Nicolás Cavia
Cada tanto Uruguay tropieza con la misma piedra: el atraso cambiario. Pareciera que, a veces, nos gusta engañarnos. Cuando el dólar está barato, la sociedad respira tranquila. Se abaratan las compras del exterior, las importaciones fluyen y viajar se vuelve costumbre.
Pero es un espejismo tentador: la ilusión de que somos más ricos de lo que realmente somos.
Esto los gobernantes lo tienen muy claro, y aunque a veces no sea pura mala intención política, algunos lo aprovechan para vender esa ilusión de riqueza fácil, ganan votos y maquillan indicadores sociales. En el corto plazo, somos todos felices. Pero cada dólar barato tiene una contracara que casi
nadie quiere mirar: para que algunos disfruten, otros deben sudar sangre para producir a pérdida.
¿Cómo compite un exportador de carne, soja o software cuando sus ingresos en dólares se achican y los costos locales suben?
No hay misterio: venderle al mundo deja de valer la pena. Cada dólar que un productor lechero, un forestador o un exportador de software trae de afuera vale menos. ¿La consecuencia? La producción se frena, la inversión se estanca y el empleo real se hunde. Pero es más cómodo mirar para otro lado
y creer que un tipo de cambio bajo es sinónimo de estabilidad, cuando en realidad es un problema que pateamos para adelante. Lo más hipócrita es que a este juego lo terminamos pagando todos.
Un país que no defiende su competitividad es un país caro, aunque su dólar sea barato. La verdad es incómoda: sostener un tipo de cambio artificialmente bajo es hipotecar el futuro. Es pan para hoy y hambre para mañana. Somos un país que vive de lo que produce y exporta. Uruguay no tiene la espalda de otros. Somos pocos, vendemos mucho al mundo y compramos casi todo lo que consumimos. Si producir deja de valer la pena, solo queda una salida: endeudarse o resignarse a crecer poco.
El atraso cambiario no es neutro: es una decisión política que, por favorecer en el corto plazo a unos pocos, termina ahorcando a quienes generan dólares genuinos y sostienen la economía real del país.
¿Hay solución? Sí, claro. Pero habría que pensar más allá del próximo trimestre. El atraso cambiario no es solo culpa de un gobierno. Es una tentación transversal: la política ama el poder de compra inmediato, la gente celebra la tranquilidad en la feria, en el shopping, en cada compra más barata que parece un triunfo. Pero en algún momento toca elegir: ¿queremos seguir financiando bienestar a
cuenta de quien produce dólares genuinos o preferimos una economía que exporte, invierta y sostenga empleos de verdad?
Sostener un tipo de cambio bajo para que parezca que somos más ricos de lo que somos es
simplemente una ilusión de corto plazo. Uruguay necesita entender, como sociedad, que la prosperidad real no se construye con una cotización maquillada, sino con trabajo, ahorro, inversión y exportaciones fuertes. Un dólar barato, sin productividad que lo respalde, es como el analgésico que calma la fiebre pero no cura la infección.
El día que entendamos que no hay bienestar sostenible sin producir para afuera, tal vez empecemos a discutir en serio qué política económica queremos: ¿calmar síntomas o tratar la causa? Quizá entonces dejemos de enamorarnos de un tipo de cambio bajo… y de la pobreza cara que, tarde o temprano, siempre termina llegando.
