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Deshumanizados, los uruguayos

3 diciembre, 2022

«Una bestia jamás podría ser tan cruel como el hombre, tan artística y estéticamente cruel» Dostoiévski en «Los hermanos Karamázov»

 

 

 

Doscientos seis años atrás, desde Purificación y como jefe de una idea que aún no cuajaba en nación, al ordenar al Sacerdote Larrañaga la creación de una Biblioteca, el caudillo oriental pronunció esa frase que sintetizaba en tan sólo siete palabras el meollo de su idea, tributaria de aquellas que cuatro décadas antes habían desarrollado los Padres Fundadores de EEUU: “Sean los orientales tan ilustrados como valientes” 

Nos quería orientales, hermanos de los occidentales al otro lado del Uruguay, instruidos y educados -que eso es ilustrado- y valientes, que lo es tanto para las armas como más aún, para la paz y la concordia entre distintos unidos en un ideal común.

Lo primero había que conseguirlo. Lo segundo, apenas conservarlo. Y teníamos todo para hacerlo.

Sin embargo, dos siglos después, acá nos tiene, Don José, tan ignorantes como siempre y más cobardes que nunca.

Intentaremos demostrarlo con un hecho concreto reciente, que lo tiene todo.

Crueldad, realidad y virtualidad

Como casi todo en tiempos de virtualidad, el hecho en cuestión y sus consecuencias inmediatas, tiene dos aspectos, dos dimensiones: la real y la virtual.

Sucedió la pasada semana en cercanías de San José, donde dos personas -sin que se supiera cómo ni por qué- ataron dos perros a su vehículo y los arrastraron a gran velocidad por el pavimento, con el resultado de que uno de los animales murió y el otro quedó en estado muy grave. Ambos individuos eran productores de la zona y al momento del desenlace de los hechos que sucedieron a este acto de barbarie se ignoraban los motivos que los llevaron a incurrir en tal despropósito. Hasta aquí el hecho puro y duro en el mundo real.

De inmediato, hizo su aparición en escena el otro: el virtual. Las fotos, los relatos, los posteos, los tuits, la Guardia Pretoriana de la moral pública -con un celo y profesionalismo propio de los más sagaces agentes del CSI- identificó a los monstruos “canicidas” y de inmediato se ejerció el sacrosanto ¿derecho?  al escrache mediático de los delincuentes. Ríos de insultos, montañas de indignación, clamores de ejecución sumaria, y la completa y total deshumanización de los victimarios “animalicidas” y víctimas propiciatorias de una moral pública hiperactiva.

Cuando de estos hechos que se vinculan con animales se trata, casi exclusivamente, solamente es cuestión de tiempo, muy poco ciertamente, para que se incendie la pradera y cada individuo -detrás de su teclado- deje su condición de tal, para convertirse en parte de la turba enardecida ya autopercibida en Tribunal y Pelotón de Fusilamiento, siguiendo la lógica de la masa (o falta de ella) como lo enseñara Elías Canetti en su formidable ensayo “Masa y Poder”.

Humanidad y muerte

Ambos hechos se siguen, apenas horas después, con el suicidio de uno de los dos hombres autores de la tortura y muerte de los animales. Un hombre de 73 años, vecino de la zona, y hasta donde se sabía entonces, hasta esa mañana, tan normal como cualesquiera otro de su vecindario.

Ejecución virtual -en la que abundaron los deberías matarte…bien que te haría lo mismo que le hiciste a los animales…- seguida de la auto ejecución de la sentencia.

Los hechos relatados, sin detalles que solamente aportarían truculencia a un hecho que de por sí apesta a ella, con tan aberrante resultado, podría haber terminado aquí. Pero no, mi estimado lector. Pensar así es un grave menosprecio a la capacidad de daño de las “Redes Morales” en plan de Tribunal Inquisidor.

A la viralización del canicidio, siguió ahora la viralización de la noticia del suicidio del monstruo torturador y las, si no unánimes, por lo menos mayoritarias muestras de alegría, festejo y hasta seudo reflexiones sobre medidas ejemplarizantes, lo que tornó a la tragedia en una grotesca muestra de irracionalidad socializada. Veamos algunas muestras de ello: “…tenemos derecho a quejarnos y escracharlo…” (Cecilia, Twitter), “…si esa gente muere, es porque ellos mismos cometen suicidio. Aparte del maltrato animal, nada que lamentar…” (José Enrique, Twitter). ¿Derecho a escrache, Ceci? ¿Nada que lamentar, Quique?

Preguntas que nadie se hace

Llegados a este punto, hagámonos algunas preguntas para intentar echar un poco de luz entre tanta tiniebla y de razón entre tanta pasión desatada.

¿Qué tipo de perros eran las víctimas de la tortura y muerte? ¿Eran perros-mascota o perros-jauría? ¿Cuál fue el o los hechos que precipitaron una reacción de tal grado de salvajismo? ¿Qué tipo de personas eran los victimarios? ¿Pudieron acaso los perros malamente torturados, haber -por ejemplo- mordido a un nieto del suicida? ¿O quizás haberle matado, otra vez, algún animal de su propiedad?

En una investigación policial y judicial, estas son algunas de las cosas que primero se deberían determinar, para poder emitir un juicio. Estas y otras son las preguntas que las personas, despojadas de su individualidad en medio de la turba virtual, no se hace. Y no se las hace, porque cree tener todas las respuestas.

En una red moral al estilo Facebook y Twitter, nada de ello es necesario. La psicología social que subyace a la red constituida de facto en Tribunal es que basta el abucheo mediático para condenar, y tras la condena, se debe ejecutar la pena. Capital, desde luego. Hubo maltrato animal y no es necesario saber nada más. Nada que lo justifique, ni tampoco que pueda operar como atenuante. Nada. Y si semejante monstruo se suicidó, se hizo justicia y ya no podrá volver a torturar otro animal. ¿Qué quizás un nieto haya quedado sin abuelo? Sí, es posible, pero debió pensarlo antes.

Otras muertes, otras conductas

En abril de 2021, un perro pitbull atacó en Atlántida a un niño de 5 años con resultado de muerte. Uno de tantos, recurrente aquí como en cualquier otro país, occidental y cristiano se entiende.

Cada vez que ello sucede, junto con las muestras de dolor e importancia de los familiares, aparecen casi ipso facto los “expertos” que indican que no es culpa del perro, que siempre depende de cómo se les enseñe y una conocida letanía que exculpa al descendiente de lobo devenido mascota de toda culpa.

Un niño menos, un hermanito traumado para el resto de la vida, una abuela que se ve condenada a soportar la muerte de un nieto, todo eso muy doloroso sí, pero ya se sabe, se puede evitar con mejor adiestramiento. Pero ojo, ni hablemos de sacrificio ni pena de muerte para el pobre animal. No, eso no. Hasta que vuelva a pasar.

Maltrato animal seguido de barbarie humana

Lo que estoy queriendo decir, y lo voy a hacer a sabiendas que arriesgo a mi vez verme colgado por los pies en la plaza pública ante el altar de la corrección política, es que, en estas sociedades occidentales, hedonistas y decadentes, hace tiempo que la vida humana vale menos que la de un animal. Un feto es un pedazo de carne no nacida y un perro-mascota transformado en perro-lobo es alguien a quien defender porque solamente es un animal indefenso.

Nos hemos convertido en sociedades deshumanizadas donde se forman cadenas para socorrer un perro o un gatito abandonado, que está bien, mientras pasamos por encima de un individuo tapado con cartones, que está mal. Donde somos capaces de abortar porque interrumpir voluntariamente un embarazo se ha convertido en un derecho, pero nos indignamos si un productor acosado por una jauría pide rifle sanitario. Una sociedad donde cada vez más, vemos perrhijos-perripadres- perriabuelos que recorren y hacen cola frente a las petshops para comprarle a Nalita, la salchichita mimosa de mami una ropita adorable que vio en el Marketplace, mientras un hijo se cría solo y olvidado frente a la pantalla de un celular.

Si piensan los animalistas -por lo menos los fundamentalistas de la religión llamada tal- que con sus histéricas condenas, logran engañar a los demás mostrándose como el summum del humanitarismo porque recogió el perrito abandonado en la esquina, o mejor aún, le dio like al que sí lo hizo, a la larga se equivocan, Son, a lo sumo, meros peones en una moda que, como tantas hoy día, busca llenar el vacío existencial de vidas sin sentido ni provecho.

Ni valientes, ni ilustrados, cobardes e ignorantes

Una semana me he tomado para apaciguar las emociones y tratar de reflexionar desde la razón, única manera de intentar llegar a una porción razonable de verdad. Se me ocurre que la primera conclusión, es que pocos hechos como este, el de la brutal agresión de dos animales, la muerte de uno de ellos, la persecución y acoso nazifascista del culpable del hecho, su posterior suicidio, y las espeluznantes muestras de alegría de muchos de los jueces anónimos que lo llevaron a eso, pueden reflejar tan fielmente el grado de descomposición social y pérdida de valores comunes que nos deberían distinguir, precisamente, de las bestias.

Cuando el Prócer nos quería valientes e ilustrados, era precisamente, porque ambas condiciones son indispensables para vivir en sociedad, en libertad y con responsabilidad. En el caso, las tres faltaron a la cita.

El tema da para más. La cuestión sigue siendo como la planteó Erich Fromm hace casi un siglo: el miedo a la libertad, propia de las sociedades capitalistas y burguesas. Porque libertad implica responsabilidad y respeto. Porque, al fin y al cabo, si no es así, ¿qué hacer con ella? ¿Frustrarnos? ¿Angustiarnos? ¿O volver a la tribu?

En el caso de San José, convenientemente escudados detrás de teclados y seudónimos, esta semana muchos volvieron a la tribu. Y a la barbarie que tanto critican.