El torso desnudo de la inteligencia artificial

El torso desnudo de la inteligencia artificial

Entre mis manos yacía, desarmado e irreparable, un pequeño auto a fricción. — ¡Todo tienes que romper!, lamentó entonces mi madre en un tono que oscilaba entre desazón y reproche. Pero lo que ella veía como un montón irrecuperable de engranajes, carcasas y ruedas fuera de lugar, yo lo apreciaba como si fuera el misterio develado del universo. Saber cómo funcionaban me significó pagar el muy alto precio de; «No le regalen juguetes, los rompe». Recordé ese episodio de mi niñez al comenzar a escribir este desarrollo sobre la IA. Hoy vamos a intentar «abrir» la IA, para conocer el misterioso mecanismo «que le hace funcionar». Tal como pueden apreciar, continúo rompiendo juguetes.

Contando costillas

La inteligencia artificial no es nada más, ni nada menos, que programas muy avanzados de computación asentados en poderosos recursos de procesamiento de datos. Son programas computacionales de extrema complejidad creados por el hombre, y, por tanto, con sus mismos defectos y virtudes. De hecho, los procesos de la IA se inspiran en la mecánica biológica del cerebro humano.

No hay misterio ni magia en la IA. A lo sumo algunos hábiles Prestidigitadores. Detrás de ella hay siglos de conocimiento e ingenio humano respaldados en la tecnología. Claro que con ella nos adentramos en situaciones no experimentadas por la humanidad. Por lo que, al igual que en toda exploración en sitios desconocidos, debiéramos ser cautos y sensatos al dar cada paso.

Para poner las cosas en una perspectiva menos dramática, diremos que la fascinación actual con la IA es quizás comparable con el asombro de hace décadas ante la calculadora de bolsillo. Pequeño ingenio de mano capaz de brindar al instante resultados de ecuaciones o cálculos matemáticos complejos. Su manejo solvente otorgaba cierta preponderancia a quien la operara, además de ahorrar mucho tiempo, otorgar seguridad y confiabilidad en los resultados.

La criatura dice —Hola…

Nuestra especie ha fantaseado desde siempre en interactuar con entes surgidos de materia inanimada. Adán, creado a partir del barro, y el mítico golem de la cultura judía son quizás los casos más representativos. Nuestra criatura, la IA, comenzó a completarse en 1956, con el primer programa informático de comportamiento inteligente: Logic Theorist, siendo también ese año la primera vez que se escuchó el término «inteligencia artificial». Poco después, en 1986, se sumaron dos hitos: el algoritmo de retropropagación y la arquitectura para el aprendizaje supervisado en secuencia de datos. La IA ya balbuceaba.

Semejanza biológica

Nuestro cerebro está integrado mayormente por células (neuronas) que tienen la capacidad de transmitir impulsos eléctricos. Las neuronas reciben, procesan y transmiten información mediante señales químicas y eléctricas, además de contar con capacidad de almacenar y clasificar información. Cada neurona está densamente interconectada con otras, conformando intrincadas redes (redes neuronales), sistema por el cual fluye la información. Esta es la manera, en extremo simplificada, a través de la cual adquirimos conocimientos y acumulamos experiencias, al tiempo que se crean y almacenan recuerdos en nuestra memoria, entre otras tantas funciones.

Queda así en claro que nuestro cerebro es un prodigioso y muy eficiente procesador de información que excede las posibilidades de una computadora. A tal punto que la IA intenta replicar algunas de sus funciones biológicas desarrollando nodos y redes neuronales artificiales. No es que se trate de modelar el exacto comportamiento fisiológico de una neurona, sino en replicar algunas de sus características más relevantes en el proceso interactivo de esta con toda la red.

La niña va al colegio

En definitiva, las famosas redes neuronales artificiales son sistemas computacionales inspirados en el funcionamiento del cerebro humano, pero compuestas por nodos o neuronas artificiales interconectadas que procesan y transmiten información. ¿Cómo lo hacen? Mediante algoritmos, que son conjuntos de reglas e instrucciones para que las computadoras realicen determinadas tareas.

¿De dónde surge la información? La IA «aprende» a partir de los datos y algoritmos que se cargan en su sistema. Los datos son todo aquello que le suministramos como información (bibliotecas, imágenes, conceptos, preguntas, interacción, etc.). El denominado aprendizaje automático (machine learning) se realiza mediante algoritmos que indican al sistema la detección y utilización de determinados patrones de datos. Es así que las redes neuronales artificiales pueden aprender de grandes cantidades de datos, identificar patrones complejos y tomar decisiones predictivas.

Al igual que las neuronas humanas, las neuronas artificiales reciben señales de entrada de otras neuronas o de fuentes externas, las procesan utilizando una función de activación y generan una señal de salida que se envía a otras neuronas. Las conexiones entre las neuronas artificiales se ponderan (examinan, clasifican y categorizan), permitiendo a la red «aprender y adaptarse» a los datos de entrada. El proceso de aprendizaje automático es iterativo, presentando a la red grandes cantidades de datos de entrenamiento y ajustando la ponderación de los resultados hasta minimizar errores.

Los sesgos y la niña

Los educadores afirman que el aprendizaje en los primeros años de un niño es crucial para su adultez. Los errores, vacilaciones y confusiones que se han hecho públicos en los distintos productos IA son situaciones lógicas y entendibles de sus años iniciales en acelerados procesos de ponderación y aprendizaje.

Distinto es el sesgo que se ha verificado en algunas IA. La niña aprende de sus padres y maestros y luego en la interacción con sus distintos círculos sociales. Por lo que si sus padres, léase ingenieros, insertan algoritmos que condicionan sus búsquedas y respuestas, se le está asignando el sesgo ideológico de sus creadores. Al comienzo de este desarrollo expresamos que la IA son programas computacionales creados por el hombre, y, por tanto, con sus mismos defectos y virtudes. Es lo que está ocurriendo. No extrañan, entonces, las respuestas evasivas, ambiguas o confusas sobre temas como terrorismo, biología humana, guerras, producción agropecuaria, evolución climática, censura, historia y sociedad, entre otros.

Señoras y señores

«No tenga miedo, tenga cuidado», decía una antigua publicidad de cerraduras. Por lo tanto, si una IA le saluda con un «Buenos días y buenos díos», desconfíe, manténgase atento, replique y denuncie públicamente ese condicionamiento. No es agresividad, es enseñarle a la niña que hay datos que no está procesando. Ante estas situaciones, algunos creadores han aceptado modificar o eliminar el sesgo específico, otros no.

Nota: Para elaborar este desarrollo he asistido a algunas charlas y conferencias, además de leer estudios y trabajos varios sobre el tema. En ese periplo he visto que algunos especialistas e ingenieros incurren en ciertos modismos y jergas al hablar, al tiempo que exponer evidentes sesgos de pensamiento en sus tesituras. Por consecuencia, resulta lógico inferir, y la evidencia así lo está indicando, que transmiten sus limitaciones a los productos. 

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