Evasión de impuestos y liderazgos

Graziano Pascale

En apenas 60 días ha colapsado la confianza pública en un gobierno surgido del malhumor de los partidarios del gobierno anterior, que a pesar de la todavía fresca experiencia no logra entender que aún más grave que evadir el pago de impuestos, es evadir la responsabilidad que conlleva el liderazgo del país.

El presidente Orsi se ha encontrado con dos problemas inesperados, que son el reflejo de la actitud propia de quienes creen en el fondo que los impuestos los deben pagar «los ricos», o, más específicamente «la derecha», para financiar la vida de «los pobres», es decir, de «la izquierda».

Es probable que el lector encuentre que el párrafo precedente es una simplificación grotesca de la realidad. En parte tiene razón. Pero, como toda caricatura, no hace más que resaltar la esencia del objeto de la misma.

Si no fuera porque el relato hegemónico de los medios y de otros actores relevantes de la sociedad se inclina desde hace años hacia el Frente Amplio, hoy el país real estaría sacudido por una crisis de confianza inédita en la historia reciente.

El hecho de que una ministra de Vivienda resida en una casa construída en forma ilegal, sin pagar los impuestos cuyo pago exige al resto de los ciudadanos, y que el responsable de planificar el presupuesto del Estado no cumpla con sus obligaciones tributarias, sería el argumento perfecto de una comedia de Hollywood sobre un gobierno bananero.

Pues bien. De eso se trata esta crisis: de la abrupta caída de los estándares éticos para gobernar un país, en medio del estupor de una sociedad que no termina de asimilar ni la gravedad de esta crisis de confianza, ni la falta de liderazgo para encarar el problema.

«No estaban preparados»

Esta crisis, como ninguna otra producto de los factores típicos del conflicto social, es la radiografía perfecta del vacío político que hoy se hace evidente en el país. Los defensores del gobierno han quedado sin argumento, balbuceando explicaciones absurdas que no hacen otra cosa que alimentar la indignación popular. Y la oposición no reacciona con la rapidez que la situación exige. La sociedad se expresa hoy en las redes sociales, el convidado de piedra de un sistema que hasta no hace mucho se manifestaba casi exclusivamente en las instituciones de la República. Hoy las redes son el equivalente a «la calle», es decir, a la multitud que antes de congregaba en la vía pública para hacer oír sus reclamos.

El presidente Orsi enfrenta un calvario para el cual sin duda no estaba preparado. Y no es un reproche, porque a nadie se le puede reprochar la falta de ciertos talentos o virtudes. Cada uno es como es. Lo demostró hace pocos días, cuando esperó impasible la evolución del «caso Cairo», hasta que la presión de los propios partidarios llevó a la ministra a hacer lo que no estaba dispuesta a hacer ni el propio gobierno le exigía.

El «caso Arim», aunque se le asemeja, tiene otras connotaciones que lo convierten en un problema político diferente al anterior. Mientras Cairo había llegado al gobierno como parte de la «cuota» de ministros que le correspondían al MPP por el peso de su caudal electoral, y por tanto su permanencia o no dependía de su grupo político, o específicamente de la decisión de Mujica, la designación de Rodrigo Arim no responde a un grupo político en particular sino a la decisión personal del presidente Orsi, seguramente en consulta con el ministro Oddone, otra figura sin respaldo sectorial.

La evasión de impuestos por parte de un gobernante, que ha quedado de manifiesto a través de una investigación periodística, es un asunto muy grave. Pero más grave aún puede ser para el país la evasión del liderazgo de quien hoy tiene en sus manos la posibilidad de restaurar, con una decisión personal -dolorosa, sin duda- la confianza ciudadana en la rectitud de sus gobernantes, los hayan votado o no.

La oportunidad que el presidente Orsi desaprovechó hace pocos días, se le vuelve a presentar de un modo imprevisto. Puede ser una señal del destino, porque difícilmente se le presentará una tercera oportunidad para mostrar lo que el país espera del jefe de su gobierno.

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