El algoritmo es un espejo, no un hechizo

Hace un tiempo me puse a mirar, en serio, mi propia pantalla de inicio de YouTube.

No los videos en sí. Eso ya lo veía todos los días sin pensarlo. Me puse a mirar por qué estaban ahí. Uno era de un canal de historia militar que había visto hacía tres semanas. Otro, de un tipo explicando Rust, porque un viernes a la noche me dio curiosidad. Otro más, de un partido de Peñarol de 2011 que busqué después de una discusión con un amigo. No había nada raro. Estaba todo mi historial, ordenado y repetido, como si alguien hubiera juntado mis últimos treinta días y los hubiera vuelto a poner sobre la mesa.

Y sin embargo, si le preguntás a la mayoría de la gente qué es «el algoritmo», te va a describir otra cosa. Una entidad. Algo que decide por vos, que te empuja hacia contenidos que no elegiste, que te cambia los gustos sin que te des cuenta, que sabe lo que pensás antes de que lo pienses. Un poder oscuro que opera por debajo de la conciencia, con una precisión casi telepática.

Esa descripción es cómoda. También es falsa.

Qué es, en los hechos

Un algoritmo de recomendación —el de YouTube, el de TikTok, el de Instagram, el de X— no es más que un sistema que toma señales que vos mismo generaste y las usa para predecir qué es lo próximo que vas a mirar. Nada más esotérico que eso.

Las señales son bastante aburridas, en realidad: qué mirás hasta el final y qué abandonás a los cinco segundos, qué te hace parar el pulgar, qué comentás, qué volvés a ver, a qué hora entrás, con qué otro contenido de la plataforma se parece lo que consumiste antes. TikTok mismo publicó, hace un tiempo, el detalle de qué pondera su sistema de recomendación para armar la pestaña «Para ti»: interacciones del usuario, información del contenido, configuración del dispositivo. Nada de eso existe si vos no generaste primero la conducta que se está midiendo.

Dicho de otra forma: el algoritmo no tiene opinión propia sobre vos. No sabe nada que vos no le hayas mostrado con tu comportamiento. Lo único que hace es un trabajo de correlación estadística sobre datos que ya son tuyos.

El espejo, no el hechizo

Acá me gusta pensar en algo que Hayek escribió mucho antes de que existiera ninguna red social: la información relevante sobre lo que la gente quiere no está concentrada en ningún lugar, está dispersa en millones de decisiones individuales, minúsculas, que nadie planificó desde arriba. Los mercados, decía, son un mecanismo para agregar ese conocimiento disperso sin que haga falta un cerebro central que lo entienda todo.

Un algoritmo de recomendación hace, a escala personal, algo parecido con vos mismo. Agrega tus propias decisiones dispersas —cada clic, cada segundo de más que te quedaste mirando algo, cada video que salteaste— y te devuelve un patrón. No inventa el patrón. Lo lee. El algoritmo no es un cerebro central que te entiende mejor que vos; es un espejo que te muestra, ordenado y comprimido, lo que ya elegiste cien veces sin darte cuenta.

Por eso dos personas que viven en la misma casa tienen feeds completamente distintos aunque usen el mismo wifi. Por eso si le prestás tu teléfono a alguien un rato largo, empieza a aparecer contenido rarísimo mezclado con el tuyo. No es magia. Es que el sistema está leyendo, literalmente, otra persona.

Lo que sí hace, y no hay que minimizar

Ahora, seamos justos con la preocupación que tiene la gente, porque no es puro pánico moral.

Es cierto que estos sistemas están optimizados para que te quedes mirando, no para tu bienestar. Es cierto que eso genera bucles de refuerzo: si mirás dos videos de un tema con enojo, el sistema no te va a ofrecer contenido que te calme, te va a ofrecer más de lo mismo, porque estadísticamente funciona. Es cierto que eso puede angostar lo que ves con el tiempo, y que hay estudios serios sobre cámaras de eco y polarización que no hay que despachar con la mano.

Pero angostar no es lo mismo que crear de la nada. Amplificar una inclinación que ya tenías no es lo mismo que instalarte una que no tenías. El algoritmo puede volver más extremo un gusto que ya existía en germen —eso lo hace, y bastante bien—, pero no puede sembrar desde cero una afición al fútbol en alguien que jamás miró un partido, ni convertir a un pacifista en un fanático de las armas de la noche a la mañana. Necesita materia prima. Esa materia prima siempre sos vos, primero.

Por qué preferimos creer en el monstruo

No tengo una respuesta cerrada sobre por qué la explicación del monstruo nos resulta más atractiva que la del espejo, pero tengo una sospecha: nos exime de responsabilidad.

Es más cómodo pensar «el algoritmo me volvió adicto» que pensar «yo elegí mirar esto cien veces seguidas y el sistema simplemente tomó nota». Es más cómodo pensar «me radicalizaron» que pensar «empecé a hacer clic, sin que nadie me obligara, en la versión más indignada de cada noticia, porque esa versión me generaba algo que la versión aburrida no». La idea del algoritmo-hechizo nos convierte en víctimas de una fuerza externa. La idea del algoritmo-espejo nos deja frente a nuestro propio reflejo, que es bastante menos glamoroso.

Y ojo, esto no absuelve a las plataformas de nada. Que un espejo te muestre tal cual sos no significa que el fabricante del espejo sea neutral: lo diseñaron a propósito para que te quedes mirándolo más tiempo del que planeabas. Ese es el verdadero problema, y es un problema de diseño e incentivos comerciales, no de brujería. Pero confundir esas dos cosas —el diseño manipulador de la plataforma con una supuesta capacidad de leerte el subconsciente y cambiarte los gustos por arte de bits— nos hace perder de vista dónde está realmente la decisión: en el clic que hacemos nosotros, no en un algoritmo que adivina.

La próxima vez que tu feed te parezca inquietantemente preciso, antes de pensar en manipulación, probá mirar para atrás: los últimos treinta días de tu propio historial. Casi seguro el hechizo esté ahí, y tenga tu firma.


Fuentes: documentación pública de TikTok sobre el sistema de recomendación de «Para ti»; F. A. Hayek, «El uso del conocimiento en la sociedad» (1945).

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