El ácido humor popular les ha endilgado el mote despectivo de «termos» o «cabezas de termo». Es referido hacia personas que se niegan a considerar posibilidades que no estén contempladas en sus conceptos ideológicos. No obstante, el mote solo define, etiqueta socialmente, pero no explica las motivaciones de tan particular actitud.
En el Diccionario Argentino de Modismos, una recopilación no oficial, encontramos que: «cabeza de termo» o «termo» alude a personas que no poseen pensamiento crítico. Agregando que toman decisiones basadas en el sentido de pertenencia y no mediante razonamiento o sentido común.
Tenemos, entonces, que los «termos», en adelante los «irreflexivos» para evitar susceptibilidades, pertenecen a un definido sector político, que no practicarían el pensamiento crítico y que tomarían decisiones basadas en el sentido de pertenencia. Entonces, ¿cuál sería ese sector político?
Ellos
Existe una comunidad ideológica, solo una, que reúne tales características. Son los partidarios de la izquierda en cualquiera de sus versiones. El resto de la sociedad solemos observarlos como personas muy aferradas a un manojo de conceptos políticos y sociales. Conceptos que fueron acuñados en la segunda mitad del siglo XIX. Ha transcurrido un siglo y medio y no existe un solo lugar en el mundo en que sus ideas hayan tenido éxito. Donde han llegado a experimentar sus métodos solo dejaron dolor, muerte y miseria.
Debe quedar en claro que cada persona es libre de tener las ideas que prefiera. Ideas que se pulen o modifican según los datos que aporta la realidad y el cotejo de argumentos y evidencias. La praxis política. No obstante, a pesar del cúmulo de evidencias en contrario, los partidarios de izquierda continúan defendiéndolas con actitud tozudamente cerrada e irreflexiva. Respaldándose en la férrea pertenencia al grupo.
Con estos elementos salí a dar una vuelta por el barrio tratando de ordenar las ideas para esta nota. En unas pocas cuadras me crucé con una profusión de camisetas deportivas, tatuajes, jergas casi ininteligibles, cortes de cabello especiales y otros símbolos de pertenencia. Es evidente que para muchas personas es importante que los demás piensen o sepan que pertenece a un determinado grupo. Eso está bien, es natural. Ahora, ¿por qué la izquierda lleva esa exhibición de pertenencia ideológica al paroxismo?
El aporte de especialistas
“Para pertenecer a un grupo hay que enviar señales que indiquen claramente que se le apoya de forma diferenciada en comparación con los grupos rivales”, expresó hace ya tiempo el antropólogo John Tooby, impulsor de la psicología evolucionista. Luego explica que esa sobre actuación de pertenencia le asegura a la persona la integración con el grupo.
¿Pero eso no sería sumisión al grupo? Planteé mi incógnita a una amiga mientras transitábamos el gélido pasillo del hospital donde se desempeña. No. Técnicamente, son «emociones colectivas», dijo sonriente. Agregó algo así como (sabrán ustedes disculpar mi inexperta interpretación) que la identidad colectiva se nutre de las emociones de sus integrantes y estos las viven en conjunto con los demás.
Esto comenzaría a explicar algunas cosas como la falta de autocrítica o de algunas dudas ante el «discurso oficial» del grupo. Recordé una antigua publicidad de tarjeta de crédito que decía: «pertenecer tiene sus privilegios». Bueno, es problema de ellos, pensé, pero me duró poco la actitud de prescindencia. Es que los «irreflexivos» están empeñados en meternos a todos en «su mundo» ideal. Nos guste o no.
John Dewey, el filósofo norteamericano, ya les había “sacado la ficha”. «Dado que incluso las coaliciones, cuya ideología organizativa se origina (aparentemente) para promover el bienestar humano, a menudo caen en las formas más extremas de opresión, en total contradicción con los supuestos valores del grupo».
Su objetivo final sería imponer su particular concepto de bienestar humano a la sociedad. De hecho, se asumen como «el pueblo», negando al mismo tiempo a otros esa pertenencia. Están a un paso de afirmar «Vox populi, vox Dei», con perdón de la palabra. (Nota: «Vox populi, vox Dei» sería más o menos: «La opinión popular de la gente ordinaria revela la voluntad de Dios y debe obedecerse»).
El lado oscuro de la Luna
En resumen, el verso de que los sistemas autoritarios surgen porque unos pocos individuos organizados se apoderan del control del Estado con argucias, para luego gobernar mediante la fuerza a una población víctima involuntaria, no sería válido.
Allá por 1940, con el nazismo encumbrado y «comprendido» por las élites de izquierda, John Dewey dejaba en claro tal mendacidad. «La amenaza más seria para nuestra democracia, no es la existencia de los Estados totalitarios extranjeros. Es la existencia, en nuestras propias actitudes personales y en nuestras propias instituciones, de aquellos mismos factores que en esos países han otorgado la victoria a la autoridad exterior y estructurado la disciplina, la uniformidad y la confianza en el ‘líder’. Por lo tanto, el campo de batalla está también aquí en nosotros mismos y en nuestras instituciones».
