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El «caso Iturralde» y el «voto castigo»

25 mayo, 2024

Graziano Pascale 

Entre el desconcierto y la perplejidad, el Partido Nacional encara el tramo final hacia las elecciones internas del 30 de junio, mientras sus socios de la Coalición Republicana empiezan a advertir que el «caso Iturralde» -inesperada derivación del «caso Penadés»- puede significar una oportunidad electoral que llega en un momento inmejorable.

Los votantes nacionalistas son reactivos a las cuestiones que rozan la ética y la honestidad en el manejo de los asuntos públicos. La prueba más concluyente se encuentra en el resultado de las elecciones del año 1999, cuando el Partido Nacional, bajo el liderazgo del Lacalle Herrera, obtuvo un lánguido 22% de los sufragios. Ese resultado significó la pérdida de la cuarta parte de los votos que había recibido en la elección anterior, y se explica por la división interna tras las acusaciones de corrupción lanzadas contra el gobierno de Lacalle Herrera por figuras que incluso integraron su gobierno.

Los votantes desconformes emigraron entonces en buena medida al Frente Amplio, mientras que los que permanecieron leales al partido acompañaron en bloque en la segunda vuelta al candidato colorado Jorge Batlle. Esa fue la semilla de la Coalición Republicana, que 20 años después volvió al gobierno de la mano de Luis Lacalle Pou.

Aunque con característica diferentes, algo similar a lo que ocurrió en 1999 parece estar reeditándose estos días. La diferencia consiste en que el mapa político del Uruguay hoy tiene fronteras de otro tipo. En 1999 era concebible que el «voto castigo» de los blancos molestos emigrara al Frente Amplio. Hoy esa opción está casi descartada, entre otras razones porque el propio Frente Amplio se encargó de levantar un muro infranqueable con ese electorado, al que acosó desde el primer día con su obcecada e irracional estrategia de ataque al gobierno, al que llegó a acusar de ser responsable de la muerte de personas durante la pandemia del Covid.

La aprobación mayoritaria a la gestión del Presidente Lacalle Pou, que alcanza guarismos sin precedentes para un presidente en el último año de su mandato, es el indicio más claro de la gran oportunidad que tiene la Coalición Republicana de retener el gobierno en las elecciones de este año. Pero las sucesivas crisis dentro del Partido Nacional, amplificadas por un aparato de propaganda de la oposición que tiene alcances insospechados, seguramente repercutirán en las urnas, tanto en las internas de junio como en la primera vuelta de octubre.

El repunte de los socios

El repunte en las encuestas que exhiben tanto el Partido Colorado como el Partido Independiente, y la estabilidad de Cabildo Abierto pese a la deserción de algunas de sus figuras y la tirantez que mantiene con el Poder Ejecutivo, son el reflejo embrionario de ese nuevo mapa interno de la Coalición Republicana.

Esta oportunidad que tienen los socios menores de la Coalición se ve potenciada, además, por el escaso atractivo que tiene la lucha interna dentro del Partido Nacional, que tras la muerte de Jorge Larrañaga quedó huérfano de un liderazgo potente de matriz wilsonista, heredero a su vez del viejo nacionalismo independiente, opuesto al herrerismo, que incluso llegó a tener un lema propio entre los años 30 y 50 del siglo pasado.

Es obvio que las precandidaturas de Álvaro Delgado y Laura Raffo nacen del propio «riñón» del gobierno de Lacalle Pou, y ocupan casi todo el espacio electoral partidario, dejando casi como una fuerza testimonial a la encabezada por Jorge Gandini. A ello debe agregarse que la figura del candidato mayoritario, por efecto de su propia personalidad, carece del atractivo popular que genera Lacalle Pou, al punto de que hoy su campaña parece haber quedado en las manos del propio Presidente de la República, que se multiplica en varios puntos del país cada día inaugurando obras tanto publicas como privadas, nacionales o departamentales.

Finalmente, la novedad de la candidatura de Andrés Ojeda, sin pasado político relevante, y catapultada desde las tertulias televisivas y radiales, incorpora un «elemento sorpresa» al menú electoral, y será un polo de atracción para un electorado juvenil, que busca un estilo nuevo y un lenguaje diferente en los candidatos.

La experiencia de gobierno de Gabriel Gurméndez y Robert Silva, al igual que la de Tabaré Viera, complementan un panorama competitivo, que ha dado un nuevo impulso s la vieja colectividad colorada, el gran granero electoral del que se alimentó el Frente Amplio a partir del año 2004.

La mesa está servida, entonces, para que el Partido Colorado termine capitalizando el «voto castigo» que empieza a percibirse dentro del Partido Nacional.