con caligrafía de viuda desamparada a Su Majestad el Rey Carlos III.

¿El ruego? Que las instituciones británicas le liberen de una vez los lingotes incautados en el Banco de Inglaterra para «paliar la catástrofe».

Hay que tener un rostro de titanio para suplicar divisas a la luz del día, cuando hace apenas seis años, al amparo de la madrugada del 20 de enero de 2020, la misma Delcy aterrizaba de contrabando en el aeropuerto de Barajas. Tenía prohibido pisar suelo europeo, pero igual paseó 104 lingotes de oro en valijas que misteriosamente se esfumaron en la pista.

Ayer contrabandeaban la riqueza por la puerta de atrás; hoy mendigan la vuelta del vuelto por la ventana. Un ciclo kármico digno de estudio.

La réplica en Madrid: el caso Ábalos
Pero la réplica de este terremoto no perdona, y es ahí donde el suelo se traga a España.

Porque el «maletero VIP» que fue a recibirla aquella noche oscura no era un don nadie; era José Luis Ábalos, Ministro de Transportes.

Sí, el mismo Ábalos que en 2018 se subió a la tribuna del Congreso español vestido de paladín intachable, rasgándose las vestiduras y exigiendo pureza para tumbar a Mariano Rajoy por el caso Gürtel.

Llegó al poder prometiendo limpiar el taller de los corruptos y acaba de ser condenado a 24 años de cárcel, certificado por el Tribunal Supremo no como un desprolijo, sino como el jefe de una organización criminal.

El verdugo de la decencia ajena terminó siendo el capo mafia de la propia, lucrando con mascarillas mientras la gente se moría de miedo en sus casas.

Teletipos con amnesia selectiva
Sin embargo, la verdadera tragedia estructural de este sismo no es el cinismo ibérico ni la cleptocracia caribeña; es el silencio cómplice de los que miran.

Si uno lee la prensa europea, el «Caso Ábalos» es una simple anécdota parroquial de comisiones truchas, chalets en la costa y amantes. Los teletipos sufren de amnesia selectiva. Han borrado quirúrgicamente la conexión venezolana.

Ningún gran medio del Viejo Continente se anima a juntar las piezas: que los lobistas españoles condenados hoy fueron los facilitadores del régimen ayer. Que la mujer sancionada a la que le hicieron la vista gorda en Barajas es la que hoy maneja lo que queda del país sudamericano.

Reducir este escándalo transatlántico a un culebrón doméstico madrileño, es como describir la erupción de un volcán como un leve problema de temperatura en la superficie.

La falla moral
Pero al final del día, la verdadera falla geológica de este desastre no pasa por la costa fragmentada de La Guaira ni por las grietas en el subsuelo de la Puerta del Sol. La fractura es moral, y es tan profunda que se traga continentes enteros.

Hoy, la misma Europa que mira para el costado y cataloga a Ábalos como un simple ratero de alcoba, es la que recibe en su escritorio la carta perfumada de tragedia de una presidenta rogando por las reservas de un país que ella misma ayudó a saquear a oscuras.

Y ahí está la revelación más cínica de este sismo, la que ningún sismógrafo oficial se anima a registrar: Delcy no está pidiendo que le devuelvan el patrimonio de los venezolanos para levantar las escuelas y los hospitales partidos al medio por el terremoto. Está reclamando el botín que la burocracia internacional le dejó atrapado en la bóveda equivocada.

El cráter del saqueo
Porque cuando el polvo de los escombros finalmente se asienta y las réplicas dejan de temblar, lo que queda expuesto a cielo abierto no son las secuelas inevitables de la naturaleza castigando a un pueblo.

Lo que asoma en el fondo de la grieta es el cráter exacto de un saqueo planificado.

Y de ese abismo tectónico, donde la hipocresía europea y la cleptocracia caribeña se dan la mano en la penumbra, no los salva ningún teletipo amnésico, ni toda la infinita piedad de la corona británica.

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