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No es «hartazgo». Es el fin de un ciclo argentino

17 agosto, 2023

Por Graziano Pascale

Creer que la victoria de Milei en las PASO supone una pasajera demostración de «enojo» o «hartazgo», que se disipará no bien comiencen a verse las primeras dificultades en el cumplimiento de las promesas electorales, es un profundo error, quizás influenciado por la historia reciente de Argentina, plagada de explosiones colectivas de malhumor, que el paso del tiempo va apagando.

Sin embargo, gran parte de los análisis sobre el resultado electoral giran en torno de ese concepto, que es la contracara del colapso de un sistema político y económico que está en la génesesi de ese «hartazgo». Resulta curioso  el énfasis puesto en la conscuencia y no en la causa. Es como si el fumador compulsivo de toda una vida se alarmara por su avanzado cáncer de pulmón, sin advertir que el mismo es consecuencia de su incontrolable hábito de fumar.

Una mirada más amplia a la historia argentina de los últimos 80 años permite encontrar algunas causas más profundas del terremoto político del pasado domingo 13. La primera y más evidente, reflejada en cifras que nadie puede desmentir, es el fracaso de una visión  que centra el bienestar de la población en un manejo equivocado de la economía, basado en un sistema asfixiado por controles de todo tipo, que han atado de pies y manos a la iniciativa privada.

Cepo cambiario, cuotas de importación, controles a la exportación, déficits fiscales monstruosos, deuda pública fuera de control, corrupción generalizada a todos los niveles: este ha sido el menú argentino de las últimas décadas, que explica en gran parte el resultado del domingo.

Crisis de representatividad

Fruto de un «pacto federal» que puso fin a las guerras civiles a mediados del siglo XIX en Argentina, la política de ese país siguió girando en torno de caudillismos regionales pactando con Buenos Aires, sin que eso se tradujera en un sistema de partidos estables, que articularan los diversos intereses dentro de la institucionalidad democrática.

La falta de un sistema estable de partidos (el eje «conservadores-radicales» no tuvo mucha duración) llevó a que el Ejército se convirtiera en el gran árbitro de la política argentina durante más de medio siglo, entre el golpe de Uriburu de 1930 hasta la última dictadura militar que colapsó luego del desastre en las Malvinas liderado por Galtieri.

En todo ese tiempo, desafiando los golpes militares frecuentes, el peronismo -fundado precisamente por un general del Ejército- fue la columna vertebral de la política argentina. Su condición casi hegemónica se debe en gran medida al rol central que ocupan los sindicatos, que además de representar a sus afiliados en las negociaciones salariales, tienen un papel muy activo en el área de la salud, lo cual les otorga un poder económico extraordinario, base en gran medida de su poder político.

La unidad de la central sindical CGT con el movimiento peronista trasciende incluso el campo ideológico, ya que se mantuvo estable tanto durante el gobierno liberal y privatizador de Carlos Menem, como durante el gobierno de Néstor Kirchner y su esposa Cristina en los últimos 20 años.

Los intervalos no peronistas desde el regreso de Argentina a la democracia en 1983 tuvieron como eje a la Unión Cívica Radical (Alfonsín y De la Rúa), y a un nuevo partido que en parte recibió votos de esa corriente, fundado por Mauricio Macri, que lo llevó finalmente a la Presidencia luego de haber sido Jefe de Gobierno (Intendente) de la Ciudad de Buenos Aires.

El sistema de partidos siguió girando, entonces, alrededor del peronismo, sin encontrar un nuevo modelo estable, capaz de lidiar con las tensiones y los deseos de los votantes. En este punto irrumpe en la historia argentina Javier Milei, catapultado a la política por su intervención permanente como panelista o invitado en programas de televisión, desde los cuales desplegó un discurso inusual en líderes políticos, con énfasis en la libertad económica y en la crítica feroz al «establishment» político, que él motejó como «la casta».

Su estilo de comunicación, el histronismo exacerbado por una veta colérica que no se preocupaba de disimular, lo convirtieron en un personaje popular. Pero eso no era suficiente. Milei agregó a ese «packaging» un conjunto de ideas que fueron capaces de generar en torno de ellas un gran movimiento popular, cargado de esperanza en un cambio radical en el país.

Le falta el último peldaño para escalar a la cúspide el poder. Desde el Uruguay todavía no se ha superado el estupor ante su formidable comportamiento electoral, y se apuesta a que la decepción por la imposibilidad de concretar sus objetivos con un Congreso adverso se encargue de enviar rápidamente a Milei al museo de los proyectos políticos frustrados.

Hay algo que, en cualquier hipótesis, resulta claro: el modelo peronista, en su nuevo envase kirchnerista, ya se agotó. La realidad le pasó por encima. Las señales son más que claras, y al país le conviene tomar nota de las mismas.