Graziano Pascale
La perdición de la ministra Cairo ha sido seguir al pie de la letra el «modelo Mujica», que mezcla clandestinidad, desarreglo administrativo y uso de recursos ajenos como si fueran propios, sin advertir que sólo el ya anciano habitante de la chacra de dudoso origen en Rincón del Cerro puede jactarse de practicar impunemente todas las violaciones a la ley y a la probidad administrativa que se le antojen, sin sufrir consecuencias.
La imitación del estilo campechano de Mujica, el uso de lenguaje carcelario y arrrabalero del que ha hecho gala cuando se convirtió en «el Pepe», y hasta los tics que han caracterizado su comparecencia ante las más variadas audiencias, pueden tolerarse. Pero vivir al margen de la ley tributaria sin rendir cuenta alguna del origen de sus bienes y la forma en la que los ha gestionado, es un privilegio exclusivo del jefe.
La volatilidad de los hechos que en estas horas transcurren -un punto de inflexión en la historia política del país, cualquiera sea su desenlace- hacen de esta columna un material que corre el riesgo de perder actualidad a medida que pasan los minutos. Por eso el énfasis puesto en la raíz misma del episodio, fuente de inspiración de la cuestionada conducta, que es reflejo de una «cultura» nacida del movimiento heredero de quienes hace más de medio siglo desafiaron al Estado, soñando con tomar el poder por las armas para instalar una dictadura al estilo castrista.
De todo aquello nada queda. El delirio inspirado en la dictadura cubana de Fidel Castro ha sido pulverizado por la realidad, reflejada en díez millones de hambrientos que deambulan como zombies por la Isla de Cuba, sin otro destino que el sueño de poder huir de esa gigantesca cárcel. Sólo los comunistas ortodoxos, piezas de museo de la historia del fanatismo político, siguen reivindicando ese modelo de hambre y opresión.
Pero algo de aquellos ardores juveniles de la generación anterior puede encontrarse en la reivindicación que la ministra Cairo ha hecho del no pago de los impuestos y de la clandestinidad de las construcciones en el terreno de 1500 metros en Pajas Blancas. Es que despojado del romanticismo y aún de la nobleza de arriesgar su vida rebelándose contra el poder del Estado, lo que queda en el cernidor de todo este penoso episodio, luego de descartar el palabrerío hueco que busca justificar su conducta, es el uso del dinero de los impuestos en provecho propio, y el voluntario incumplimiento de las normas que rigen la construcción de viviendas, que ella como titular del Ministerio de Vivienda tiene el cometido de hacer cumplir al resto de la sociedad.
Ahí está todo. Pero, olvidando que el país ha decidido -por alguna extraña y misteriosa razón- que sólo Mujica está por encima de la ley, se ha producido un colapso, y nada volverá a ser como antes.
Vuelve la sensatez traída por la casualidad
La fragilidad del «modelo Mujica» era algo que cualquier persona sensata y razonable podía ver, porque ninguna sociedad funciona mucho tiempo en la permanente reivindicación de la ilegalidad. Pero lo que no era previsible es que el colapso iba a provenir de la decisión de un anónimo ciudadano -y anónimo debe permanecer como refugio y premio a su inspiración personalísima- que se puso a cotejar la declaración de bienes de la ministra Cairo con el pago de sus impuestos. Y ahí encontró algo que no cerraba. Lo interesante de todo el asunto es que en ese proceso no cometió ninguna ilegalidad ni accedió a información reservada. Todo estaba a la luz pública. Faltaba atar los cabos y lograr que la información llegara al público.
Y cuando eso sucedió, una época en la historia del Uruguay empezó a cerrarse. Preso del estupor, y apabullado por el protagonismo de las redes sociales, portadoras también de la indignación de los propios votantes del Frente Amplio, el gobierno ha demorado en reaccionar, esperando quizás que la propia implicada o su grupo político dieran el paso necesario para superar el problema.
Pero en la medida en que eso se demore, el presidente Orsi deberá tomar una decisión, que en este caso consistirá apenas en un intento de «control de daños», porque el bochorno no tiene marcha atrás. En la Cámara de Diputados ya están buscando acuerdo para designar al miembro interpelante, mientras las encuestas muestran en Montevideo una tendencia que siembra dudas sobre un resultado que hasta la semana pasada se daba por seguro.
Si es verdad, como a veces se dice en forma metafórica, que “el fuego se apaga con fuego”, habría que esperar en estas horas algún hecho o decisión capaz de opacar el impacto que este episodio ha generado. Pero conviene recordar que eso no siempre es efectivo y puede escalar el conflicto que se pretendía neutralizar.
No hay tiempo para perder. Ni para el gobierno ni para la oposición. La historia se está escribiendo en estas horas, y gran parte se está escribiendo en las redes sociales. Sólo falta el veredicto de las urnas.
