Hay dictadores que persiguen periodistas y políticos. Ortega descubrió un método mucho más sofisticado: consigue que determinados periodistas y políticos extranjeros pierdan el habla.
No es un milagro menor.
En Nicaragua acaba de anunciar que no volverá a haber elecciones. No dijo que iba a reformar el sistema electoral. No propuso mejorar la representación. Ni siquiera apeló al viejo recurso de prometer elecciones «más transparentes». Fue mucho más práctico. Informó que se terminaron. Que la oposición puede olvidarse de llegar al poder por las urnas.
Es una frase tan brutal que, si la hubiera pronunciado cualquier presidente de derecha del planeta, en Uruguay ya tendríamos una conferencia de prensa cada dos horas, comunicados conjuntos, editoriales inflamadas, mesas redondas sobre el avance del fascismo y algún proyecto para declarar persona no grata al responsable.
Pero Ortega tiene un talento especial. Produce afonía selectiva.
Hay personas que hablan de democracia con una pasión admirable. La defienden en conferencias, en columnas de opinión, en el Parlamento, en sindicatos, en facultades y en cuanto micrófono encuentran. Hasta que un gobernante ideológicamente cercano anuncia que las elecciones dejaron de existir. Ahí aparece un fenómeno extraordinario de la naturaleza: el silencio.
No cualquier silencio.
El silencio estratégico.
Ese que necesita varios días para analizar el contexto, comprender los matices, estudiar las circunstancias históricas y evaluar cuidadosamente si eliminar las elecciones constituye, efectivamente, un problema para la democracia.
Es un mecanismo que yo nunca logré incorporar. Si llego a casa y encuentro a Archibald sentado arriba de la mesa devorándose una costilla que dejé descongelando, no abro un espacio de reflexión para analizar las circunstancias históricas que lo llevaron a semejante decisión. Concluyo, bastante apresuradamente, que se está comiendo mi almuerzo.
Lo mismo si sorprendo a un ladrón saliendo de mi casa con el televisor al hombro. Mi primer impulso no es preguntarle por el contexto. Es asumir, con una cuota importante de prejuicio, que probablemente me esté robando.
Pero en América Latina ya no alcanza con escuchar una frase. Primero hay que identificar quién la dijo. Si el autor pertenece al equipo equivocado, la condena sale por ventanilla automática. Si pertenece al equipo correcto, se abre un espacio de reflexión que puede durar semanas, o meses, o años… o incluso puede aparecer algún dirigente que se arrime a esos pagos a llevar saludos del pueblo uruguayo.
Imagino una escena.
-Ministro, Ortega anunció que nunca más habrá elecciones. ¿Qué opina?
-Mire… es un tema complejo.
¿Complejo?
Hay preguntas difíciles. Esta no es una de ellas.
Si un presidente dice que no habrá más elecciones, la respuesta democrática no requiere cuatro comunicados. Ni un seminario. Ni un documento de cuarenta páginas. Tan solo dos palabras: «Está mal».
Lo curioso es que el mismo dirigente que demora una eternidad en pronunciar esas dos palabras suele resolver en treinta segundos cualquier crisis institucional ocurrida en casi cualquier otro país. Tiene una velocidad de diagnóstico admirable. Detecta amenazas a la democracia con precisión quirúrgica… siempre que el gobierno cuestionado no sea ideológicamente afín.
Daniel Ortega terminó convirtiéndose, sin quererlo, en el mejor detector de dobles estándares de América Latina.
No hace falta preguntarle a nadie qué piensa sobre la democracia. Basta con esperar que Ortega hable.
Si después de anunciar el fin de las elecciones alguien sigue buscando contexto, matices o explicaciones, o directamente no busca nada, el problema ya no está en Managua.
Está bastante más cerca.
Hasta la próxima, si es que hay…
