La mujer embarazada, lavaba ropa a mano al lado de un arroyo, arrodillada sobre las piedras frías, con las manos agrietadas de tanto jabón y tanto invierno. Lavar ropa era su único oficio, el modo de hacerse de unos pesos para alimentar a sus dos hijos y también, ya, a ese tercero que venía en camino. Viuda, negra, pobre: no tenía margen para el descanso ni para el miedo. Así que siguió refregando camisas ajenas hasta el último instante antes de dar a luz, porque ese instante, indefectiblemente, iba a llegar esa misma tarde ahí a orillas del arroyo.
Sola en medio del campo, sintió que el parto era inminente. Se puso de pie como pudo, se sostuvo de una rama, y después de un rato de forcejear con su propio cuerpo, el bebé cayó, chillando, entre sus pies, sobre la tierra húmeda de la orilla. Así empezó la vida del niño, con un golpe y heridas en su cuerpo delicado, ocasionadas por las ramas y palos de la orilla.
Al Mono, como le decían todos, era imposible no quererlo. Tenía esa clase de bondad silenciosa que se te mete adentro sin pedir permiso, la de los que dan sin tener casi nada para dar. Nos hicimos amigos con la naturalidad con que se hacen las cosas cuando sos gurí: sin discurso, sin ceremonia. Al principio venía un rato a casa y después se iba. Almorzaba en la escuela, esa era, muchas veces, su única comida del día, aunque él nunca lo dijera con lástima, sino con la naturalidad de quien comenta el estado del tiempo.
Un sábado de esos fríos que se meten en los huesos, estábamos por sentarnos a comer cuando el Mono agarró su campera y dijo: «me voy, más tarde vuelvo». Le pregunté por qué se iba, si en su casa no había comida esperándolo. Se lo dije así, sin vueltas, sin lástima tampoco, porque no era una acusación: era apenas nombrar una verdad que él mismo, alguna que otra tarde de charla, ya me había confiado.
Fue mi madre la que cortó el silencio que siguió. Miró a mi padre, esa mirada breve de los matrimonios que se entienden sin hablar, y dijo: «Quedate. Venís a almorzar con nosotros los días que no hay clase, y de noche no cocino mucho, pero algo para cenar siempre va a haber.» Nosotros tampoco nadábamos en la abundancia; en esa casa el mes se estiraba como se podía. Pero el Mono ya era parte del paisaje de nuestros días, y la invitación de mi madre no fue generosidad de sobra: fue lo único posible.
Desde entonces comió con nosotros. Y con el tiempo, cuando la confianza ya no cabía en el apodo de «Mono», empezamos a decirle «Negro». No había en esa palabra ni sombra de desprecio ni de burla o discriminación por su color: era, al revés, una manera de decir «hermano» sin decirlo. En esa misma casa, a mi hermana, blanca como la leche, le decíamos «negrita». Eran apodos de cariño, de pertenencia, de esos que solo se ganan estando adentro.
En las noches de invierno, cuando a las cinco de la tarde ya era noche cerrada y a las nueve todo el pueblo dormía, nosotros nos quedábamos despiertos frente a la estufa a leña, mirando el fuego como quien mira una película que nunca se repite. Ahí, entre brasa y brasa, el Negro nos contó cómo había nacido al lado de un arroyo, mientras su madre lavaba. Nos contó también que las marcas que todavía llevaba en la piel no eran castigo de nadie: eran el saludo que le habían dado los yuyos y las ramas al recibirlo, esa primera tarde, en la orilla del agua.
Una noche rara, de esas en que, por algún capricho del cielo, la antena pescaba con total nitidez un canal de Argentina a más de quinientos kilómetros, vimos entre todos una película de terror. Los gurises quedamos cagados hasta las patas, como quien dice. Al Negro le tocaba volver a su casa, y me pidió que lo acompañara. Hay que situarse: Vichadero, principios de los años ochenta. El alumbrado público eran tres lámparas colgadas en la calle principal de veinticinco cuadras. Todo lo demás era una boca de lobo. El Negro vivía en un rancho sin calle, cercado de monte y matorral, y esa noche tenía miedo de cruzar la oscuridad solo.
-Ni en pedo- le dije- Ni loco me meto en ese monte a esta hora. Mejor quedate a dormir acá.
Y se quedó esa noche. Y la siguiente. Y la otra. Quince años vivió en casa, como un hijo más, hasta que tuvo edad de meterse de soldado en el cuartel y empezar a ganar su propio dinero. Se fue a vivir solo, a pocas cuadras, no sin las lágrimas y la protesta de mi madre, que sintió, como sienten las madres, que un hijo se le iba del nido aunque ese hijo no hubiera salido de su vientre. Con el tiempo se casó. Después tuvo un hijo, un divorcio, y ya no se volvió a casar. Yo, por mi parte, me fui del pueblo, como nos vamos casi todos tarde o temprano.
Años después nos volvimos a encontrar en Rivera, de pura casualidad, en una esquina cualquiera. Desde entonces coincidimos de tanto en tanto, en distintos lugares, y siempre lo invito a casa, y él siempre dice que no, dice que ha mejorado, pero que sigue siendo «chúcaro», y yo ya aprendí a no insistir, porque conozco esa forma suya de querer desde la distancia justa. Nos escribimos por WhatsApp, algún audio, alguna foto, y así nos mantenemos, más o menos, en contacto.
Hoy, caminando por una de esas calles de la ciudad, lo vi venir de frente. «¡Negro!», le grité, casi sin pensarlo. Levantó la vista, me reconoció, y sin decir nada soltó de golpe la bolsa de compras que traía, debió rodar una naranja, no me fijé, y vino corriendo a abrazarme como si tuviéramos diez años otra vez.
-Hacía tiempo que no nos veíamos -le dije
-Lo que pasó es que quedé «soltero» de nuevo, me dijo, con esa complicidad de siempre, medio en broma medio en serio, y me tiré a andar un poco a lo loco. Estuve viviendo en Artigas, después en Melo, después en Río Branco. Dos años anduve dando vueltas, pero como Rivera no hay. Así que volví, y ahora sí, acá me quedo. Salir sólo a pasear. Esta frontera no tiene comparación.
Nos quedamos un buen rato conversando ahí en la vereda, como si el tiempo no hubiera pasado, como si todavía fuéramos aquellos dos gurises frente a la estufa. Al despedirnos, como hace siempre, el Negro me agarró de los hombros con esas manos grandes y curtidas, me miró fijo con los ojos vidriosos, la voz quebrada de emoción y de agradecimiento, y me dijo lo que me dice cada vez, sin cansarse jamás de repetirlo:
-Vos sabés cuánto te aprecio. Pero te lo voy a decir siempre aunque ya lo sepas, vos me mataste el hambre. Y eso no se olvida jamás.
Nos dimos un abrazo largo, de esos que no necesitan palabras. A punto de llorar los dos, ahí parados en medio de la vereda, como los hermanos que somos desde aquella noche de estufa y monte oscuro, desde aquel plato de comida compartido sin que nadie lo pidiera…
