Marcelo Martín Olivera
En un mundo donde las tradiciones chocan con las demandas del presente, la muerte del Papa
Francisco el 21 de abril de 2025 ha puesto los ojos del planeta en la plaza de San Pedro.
Este Papa, un argentino que marcó la historia como el primero de origen jesuita e
hispanoamericano, dejó un legado de apertura: desde su defensa del medio ambiente en
‘Laudato si’, sus esfuerzos por la unidad interreligiosa, hasta sus gestos de reconciliación con víctimas de abusos del clero. Ahora, mientras los cardenales se preparan para un nuevo cónclave, nos preguntamos: ¿cómo ha evolucionado este milenario ritual y qué desafíos enfrentará el próximo líder de los católicos?
El cónclave, cuyo nombre viene del latín cum clave («con llave»), es mucho más que un
evento religioso: es un reflejo de la historia humana. En los primeros siglos del cristianismo, los Papas eran elegidos por el pueblo y el clero de Roma, pero sin reglas claras, lo que abría la puerta a influencias de emperadores y nobles. A lo largo de los siglos, las reformas buscaron proteger este proceso.
En 1059, Nicolás II limitó el voto a los cardenales-obispos, y en 1179, Alejandro III exigió una mayoría de dos tercios, una regla que sigue vigente. Pero las interferencias externas eran comunes: en 1492, la elección de Alejandro VI (Rodrigo Borgia) estuvo marcada por acusaciones de compra de votos, y en 1378, la presión de una multitud romana llevó a un
cisma que dividió a la Iglesia por décadas.
La gran reforma para organizar los Cónclaves tal cual los conocemos es de 1274, cuando
Gregorio X, tras un caótico cónclave en Viterbo que duró tres años (1268-1271), estableció
normas estrictas: los cardenales serían encerrados hasta elegir un Papa, incluso reduciendo su comida para apurarlos. Este episodio, donde los habitantes de Viterbo hasta quitaron el tejado del palacio para presionar a los cardenales, marcó el nacimiento del cónclave tal como lo conocemos.
Las luchas de poder que marcaron los cónclaves históricos dieron paso, con el tiempo, a un
proceso más autónomo, aunque no exento de nuevos retos.
El siglo XX trajo mayor autonomía. En 1904, Pío X abolió el derecho de veto que tenían
países como España y Francia, permitiendo que los cardenales decidieran sin presiones
externas. Ya en el siglo XXI, la renuncia de Benedicto XVI en 2013, la primera en casi 600
años, marcó un hito: mostró que un Papa podía dejar su cargo por salud, abriendo el camino
para la elección de Francisco. Benedicto también ajustó las reglas, permitiendo adelantar el cónclave si todos los cardenales estaban presentes y reafirmando la mayoría de dos tercios para elegir al Papa.
Hoy, el cónclave sigue un ritual fascinante. Solo los cardenales menores de 80 años votan,
con un máximo teórico de 120, y lo hacen en la Capilla Sixtina, rodeados por los frescos de
Miguel Ángel. Hay hasta cuatro votaciones diarias: si no hay acuerdo, el humo negro sale de la chimenea; si hay Papa, el humo blanco y el grito de «habemus papam» resuenan en la Plaza
de San Pedro. Los cónclaves modernos suelen durar pocos días, por ejemplo el de Francisco
tomó solo dos en 2013.
Más allá del ritual, el próximo Papa enfrentará desafíos enormes. La Iglesia está dividida por
debates sobre el rol de las mujeres —algunos piden diaconisas, otros lo ven como una
amenaza a la tradición— y la exigencia de mayor transparencia tras escándalos de abusos,
entre otros temas de actualidad. El Sínodo sobre la Sinodalidad (2021-2024) ha puesto estos
temas sobre la mesa, pero también ha revelado tensiones entre sectores progresistas y
conservadores. En un mundo marcado por crisis climáticas y conflictos globales, el nuevo
Papa deberá ser un puente entre tradición y cambio.
El cónclave que elegirá al sucesor de Francisco I no solo será un evento de tradición
milenaria, sino también un momento crucial para el futuro de la Iglesia Católica. Desde sus
orígenes marcados por conflictos hasta su autonomía moderna, el cónclave ha evolucionado para garantizar la independencia del proceso, pero los desafíos del siglo XXI exigen un liderazgo que pueda unir a una Iglesia dividida. En un mundo fracturado, el próximo Papa tendrá la tarea de equilibrar tradición y reforma, mientras responde a las expectativas de un mundo que busca respuestas a las crisis espirituales y sociales de nuestro tiempo.
