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El fraude es la democracia

17 enero, 2023

La nota debería tener un subtítulo: Las advertencias que Uruguay prefiere no oír. Ni leer, habría que agregar, pero sería muy largo.

El presurosamente llamado “golpe de estado” que motivara el unánime repudio de los alineados en las filas del marxismo redivivo internacional y la genuflexa, urgente y temerosa adhesión de la corporación política internacional a la defensa de la democracia de Brasil (sistema que parece que no hubiera existido nunca en su historia hasta hace dos semanas)  guardan una cierta similitud con el ataque de Pearl Harbor y el de las Torres gemelas, no tanto por su gestación, tolerancia, autoría estimulada o no, consentida o no, usada o no, sino por los efectos que desataron esos hechos, que tuvieron el mérito – ponele, dirían los tuiteros – de cambiar la opinión pública local y mundial de un momento a otro, sin necesidad de retractaciones ni fundamentación.

De ser percibido como un corrupto, condenado por la justicia como coimero, populista irresponsable ganador de la presidencia ajustada y dudosamente, acusado de fraude electoral (esto último no le consta a esta columna) condicionado por una mayoría parlamentaria que teóricamente le impediría cualquier desvarío populista, limitado por relevantes e influyentes gobernadores de la oposición y vigilado atentamente por el sistema financiero internacional (que tampoco quiere decir gran cosa), Lula da Silva ha pasado de un plumazo a ser un paladín fundador del derecho y la institucionalidad, un mártir democrático, una víctima de la turba destituyente dirigida por la derecha, turba que, cuando destruye el orden público, las instituciones y el respeto por los bienes comunes y privados en nombre del planteo estatista-redistribucionista-socialista se autodenomina democracia directa o protesta popular.

El Ejecutivo brasileño ha conseguido súbitamente un amplio y largo crédito de opinión mediática global que le permite y permitirá atacar y paralizar a sus rivales por un largo rato, y también en nombre de la equidad, desparramar impuestos sobre los patrimonios privados, beneficiar a las empresas y sindicatos prebendarios de siempre y mantener incólume y saludable el camino de la droga, una versión carioca devaluada del Camino de la Seda chino. ¿Quién le reprochará a Lula cualquier desaguisado que haga, en cualquier tema? Tampoco será cuestionada la lenidad de varios de los ministros de la Corte, que quedó tantas veces expuesta durante la dura lucha del juez Moro para evitar el prevaricato durante los juicios del Lava Jato al entonces ex y ahora nuevo mandatario, ya que se sabía que si los juicios pasaban al terreno federal la absolución era automática. La similitud con su cuasi homónimo juez de la Corte de Moraes lo es sólo en el nombre. Suficiente explicación.

Luiz Inácio tiene ahora el camino expedito para hacer con Brasil lo que hizo Cristina y su partido en Argentina, lo que hacen Castillo, Boric, Petro, Lagarde, Ghebreyesus, von der Leyen, Georgieva y otros portaestandartes del Gran Reseteo, la Agenda 2030 o como se le quiera llamar, incluyendo al Partido Demócrata norteamericano, ahora copado por las Ocasio, las Warren, las Pelosi, y los Sanders, no muy distintos en su accionar a sus colegas latinoamericanos, que consiste en someter al mundo a la dependencia del estado, por medio de nuevos impuestos, inflación, deuda, y reparto, no en base a ninguna teoría seria económica, sino al voluntarismo, la prepotencia y el abuso de una circunstancial mayoría que trata siempre de eternizarse en el poder. En ese camino, que choca de frente contra la acción humana cuya resultante es finalmente la economía, tras el eterno fracaso del reparto y del providencial estatismo, se recurre al paso siguiente de paralizar o eliminar también la libertad, incómodo obstáculo para la marxburocracia.

Porque esa unanimidad en la defensa de la democracia que abarca desde Biden a Fernández, desde Macron a López Obrador,  no incluye la defensa de la Libertad, que es esencial al ser humano, y la razón de ser de todo sistema de convivencia. Se ha divorciado la democracia de la Libertad, que no son sinónimos, como enseña la historia hasta el cansancio. La democracia sólo lo es cuando implica la división y contralor de poderes, la alternancia, el derecho y el respeto por las minorías, enemigos del Gran Reseteo y de la Agenda 2030.

 No se trata de ignorar o tolerar la gravedad de los hechos en Brasilia, como tampoco se puede ignorar la irresponsabilidad de Bolsonaro, como antes la de Trump, al dejar huérfanos de conducción a sus seguidores, en definitiva, la oposición que supone controlar al gobierno. Alguien debe poner en caja semejante fuerza, igual y equivalente a la mayoría. Y por supuesto, alguien debe ser igual de duro con las represalias y las declaraciones/declamaciones cuando el vandalismo es disfrazado de “legítimo reclamo popular”.

Pero esta nota no trata de Brasil. Trata de Uruguay. De su ilusa creencia de que el futuro será como el pasado. De su esperanza de que un gobierno afín a la Patria Grande, a la reivindicación fácil y a los formatos solidaristas de reparto urgente, no carcoma la Libertad ni las instituciones, respete seriamente a las minorías, se apegue a la división y contralor de poderes y luego esté dispuesto a irse si pierde en las urnas. Pero no funciona así. Hay un modo muy simple de perpetuarse en el poder: saturar de impuestos que nunca se retrotraerán; preñar el presupuesto de subsidios, conquistas sociales, empleos vitalicios, redistribuciones de riqueza, indigenismo exacerbado, rentas universales, y hacérselo pagar a algunos hasta empobrecerlos y hasta que alcance. Así no sólo se obtiene la permanencia in aeternum, sino que se asegura que, si por casualidad se perdiese el poder, quién continuase estará condenado al fracaso, y garantiza el retorno del neomarxismo o del marxismo a secas, aunque se rechace el término insidiosamente.

Hay una constante para anular la división y contralor de poderes, que no se advierte sólo en la condenada Cristina, sino que se repite en todos los discursos llamados progresistas, que va unida a la prédica de una democracia popular de voto casi a mano alzada, al lawfare que excluye y denigra a la Justicia, a la negación del republicanismo, que es la auténtica garantía de libertad y de derechos. Toda censura o cancelación, imposición de costumbres, preferencias, prácticas, lenguaje, garantismo, organismos de orientación del pensamiento, wokismo o como se llamare, es un retorno al viejo materialismo dialéctico, que subyace en lo más profundo de la misma idea de siempre: destruir al capitalismo. Póngale el nombre que quiera, es dictadura de masas, aunque sea por la mayoría de los votos. Si a eso se agrega le deseducación deliberada, la sumisión a la limosna estatal, el miedo inducido a vivir y mejorar, la destrucción del empleo y la educación, la alegre redistribución de imuestos confiscatorios,  la democracia se transforma en una larga fila de zombis que votan a mano alzada. Porque el fraude no está en el voto La democracia, en esas condiciones, es un fraude. La Libertad no existe.

El mundo de las grandes potencias, que ha digerido las dictaduras de Venezuela e Irán como tolerables por estar empetroladas, o que amenaza con el peor de los socialismos autocráticos en Europa, no es referente ni garantía. Al contrario. Es un riesgo. El proteccionismo global empresario prebendario y gremial, que tantas veces fracasara, ahora se reimplanta con nuevos nombres y nuevas excusas. Las pequeñas economías sólo pueden perder en esas condiciones. También evidencia empírica y teórica que se cancela de prepo, sin ninguna base seria y a puro rigor de relato.

El futuro oriental en manos de un gobierno de ese estilo lulista-cristinista-castillista-castrista-chavista-Patria Grande pasará básicamente por el impuestazo vengativo y empobrecedor que se redistribuirá infaliblemente, creen, por medio de la fatal y arrogante burocracia, seguramente convenciendo a muchos de que “esta vez” se castigará a los privados, a los ahorros y al capital, no a las empresas ni al campo, que serán en el paso siguiente ordeñados como nuevos Elois por los Morlocks distribucionistas. (Googlear). Viejo truco similar al ayer vinieron por ti, hoy vinieron por mí. Una vez que se produzca la dependencia del individuo del gasto del estado y la pobreza sea generalizada, el resto es de fácil consecución.

Como en el viejo cuento de Perrault, el lobo siempre se disfraza de abuelita, Caperucita Roja siempre se deja engañar y cuando descubre los colmillos ya es tarde. Salvo que ahora no habrá leñador que la rescate.