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Las perversas mentiras del relato

5 septiembre, 2022

El relato es una construcción interesada en la cual se miente para que los hechos sean coherentes con una ideología y que sirve para identificar seguidores.

Ya estoy cansado del relato.  Pero mi cansancio no viene como una reacción a la mentira, ya que, en el correr de la vida, uno se acostumbra a convivir con ella y, muchas veces, a apelar a ella.  Algunos hasta la justifican porque muchas mentiras están llenas de buenas intenciones, como cuando un médico da un pronóstico optimista al paciente para no privarle de la esperanza de una posible mejoría.

Pero el relato es mentira de las malas, de las indeseables.  Como bien expresó Pablo Vierci en Contraviento, un relato es “una mentira maquillada” y, en el mismo sentido, le podría agregar que es una doble mentira, porque no sólo mienten con el contenido, dando por cierto lo que no es, sino también por su forma, disfrazándola de tal manera que al destinatario le sea más fácil tragársela.  Pero hay un tercer elemento, que es mucho más grave y que hace al relato perverso: pone en juego la calidad del que lo recibe, de tal forma, de que se invalida la posibilidad siquiera de que sea rechazado, al menos, sin consecuencias.

El relato es posverdad, y la posverdad es mentira

Empecemos por el principio: relato es una construcción, esto es, una obra de la acción de alguien o de algunos.  Es un cuento que acompaña la consideración de algún hecho real o ficticio, pero que va más allá de su descripción.  Si alguien dice “Llueve!” no es relato.  Eso es una afirmación que puede ser contrastada con la realidad con solo salir al exterior.  Pero si alguien dice: “Asesina!” ya es relato.  Haber “asesinado” o haber “ajusticiado” por ejemplo son dos formas complementarias de mencionar la acción de dar muerte a otro pero esconde una interpretación,  en este caso, las motivación que tuvo esa muerte.

Pero es un obra interesada.  Tiene un objetivo, una intención.  Puede ser justificar a alguien o una acción realizada, defenestrar un rival político, promover a otro, etc.  Por ejemplo,  cuando se dice que “los Tupamaros lucharon contra la dictadura” – un ejemplo tomado del trabajo mencionado antes – es que se busca decir que la acción violenta de ese grupo guerrillero lo hacía para recuperar la libertad usurpada, y no porque querían imponer el modelo cubano, en un Uruguay que contaba con instituciones democráticas en pleno funcionamiento.  Atrás del relato hay siempre una ideología, o sea una forma de ver el mundo que puede ir en un sentido o en otro pero que “interpreta interesadamente” lo que estamos viendo.  En el relato, los hechos no hablan por sí solos.  Esto explica por qué un amigo mío, alemán, nos felicita por el hecho de que alguien como Mujica haya llegado a presidente en Uruguay, pero se horroriza cuando le sugiero que alguien que haya participado de la Fracción del Ejército Rojo pudiera llegar a tan alto cargo en su pais.  La interpretación de la realidad es más importante que la realidad.

Para construir el relato no hace falta la verdad.  La verdad a veces molesta y, si eso ocurre, siempre podremos anteponerla a otra realidad, sea o no cierta.  Pero cuando la verdad es muy fuerte, podemos exagerarla sin problemas.  Es más, cuanto más inverosímiles sean los hechos que se utilizan para explicar aquello que no coincide con lo que creemos, mejor será.  Por ejemplo, la existencia del Covid es incontrastable, pero en la interpretación de algunos, no es más que una simple gripe que se utiliza como excusa de experimentar con las vacunas.  Y otros van más allá, y llegaron a certificar como “la pura verdad” el que luego de vacunarse algunos empezaron a atraer metales transformándose en imanes humanos.  ¿Les parece inconcebible?, pues mejor para el relato.  El relato no tiene que verificarse – en realidad, pocas veces resiste una contrastación con la realidad – solamente debe creerse.

Y esto nos lleva a la cuarta conclusión.  El relato sirve para dividir aguas entre el “nosotros” y “el ellos”.  “Lo creo porque es absurdo” decía Tertuliano.  Cuanto más increíble, cuanto más absurdo sea, más exigirá la adhesión de aquel que lo adopta y demostrará su fidelidad a la causa.   Al contrario, poner en duda el relato, es demostrar debilidad ideológica y justificará la falta de confianza de sus colegas.

En resumen, el relato es una construcción interesada en la cual se miente para que los hechos sean coherentes con una ideología y que sirve para identificar seguidores.

Volviendo al principio, lo que me molesta del relato no es que nos mientan, ya que, si somos adultos, sabemos lidiar con la mentira.  Me cansa que nos quieran convencer con elucubraciones que van más allá de los hechos y que nos etiqueten si no nos tragamos la pastilla.  Cansa la mala intención de los que arman una mesa, que fue servida sólo con la intención de hacernos pasar algún alimento podrido como un gran manjar.

Como decía León Felipe, “Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos…  y sé todos los cuentos”.


NOTAS:
  • El artículo de Pablo Vierci citado se puede leer en Contraviento.uy
  • El poema completo de León Felipe se puede leer en Poemas del Alma
  • La imagen fue extraída de Pixabay bajo licencia Creative Commons