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Jacinto Vera: el primer obispo católico uruguayo fue declarado beato, antesala de la santidad

7 mayo, 2023

Con un marco de público cercano a las 20.000 personas, Monseñor Jacinto Vera, el primer obispo del Uruguay, fue elevado ayer a la categoría de beato de la Iglesia Católica, en una misa celebrada ayer con ese rito en el Estadio Centenario, encabezada por el Cardenal Paulo Cezar Costa, Arzobispo Metropolitano de Brasilia, designado al efecto por el Vaticano. La misa fue concelebrada, además, por el Cardenal Daniel Sturla, Arzobispo de Montevideo, el Cardenal Mario Aurelio Poli, Arzobispo de Buenos Aires y Primado de Argentina, y Monseñor Gianfranco Gallone, Nuncio Apostólico en el Uruguay.

La beatificación, un reconocimiento oficial por parte del Vaticano de la capacidad de interceder de una persona muerta en favor de personas que rezan en su nombre, es la antesala de la canonización, que es una declaración por parte del Papa de la santidad de un beato, lo cual autoriza su culto en todo el ámbito de la Iglesia Católica.

Jacinto Vera fue proclamado beato a 142 años de su muerte, ocurrida el 6 de mayo de 1881 en la ciudad de Pan de Azúcar, a los 67 años de edad. Había nacido el 3 de julio de 1813 a bordo de un barco que había partido de las Islas Canarias con destino a Montevideo, destino final de sus padres, Ferardo Vera y Josefa Durán. Primero tocó tierra en Santa Catarina, Brasil, donde fue bautizado en la Catedral de Florianópolis.

Llegados a la Banda Oriental, ya entonces parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la familia Vera Durán se establecieron primero en Maldonado, entre San Carlos y Pan de Azúcar, y luego en la zona de Toledo, Canelones. Allí  Jacinto recibió la primera comunión en la Parroquia Nuestra Señora del Camen de esa ciudad.

Impulsado por la vocación sacerdotal, se instaló entre 1836 y 1841 en Buenos Aires, donde fue formado por los Padres Jesuitas. Fue ordenado sacerdote el 28 de mayo de 1841 en Buenos Aires. Regresó luego a Uruguay, donde fue designado teniente Cura en la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, en Canelones. el 4 de octubre de 1859 fue nombrado Vicario  Apostólico de Uruguay, cargo previo a la creación de una Diócesis.

Dos años después, a raíz de un conflicto creado en torno de la situación de un sacerdote de la Catedral de Montevideo cercano a las autoridades políticas de entonces, pero enfrentado a una parte de los feligreses, Vera fue desterrado a Buenos Aires. Con el apoyo del Papa Pio IX regresó a Montevideo, y en 1865 fue ordenado Obispo. En 1878 fue proclamado como primer obispo de la flamante Diócesis de Montevideo.

El beato Jacinto Vera es considerado el padre de la Iglesia en el Uruguay, organizador del laicado y  promotor de la prensa católica. Impulsó la llegada de congregaciones religiosas tanto masculinas como femeninas, y recorrió incansablemente el Uruguay, sumando unos 150.000 kilómetros  visitando ciudades, pueblos, villas y poblaciones del medio  rural.

LAS CANONIZACIÓN

Tras un largo estudio de sus virtudes heroicas, Jacinto Vera fue proclamado Venerable por el Papa Francisco, en mayo de 2015. El 17 de diciembre de 2022 el Sumo Pontífice reconoció un milagro a Jacinto Vera, lo cual le abrió las puertas a la Beatificación ocurrida ayer.

Ahora el expediente iniciado en la Santa Sede queda a la espera de la confirmación de otro milagro por la intercesión de Jacinto Vera, para llegar a la Canonización, que confirmaría la santidad del primer obispo uruguayo.

En la homilía pronunciada en la misa de Beatificación, el Cardenal Cezar Costa señaló: «Estamos celebrando un testigo de Jesucristo. Esto fue la vida de monseñor Jacinto Vera. ¿Quién no recuerda su caridad? ¿Quién no recuerda su fuerza para enfrentar las adversidades y proponer un camino para la Iglesia? ¿Quién no recuerda su celo para que el Evangelio llegase a todos los rincones de este país? ¿Quién no recuerda su misión pacificadora? La beatificación es la fiesta del testimonio».

El prelado brasileño se refería a las violentas luchas políticas del Uruguay de la segunda mitad del siglo XIX, signadas por la Guerra Grande, el sitio de Paysandú y la revolución de Timoteo Aparicio, en las que Jacinto Vera buscó siempre la paz y la concordia. «No busca la pacificación a través de la política, de otros medios, sino a partir de la verdad de la fe. La fe pacífica. Ella, anunciada por la boca y por los gestos del beato, ayudó a pacificar el país», dijo el Cardenal brasileño.

El milagro que se le reconoció a Vera fue la curación de María del Carmen Artagaveytia, una joven de 14 años, que ocurrió en 1936. La joven había contraída una infección generalizada luego de una  operación de apendicitis. Ya sin esperanzas de salvarle la vida, un tío le acercó una estampita con una reliquia de Jacinto Vera, y le dijo que se la colocara sobre la herida y rezara pidiendo por la intercesión del primer obispo uruguayo.

Sin explicación científica alguna, esa misma noche cesaron los dolores y desapareció la fiebra, y a la mañana siguiente María del Carmen estaba completamente curada. Vivió hasta los 89 años, y falleció en el 2010. Su familia asistió ayer a la beatificación en el Estadio Centenario.