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Un recuerdo para Tomás de Mattos, que no se va

23 marzo, 2023

Por Jorge Martínez Jorge

«Si uno es muy feliz, no tiene tiempo que perder escribiendo» Tomás de Mattos

El pasado martes 21 se cumplieron 7 años de la partida física de ese entrañable ser humano que fue Tomás, el Tomasito del paso cansino y la eterna sonrisa bonachona recorriendo las calles de Tacuarembó.

Mi humilde homenaje

A modo de homenaje, inútil intento por hacer que el tiempo se detenga un tanto, traigo del recuerdo mi Columna publicada con motivo de su muerte en la Revista Latinoamericana de Letras OTROLUNES ( https://otrolunes.com/41/otra-opinion/tomas-de-mattos/) :

«El pasado 21 de Marzo, con un clima que contradecía el calendario, transcurría una tarde tristona en La Paloma, en la que una lluvia mansa y persistente se parecía mucho al llanto que alguien deja caer cuando siente que el corazón se le encoge por una irremediable pérdida. Pues eso es exactamente -nada más que el clima había decidido acompañarme-, lo que embargaba mi espíritu con la sorpresiva noticia -¿por qué todas las malditas malas noticias, tienen que serlo así, como una artera puñalada en la espalda?- de la muerte de Tomás de Mattos.

A los 68 años y en una jornada triste se nos iba Tomasito, el hombre de la sonrisa siempre lista, a flor de labios, por más que sus ojos dejaran traslucir una pena a duras penas disimulada. Aunque nacido en Montevideo, hijo de tacuaremboenses, fue allí donde Tomás vivió su vida, donde formó familia y ejerció su profesión de Abogado con la que, sospecho, nunca se sintió más que un extranjero de  paso. Pero fue allí, en el Tacuarembó pueblerino pero de intensa vida cultural, en el discurrir de sus calles y sus gentes, que desarrolló su obra literaria inmensa, no debidamente aquilatada aún en nuestra aldea donde todo nos cuesta un tiempo más. Buena parte de su obra se explica, precisamente, por ese arraigo profundo con la vida del “interior” como el uruguayo llama a todo aquél que vive, goza y sufre fuera de Montevideo. Tan de tierra adentro se sintió toda su vida que al regreso de su fallida experiencia como Director de la Biblioteca Nacional -a donde le llevaran algunas fidelidades partidarias y tal vez una mal disimulada ilusión de que las cosas algún día podían ser distintas-, mascullara de mala gana “qué gente jodida, los montevideanos”, desencantado del filo de los celos y las traiciones, reafirmado en su aprecio por las gentes sencillas, orgullosas de su origen y cultores de la llaneza del hombre de campo.

Da cuenta de su temprana vocación literaria -compartida con la efervescencia estudiantil de los primeros sesenta- el hecho de que con tan sólo 17 años obtuviera un Premio Shakespeare por un trabajo sobre Hamlet. Un año después, por el año de 1964 el propio Ángel Rama incluyó dos cuentos suyos en una antología llamada «Aquí, cien años de raros» donde se recogían textos, entre otros, de Felisberto Hernández y Lautréamont, nada menos.

Tuve el privilegio de conocer a Tomás allá por mediados de los ochenta, cuando el país, todavía torpemente, intentaba sacudirse el mal sueño de la dictadura militar y asomaba al sol de la esperanza. La generosidad del momento me hizo compartir estrado con ese hombre dueño de una cultura enciclopédica solamente equiparable a su don de gentes y connatural bonhomía. Por entonces, el De Mattos escritor ya era un reconocido autor en círculos literarios, sobre todo a partir de la publicación de Trampas de Barro  por el año de 1983, pero sería unos años después que accedería al reconocimiento de la Academia y del gran público, cuando publicara su novela Bernabé, Bernabé, la que de inmediato se convertiría en un verdadero fenómeno editorial, aún vigente.

De su extensa obra posterior, me permito rescatar tres en particular. En las dos primeras es donde, con certeza, se puede afirmar que el autor demuestra una audacia poco común en la literatura vernácula, internándose en caminos de experimentación y exploración siempre riesgosos.

Su «Fragata de las máscaras» publicada en 1996, el mejor ejemplo de lo antes expresado, constituye una fantástica reescritura del clásico de Hermann Melville, Benito Cereno, lo que desde mi modesto punta de vista constituye una auténtica proeza estilística, toda vez que la novela de Melville es, con sobrados méritos, un clásico de todas las épocas. La obra de De Mattos no le desmerece ni un ápice, sino que por el contrario, a través de su narrativa nos permite ver otro ángulo de una historia que los tiene en grado sumo. Una auténtica joya no valorada en toda su dimensión.

Años después Tomás publicaría  su monumental «La puerta de la misericordia«, una novela de más de mil páginas que parecía ir en contra de la cada vez más acentuada preferencia del público lector por la brevedad, y que, sin embargo, contó con una muy buena acogida. Una personal visión de la vida del Jesús de Nazareth hombre, visto desde su perspectiva de cristiano católico, pero con una visión humanista que le pone al alcance de cualquier lector.

Finalmente, el pasado año publicó la que sería su última novela, «Don Candinho o las doce orejas» , basada en sucesos reales acontecidos en la zona fronteriza entre Tacuarembó y Rivera, ambos tan emparentados con el Brasil. Era un regreso, en lo que podría leerse como una novela policial a partir de un sonado caso criminal, pero que es excusa para retratar la vida, costumbres, miserias y valores de aquél Uruguay aún despertando como nación.

Carlos María Domínguez, escritor y crítico de fuste, que además tuvo con De Mattos una profunda amistad, sostiene que el autor encarnaba al último de los autores uruguayos contemporáneos considerado novelista de largo aliento, capaz de ofrecer en sus relatos una pausada y serena ambición. Tributario de Dostoievsky, de quien era no solamente permanente admirador sino profundo estudioso, es el realismo moderno que traspasa su obra novelística, pero a partir del cual, De Mattos lograba crear la fábula. De obra polifónica habla con acierto Domínguez, porque sus extensas novelas son precisamente eso, un ámbito donde historia y ficción prestan voz a todos los actores, aún a aquellos que no la tenían.

Pocos autores uruguayos lograron plasmar con tanta maestría ese terreno tan resbaladizo que constituye la ucronía, consumada a partir de un profundo conocimiento de la historia, a la que el fabulador que el novelista nunca renuncia a ser, va espolvoreando aquí y allá, dejando el menor rastro posible de su mano. Tanto ello fue así que no pocos de los fervientes lectores de “Bernabé, Bernabé” abordaron, y lo hacen aún, a la obra como un ensayo, casi un tratado de los hechos históricos acontecidos en torno a los sangrientos sucesos de Salsipuedes.

Allá por los años de 1996 y 1997 , radicado con mi familia transitoriamente en Tacuarembó, tuve la oportunidad -y la suerte, lo sé ahora- de profundizar una relación personal con el ser humano entrañable que era Tomás.

A pesar de que la vida nos llevó por caminos y lugares distintos, conservo el tesoro de esos recuerdos, al fin y al cabo, a lo poco que realmente de valor podemos aspirar los seres humanos.

El Uruguay tan modesto en su vida cultural actual, ha venido sufriendo una sacudida tras otra con la pérdida de sus más importantes referentes.

La persistente tristeza que me embarga, solamente puedo matizarla con la esperanza de que, más temprano que tarde, los uruguayos valoremos y revaloricemos la obra y la vida de un gran ser humano que dejó un legado literario de inusual calidad.

Si Tomás de Mattos, nuestro querido Tomás, en lugar de haber nacido y vivido en este perdido rincón del mundo, hubiera sido europeo o norteamericano, seguro estoy que la prensa internacional habría gastado pomposos titulares con quien debería ser, por mérito propio, una figura de excepción en la literatura de lengua castellana contemporánea.

Para quienes nos hemos beneficiado de sus letras y disfrutado de ellas, Tomasito seguirá vivo por siempre, contándonos sus historias con esa sonrisa apacible de hombre bueno. Nada menos.»

Siete años ya

Hasta aquí lo dicho a su muerte. Tras estos 7 años, debo señalar dos hechos que no deberían quedar olvidados. El primero tiene que ver con la publicación de su última obra, El hombre de marzo, la formidable obra biográfica sobre José Pedro Varela.

De él, de su libro, dejó dicho el propio De Mattos «preveo que este libro escandalizará o desilusionará, será despreciado o causará escozores varios a unos cuantos lectores, sean tirios o troyanos. Por desgracia, unos cuantos seguirán pensando que he asumido ingenuamente la defensa de un reo irredimible. Habrá quienes seguirán pensando que José Pedro Varela Berro fue un colaborador de la dictadura (de Latorre, anoto) un pedagogo improvisado, autoritario y plagiario, un varón machista, y para peor, racista. No fue para convencerlos que escribí esta novela»

Este párrafo pinta de cuerpo entero quién fue Tomás de Mattos escritor, quijote sin pretensiones de conquista.

El segundo hecho, está relacionado con su Biblioteca, su gran biblioteca, que hoy se encuentra en Tacuarembó preservada como el tesoro que ella es. Sí, Tomás era además, un hombre muy generoso.

Nada más se puede pedir de un ser humano.

Descansa en paz, amigo. Y allá no vemos.