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God save the King Charles (Carrera)

10 septiembre, 2022

«Pan comido, se dijo nuestro Charles. Pegó con la estadística o con la falta de ella. Pegó con el relato y con el recuerdo, con lo prometido y lo debido, pegó y volvió a pegar. Y otra vez, allá fue rumbo a los Juzgados, resuelto a convertir a Heber en su némesis.»

 

«…y el caer no ha de quitar mérito al haber subido…» Torcuato Luca de Tena

 

God save the King Charles

Que lo salve Dios, y si no, que por lo menos lo haga la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) a la que, dice, recurrirá Carrera –nuestro Charles, rey de la victimización– en queja por el bullying fenomenal que le está haciendo Heber.

Justo el día que el Reino Unido corona a Carlos como el Rey Charles III, que ése sí tenía motivo para victimizarse después de siete décadas de espera.

Un mundo de víctimas

Sobre la victimización, parafraseando una deleznable viñeta que acompaña un librillo de adoctrinamiento distribuido en la enseñanza argentina respecto del “discurso de odio”, se puede decir que “yo me victimizo, tú te victimizas, él se victimiza, nosotros nos victimizamos, vosotros os victimizáis, y ellos, y vosotros, todos nos quejamos” amargamente de sufrir esta pandemia que nos afecta.

Nadie parece haber hoy que no sea víctima de algo. De la discriminación, la “invisibilización”, la violencia real, la simbólica, la ideológica o histórica, sistémica o personal, de grupo o colectivo, por no tener o tener en demasía, por decir o por callar.

Por lo que fuere que sea o se perciba, todo mundo tiene derecho y deber de proclamarse víctima y actuar como tal, sea contra sus victimarios reales o percibidos, fácticos o teóricos, la condición de víctima nos coloca en el lugar correcto del debate social.

Como los cánones de la corrección política lo señalan, a la víctima no se le piden pruebas ni razones, porque si tal cosa aconteciera, se la estaría revictimizando, lo cual constituiría una doble falta. Si esa victimización afecta a un integrante de un “colectivo”, y de preferencia si este representa -más o menos, porque tampoco nadie tiene derecho a andar certificando representaciones- a una minoría de cualquier índole, el delito adquiere proporciones inusitadas y el castigo deberá ser ejemplarizante, en especial en lo que hace al exilio social de los victimarios.

La victimización uruguaya

Al Uruguay, ese pequeño apéndice del mundo al Sur del Paralelo 38, todo suele llegar tarde y mal. Cierto es que, nobleza obliga, hay que reconocer que el uruguayo medio del siglo pasado solía ser bastante quejoso sin que por ese entonces pudiera ponerle nombre de tanto prestigio: víctima. Entonces, éramos partidarios del vaso medio vacío, y eso a lo sumo era un pegajoso pesimismo, sin que acertáramos a vernos como víctimas, porque para ser esto último se necesita, siempre, una contraparte, un victimario. Individual, social, presente o histórico, según sea, siempre se precisa como la contracara que justifica todos nuestros males.

Se precisaba que llegara este fantástico Siglo XXI superpoblado de seres de cristal, para darle cuerpo y ciudadanía legal al mal de moda, y con ello una definición. El victimizarse “o victimismo crónico, caracteriza a las personas que se sienten víctimas de todo y de todos. Culpan de manera reiterada a los demás de lo que les ocurre, a las circunstancias, de forma inconsciente se desvinculan de su responsabilidad ante sus actos y culpabilizan a los demás.”

Nuestro Charles, a la carrera

Aunque superabundantes, permítanme un solo ejemplo cuyo caso retrata a la perfección tal definición. Me refiero al de nuestro Charles, no Atlas el forzudo mitológico, sino Carrera, el humanitario encubridor del Subcomisario de La Paloma.

Desde el despertar mismo del nuevo período de gobierno, inexplicablemente en manos de una coalición de partidos oligárquicos y neoliberales a los que equivocadamente una mayoría circunstancial votó, nuestro Charles, que provenía de las entrañas mismo de Bonomi, el emepepismo y por tanto parte de “la barra” al decir de, ya saben, asumió un rol protagónico en lo que denominaron “el plan de resistencia” destinado a erosionar a esa cohorte de invasores para desplazarlos, como máximo, al término del período de gobierno. Como máximo, y sin excusas. Desde la cacerola a la interpelación, desde la peregrinación de micrófono en micrófono, cámara en cámara, hasta la protesta en la calle y denuncia en la Justicia, contó con la presencia en primera fila de nuestro Charles.

Imbuido de la razón que acompaña a la izquierda por el sólo hecho de serlo, víctima de la conspiración de la derecha con los grandes medios hegemónicos y el gran capital trasnacional, montado en el Rocinante de su banca senatorial, asistimos a la cruzada del Caballero de la voluminosa figura.

Amigo fiel de cierta empresa portuaria, víctima ella de los tejemanejes del ministro Heber, se convirtió este en su tiro al blanco favorito. Cuando la vaca parlamentaria se vio que no llegaría a puerto alguno, él y sus acólitos, decidieron vestir sus gabardinas y arrancaron para los Juzgados.

Cuando el objeto de sus desvelos hubo de cambiar de ministerio, allá fue tras él, regodeándose como novillo en campo de trébol, porque precisamente, había pastado varios años en esa misma pradera. Pan comido, se dijo nuestro Charles. Pegó con la estadística o con la falta de ella. Pegó con el relato y con el recuerdo, con lo prometido y lo debido, pegó y volvió a pegar. Y otra vez, allá fue rumbo a los Juzgados, resuelto a convertir a Heber en su némesis.

Víctima de las malas artes de los que, como Heber, lo habían desplazado de su chacra de poder, serio y cejijunto, severo fiscal de adusto gesto, el censor dobló la apuesta.

¡Qué pena para nuestro Charles que justo en el pináculo de su campaña vindicativa, se vino a quedar sin frenos en plena bajada!

Tan rápido venía nuestro Charles, que vino a chocar en La Paloma, bien enfrente de la ex casa de un ex viejo conocido que años antes había fungido como subcomisario de aquella progresista localidad. Pero no fue casualidad la tremenda colisión. Se trató de un programa de telebasura conducido por un reconocido facho al que el gobierno progresista cometió el error de no disciplinar cuando debió haberlo hecho.

A reclamar en la Liga

Ahora nuestro Charles empezaba a ser víctima de una cruel patraña, burdamente pergeñada por el mismísimo Heber y los poderes al servicio de los intereses antipopulares, los que lo escracharon echando mano a toda suerte de artimañas y hasta de su espíritu humanitario manifestado en la ayuda a un desagradecido y traidor excompañero.

Desde entonces, víctima de su buena fe y humanitarismo, todo ha sido un calvario para nuestro Charles. Cuando contraatacó, solamente le sirvió para ser víctima, una vez más, de los medios y hasta de sus propios compañeros que ensayaban elegantes pasos al costado con profundos silencios.

Como era de suponer, encerrado en la soledad de su dolor, nuestro Charles anunció que va a acudir a la policía internacional de los Derechos Humanos, porque aquí el país todo ha decidido hacerle su víctima propiciatoria.

Si no lo justificamos, por lo menos lo entendemos a nuestro Charles en su desesperación. Todo pasa Charles, todo pasa. Hasta para Víctor pasó.